
Entrevista exclusiva con el conductor estrella de CQC.
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Mario pergolini fue hasta el balcón de su departamento nuevo. Por un instante consideró la noche mansa; después soltó la hebilla, maniobró con el cierre del jean y orinó sobre la esquina de Santa Fe y Canning.
"¡Los recagué. A todos. A uno por uno!", fue feroz.
Lluvia ácida sobre el recuerdo de los viejos vecinos del barrio, sobre los que meneaban la cabeza con pesimismo bobo ante ese adolescente que sólo vivía para escuchar radio y se preparaba con fervor para ser un perfecto inútil. Era 1992, era el éxito de La TV ataca y Mario tenía 28 años. Todavía no dirigía una empresa en la que trabajan más de cuarenta personas y exporta sus programas a Europa, tampoco se había asociado a Rock & Pop y estaba lejos de convertirse en la voz hispana de la BBC en materia de rock. Pero había logrado comprar su primera casa.
Un avance irrefutable.
Conversar con pergolini es su-birse a una montaña rusa con el control en la mano: aceleradas bruscas, frenazos abruptos; una lenta disminución de la velocidad hasta sentir que el movimiento es apenas real, y un disparo a las nubes con la boca del estómago clavada en el vértigo.
Todo un viaje de alaridos y notas graves, de ojos como lunas que rebotan nerviosos sobre todo lo que tienen cerca, y ese cuerpo de arquitectura vertical, que se levanta como un castillo de naipes si soplan vientos de entusiasmo o se disuelve de melancolía en su sillón de director de Cuatro Cabezas.
Es, también, un juego de máscaras. En ese sentido, las advertencias son muchas y vienen de todos los frentes: Mario es un gran mentiroso; Mario es un tipo tan expuesto como hermético; Mario es un laberinto; Mario sólo te muestra lo que quiere que veas. Pero más inquietante es una confesión del propio Pergolini: "Puedo relatarte una vida que no tengo, puedo embaucarte con lo que se me antoje", dice y no parece provocar sino, más bien, proteger.
De sus silencios más que de sus palabras surgirá, sin embargo, un rasgo nítido. Mario aparece caracterizado como El Guasón, y eso lo divierte, pero la comparación le parece inexacta: "Los personajes de Batman son un poco siniestros —dice—, todos pasaron por algo tétrico para llegar a ser lo que son. Yo no tuve que pasar por nada tétrico."
Tétrico, no. Pero se agitan aguas bravas en el fondo de esa mirada, de esa risa áspera. Entonces uno piensa que Mario sabe de inundaciones.
Un día de otoño hostil, el estudio de la Rock & Pop donde se hace ¿Cuál es? es un hueco mullido en la ciudad. El café, las chicas de revista que empapelan la pared como de gomería, le dan calor humano al cuartito. ("En el edificio nuevo que nos estamos haciendo no vamos a tener toda esta cochambre", promete Mario.)
Ahí están también las voces familiares de Eduardo de la Puente y Marcelo Gantman, pero, extrañamente, ahora cada una de ellas pegada a una cara. Los tres descuartizan las noticias de la mañana, las revistas de chismes, las burradas de la farándula. Juegan. Son como chicos con sus papelitos desparramados por toda la mesa. Parecen felices.
Mario opera con pavorosa habilidad la computadora, la video, el televisor. "Yo viviría feliz en un mundo con botones y sin gente", dice.
En algún momento de la tanda, alguien llega al estudio con un papelito en la mano. Es la medición de rating de la segunda emisión de Caiga Quien Caiga: 16.5 puntos que hacen chocar palmas de felicidad a todo el equipo. A todos menos a Mario. El quería 17 puntos. Lo miman, lo consuelan; le dicen que está bien, mejor que la emisión anterior. No lo convencen. Mario quería 17 puntos. Le dice a su gente (y parece decirlo en serio): "Yo les pedí 17 y me dieron 16.5." Dos días después, en su oficina, dirá que el rating no le importa. Pero que conformarse con 16 puntos es cosa de mediocres.
—Pero, el otro día, el único que no parecía estar contento con los 16.5 puntos de rating eras vos.
—Yo no creo que todavía estemos haciendo el esfuerzo que podemos hacer. Creo que puede salir mucho mejor, y que nadie puede decir que 16 puntos están bien. Conformarse con 16 puntos en América es una estupidez de mediocres. No lo digo mal, pero es así. Los chicos también tienen que aprender que el número no importa. Así como se agrandan en los 16, también tienen que saber convivir con 11 o 12 puntos. El programa es bueno y yo sé que, más allá del rating, en julio o en agosto van a volver a llamarnos de otros canales. Lo que vale es que este programa no le roba a nadie: a este programa le roban. El rayo (otra producción de Cuatro Cabezas) ha marcado una forma de editar: hoy, todos los canales sienten la necesidad de tener un programa así. De hecho, nosotros armamos 4KCine, nuestra compañía de publicidad, después de escuchar que varias agencias encargaban avisos tipo El rayo, tipo CQC.
