
Clown y tony, una pareja inseparable
En las penumbras de la memoria, súbitamente se encienden los reflectores e iluminan, en la pista del circo, a los payasos que divertían a este cronista en la Buenos Aires de los años treinta. Aquí no existía aún el teatro para niños como un género aparte, y el circo era casi la única posibilidad de presenciar un espectáculo adecuado.
Aquellos payasos eran el clown y el tony. El primero, rostro inverosímil de careta pintarrajeada de apuro, bocaza inmensa, nariz de tomate, manos y pies (guantes desparejos, zapatones irrisorios) desmesurados, peluca desgreñada, ropa de desecho. El habla, tartajosa; el andar, desgarbado; la mirada, atónita o pícara, según. Siempre tocaba un instrumento, un banjo, un clarinete, y desafinaba horrorosamente. Arrastraba los pies, tropezaba, dos por tres se caía, recibía las bofetadas, salía empapado y maltrecho de todas sus andanzas. Un ser calamitoso, encantador y adorable, destinado a ser víctima: Chaplin, Gelsomina.
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Su verdugo era el tony. Elegantísimo, apuesto, voz de clarinete, insoportable sabelotodo, el tony proponía una inquietante androginia. La cara empolvada, los labios pintados, las cejas dibujadas muy arriba, los ojos maquillados, las orejas esmaltadas de rosado intenso. Si se quitaba el sombrero -un simple cono blanco-, refulgía el charol renegrido del pelo cuidadosamente aplastado por la gomina. ¡Y su traje! Un prodigio de suntuosidad, raso bordado con lentejuelas, casi siempre blanco, o rojo y oro; los bombachones hasta el tobillo le daban, a partir de la cintura, una silueta trapezoidal.
La historia del teatro preserva el recuerdo de clowns famosos: el gran Grock, de Francia; el tierno Popoff, de Rusia, y tantos otros. No ocurre lo mismo con el antipático tony. En el idioma de Cortázar, vendrían a ser los Cronopios y los Famas: los bohemios desprevenidos y su opuesto, los pesados que nunca se equivocan. Aunque inseparables en el recuerdo, el clown tiene vida propia; el tony, sin él, deja de existir.






