Con el mismo ardor de las pasiones locas
Por Aída Bortnik Especial para La Nación
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"Chela: ¿usted cree en el ardor de las pasiones locas?", le preguntaba con tono cotidiano y razonable, pero con una mirada intensa y perturbadora. Brizuela Méndez no alcanzaba a contestar. Ella se precipitaba a un monólogo irresistible, que lo/nos sorprendía y provocaba emociones y carcajadas. Daba saltos mortales o bailaba el vals, exhibía la seducción y el terror de una danza de los siete velos y adquiría de pronto tonos maternales y serenos que remataba lanzándose sin red hacia la exasperación romántica. Y no necesitaba para eso más que palabras, en su voz, en su manera de decirlas, estaba todo. Y parecía una señora tan normal, con un vestido estampado, con la cartera colgando del brazo y una melena prolija. Porque el personaje era una señora. Como las que uno encuentra a la salida de misa o comparando masitas para un té con otras señoras, quizá tan normales y abismalmente surreales como ella.
Así la conocí. Por supuesto, sabía quién era, la había oído desde muy pequeña en toda clase de programas radiales y la había visto trabajar en teatro. Pero fue en ese programa de televisión que la conocí. Allí supe que era una actriz increíble, allí comencé a amarla por la inteligencia y la sensibilidad, por el coraje y la naturalidad con que coqueteaba con la locura.
Experiencia grupal
Muchos años después, ella seguía siendo Chela Ruiz y yo hice una adaptación de un cuento de Chejov, y transformé a un viejo cochero en una castañera pensando en ella. Y me fui a buscarla. Prometió leer la pieza. El proyecto no podía ser más vago y modesto. Pero me llamó al día siguiente para decir: sí. Terminamos uniéndonos con Federico Luppi, Lito Cruz y Selva Alemán para hacer una breve temporada. El espectáculo se llamó "Tres por Chejov". Y empezamos a comer juntas casi todas las noches. Siempre que podía escribía un personaje para ella; la enfermera que estaba "más de este lado que del otro", en "La isla", la Abuela de Plaza de Mayo que mostraba tan solo cuatro fotos y decía: "Esto es todo lo que ha quedado de ellos... Y nuestra memoria" en "La historia oficial".
Cuando actuaba derrochaba felicidad sobre nosotros, sobre los que podíamos sorprendernos riendo o llorando, según su magia lo dictara. Directamente conectados a la más pura esencia de su calidad de actriz. No pudiendo adivinar nunca de dónde vendría la carcajada, o la emoción, no viendo jamás el sutil recorrido de su flecha que apuntaba a estrujarnos el corazón de pronto, sin aviso, sólo con talento y entrega, sólo sintiendo lo que había que sentir, cuando había que sentirlo y obligándonos sin esfuerzo alguno a sentirlo con ella.
Hubiera seguido amándola como cuando nadie podía contestar su maravillosa pregunta, si además no la hubiera conocido, no hubiéramos compartido teatro, cine, televisión, familia y amigos. La hubiera amado por lo que uno ama a esos desconocidos que se apoderan de nuestro corazón. La hubiera amado como la amaba tanta gente, que sólo conocía a la actriz y presentía a la persona. Pero la amé mucho más, porque me dejó compartir su mágico mundo de afectos y porque me permitió soñar personajes que nadie, nunca, hubiera hecho como ella. Y ahora que me dicen que se fue, sé la respuesta a su imposible pregunta. Sí, Chela, claro que creemos en el ardor de las pasiones locas.





