
Con el corazón en escena
Hoy hubiera cumplido 100 años el actor que con su tartamudeo ingenuo y su aspecto bonachón conquistó a varias generaciones
1 minuto de lectura'
Se cumplen hoy cien años del nacimiento de Luis Sandrini, uno de los actores más emblemáticos del cine, la radio, el teatro y la televisión argentina. Su figura algo desgarbada, sus ojos saltones, sus pantalones bombilla, su sombrero achatado y una candidez puesta al servicio de las causas perdidas dotaron a sus personajes de ese encanto casi patético con el que supo cautivar, a lo largo de varias generaciones, a una multitud de admiradores que veían en él al hombre cotidiano imbuido de bondad y de gracia.
Hijo de un comerciante aficionado al teatro, Luis Sandrini había nacido en Buenos Aires, y cuando su familia se radicó en San Pedro ese muchacho algo tímido comenzó a interesarse en la actuación. Para no disgustar a su familia se recibió de maestro, cargo que nunca ejerció, y decidió, en cambio, subir al escenario del teatro París sampedrino junto a su hermano Eduardo. Allí, en una sala desvencijada, integró el elenco de la obra "El laboratorio de las alucinaciones", de André De Lande y H. Bouché. Pero esa ciudad monótona ya le quedaba chica para sus ambiciones artísticas. Con una valija raída y muchos sueños de éxito volvió a la capital, donde el circo le dio sus primeras satisfacciones. Se desempeñó como comparsa, payaso y tony hasta que se incorporó a la compañía de Enrique Muiño y Elías Alippi, en la que animó los más disímiles prototipos porteños.
Pero fue la obra "Los tres berretines", de Arnaldo Malfatti y Nicolás de las Llanderas, la que lo catapultó al estrellato. Ese personaje de tartamudo ingenuo y bonachón lo transformó en una de las figuras contemporáneas más populares y queridas de la Argentina.
El cine, que por aquellos años pasaba de las "cintas" mudas a las habladas, le permitió ampliar sus horizontes actorales. En 1933, junto a astros y estrellas que hacían furor en la radio, rodó "¡Tangó!", de Luis Moglia Barth, primera película argentina hablada, a la que siguió "Los tres berretines", de Enrique T. Susini. Aquel Sandrini soñador ya estaba muy cerca del triunfo. Mucho títulos más se agregaron a su filmografía, entre ellos "El hijo de papá", "Riachuelo", "La muchachada de a bordo", "El cañonero de Giles", "El canillita y la dama", "Palabra de honor" y "Bartolo tenía una flauta", que le permitieron convertirse en el actor más popular de principios de la década del treinta.
La radio se sumó a sus triunfos, y un personaje, Felipe, acaparó el fervor de miles de oyentes. En 1938 fundó con Chela Cordero, su esposa de entonces, la Corporación Cinematográfica, donde, como productor, filmó varias películas. Otra vez el teatro, con "La casa grande" y "Cuando los duendes cazan perdices", le permitió demostrar su ductilidad escénica; ambos sucesos los llevó a la pantalla grande. Luis Sandrini ya había alcanzado la cima del triunfo. Frases como "Mientras el cuerpo aguante", "¡La mama ve los colores!" y "Con esta mano le pegué a mi hermano" eran repetidas por un público que seguía sin cansancio su galería de personajes cálidos y entrañables.
Su largo romance con Tita Merello y su posterior casamiento con Malvina Pastorino formaron parte de su leyenda. Mientras Luisito, Don Luis, o simplemente Sandrini proseguía su trayectoria poblada de aplausos, premios y el reconocimiento de un público que se renovaba, él continuaba con su inclaudicable trabajo artístico y, a veces, con su afición por la carpintería y la ebanistería, que eran su cable a tierra. Más de sesenta películas, algunas rodadas en Chile, en México y en España, decenas de piezas teatrales, innumerables programas de radio y participaciones en televisión conformaron la vida de este hombre que ponía en cada uno de sus papeles el acento de su corazón grande y noble. Cultor de la economía y de la síntesis para lograr situaciones dramáticas, reflejó con su figura un momento de la vida nacional mientras jugaba sus historias en el marco de un mundo sentimental y pequeño.
En 1980, ya con problemas de salud, actuó al lado de Niní Marshall en "¡Qué linda es mi familia!", la que sería su última participación en la pantalla grande. Poco después moría rodeado de su esposa, sus hijas y la congoja de sus admiradores, que, a lo largo de más de cinco décadas, lo habían convertido en un ídolo sin parangón. Nada en el arte le fue ajeno a ese Luisito tierno y querible. Hoy sigue existiendo como mito y no deja de conmover cuando se ven sus películas tocadas por la varita mágica de la calidez y de la ternura. Aunque en realidad, y como bien lo señaló su amigo Osvaldo Miranda, "Luis Sandrini no murió... simplemente se fue de gira".
Funciones en homenaje
El Complejo Teatral de Buenos Aires y la Fundación Cinemateca Argentina recordarán hoy al actor en la sala Leopoldo Lugones, Corrientes 1530, con cuatro de sus films más clásicos. A las 14.30 se verá "Bartolo tenía una flauta", de Antonio Botta; a las 17, "Chingolo", de Lucas Demare; a las 19.30, "El más infeliz del pueblo", de Luis Bayón Herrera, y a las 22, "La culpa la tuvo el otro", de Demare. A estas funciones asistirán las hijas y las nietas del actor evocado. Entrada libre.
Por otro lado, el canal Volver programó para hoy cinco de sus largometrajes: a las 15, "A la buena de Dios", de Demare, con Malvina Pastorino (repite a las 2); a las 16.30, "Un bebe de contrabando", de Eduardo Morera, con Sabina Olmos (repite a las 3.30); a las 18.05, "La danza de la fortuna", de Bayón Herrera, con Olinda Bozán (repite a las 5.05); a las 19.25, "Payaso", de Demare, con Pastorino (repite a las 6.25) y a las 22, "Pimienta", de Carlos Rinaldi, con Lolita Torres.