Casa tomada en una hermosa esquina de Belgrano. Las oficinas de Cuatro Cabezas ocupan con discreción un triángulo afilado en un barrio residencial de caserones gordos. Techos de tejas, paredes blancas y pisos de madera que habrán sido espléndidos, para una empresa en la que el promedio de edad es de 21 años y donde las puertas, amigo televidente, están siempre abiertas.
—Nunca cierro la puerta de mi oficina, y Diego Guebel, mi socio, tampoco. Casi todas las puertas están abiertas siempre, también la de entrada. Lo que se hace acá es un trabajo creativo y no se le puede decir a la gente: "Pensá algo brillante entre las nueve de la mañana y las seis de la tarde." Sería ridículo. Salvo en el caso del edificio de edición, donde por razones de uso de máquinas y entrega de programas se exige cumplir ciertos plazos, no nos manejamos con horarios estrictos. La edición es, para nosotros, un trabajo más creativo que técnico; por eso buscamos gente que ponga su arte en la edición.
Ese joven empresario argentino es Mario Pergolini; y a uno le parece mentira estar hablando en esos términos con el mismo tipo que hace seis años se reventaba la garganta al frente de un engendro televisivo como Hacelo x mí. Claro que, probablemente, no sea el mismo tipo. Cuando volvamos a conversar, una semana después, Mario dirá que muchas cosas cambiaron en su vida en estos últimos años. Para bien, por supuesto.
—En algunos apectos yo he vuelto sobre mis pasos y, a lo mejor, el hecho de haber tenido un hijo, de haber crecido un poco más y tener que actuar en otros roles, me ha hecho cambiar de pensamiento. Algunas cosas las sigo diciendo, como un discurso eterno, nada más que para joder, y otras realmente las creo. En el fondo, soy un conservador: basta con mirar un poco a mi alrededor, o ver cómo me visto. Cuido mucho la intimidad de mi familia y casi no viajo sin mi mujer. Soy bastante recto en la educación de mi hijo: no me gusta que diga malas palabras ni que hable a los gritos. No me entusiasma mucho estar en la televisión.
"No me da orgullo, ni siquiera me agranda. A mí me da orgullo Cuatro Cabezas. Me enorgullece, por ejemplo, que toda la gente de CQC tenga participación en las ganacias, que se le pague más a la gente que estudia, que demos becas para que la gente pueda estudiar. Nosotros hacemos los programas que se nos ocurren cuando se nos ocurren. No hacemos programas a pedido, porque nos cuesta mucho sumarnos a las ideas ajenas. La excepción va a ser un proyecto de programa de humor que nos trajeron pero en el que pudimos meternos tanto que ya casi es un proyecto conjunto. Un buen programa de humor que va a salir a mediados de mayo, con Fontova, Capusotto y otra gente."
Desde hace un año, CQC se produce y se ve en Italia y en España. Pronto se hará en Alemania y en Inglaterra, y Cuatro Cabezas ya está negociando la venta del programa a los Estados Unidos, para su versión en inglés.
—¿Cuatro Cabezas tiene control sobre las versiones europeas de "CQC"?
—Ciento por ciento. Exigimos que los productores vengan a la Argentina para hacer un training de varios días que nosotros supervisamos, hacemos el casting, nos asociamos a la productora local de cada país para que nos informe de las características del mercado interno que nosotros desconocemos, y, por contrato, los realizadores tienen la obligación de mandarnos todos los programas que salen al aire, para que nosotros podamos corregirlos si es necesario.
—¿"CQC" sostiene Cuatro Cabezas?
—A esta altura, no. Sí lo hizo en un comienzo: gracias a Caiga Quien Caiga pudimos hacer el resto. Pero El rayo ya camina solo, y Cuatro Cabezas es también 4KCine, la empresa de cortos publicitarios, que el año pasado fue una de las productoras independientes que más cortos filmó. También ahora somos una empresa que se llama M4, con la que vamos a empezar a hacer largometrajes.
Clásica fanfarronada masculina esa de las Cuatro Cabezas: dos hombres, cuatro cabezas. Los dos hombres y sus respectivas circunstancias son Diego Guebel y Mario Pergolini. Sapos de otro pozo, en una fiesta olvidable, cuando los dos tenían alrededor de 15 años, cada uno sintió que el otro era la única persona con la que se podía sentar a conversar esa noche.
—A Diego le interesaban el cine y la fotografía; yo ya estaba haciendo radio y me estaba yendo bien. En un momento nos dejamos de ver y después volvimos a encontrarnos. A partir de La TV ataca ya no nos separamos más. Diego había armado otras empresas antes, de las que yo siempre fui un empleado: en La TV ataca, en Hacelo x Mí y en Turno tarde era su empleado. El siempre me decía: "Ahora entrás", y yo le contestaba que no: "El día que quieras hacer algo así vamos a ser solamente vos y yo, nadie más."
Cuatro Cabezas parece más un viaje de egresados que una empresa.
—Toda la gente que trabaja acá tiene menos de 30 años. La empresa también es muy joven: sólo tiene cuatro años. Cuando empezamos no nos servían editores que tuvieran vicios televisivos, entonces buscábamos a los mejores promedios que salían de TEA o de alguna facultad. Cuando veíamos un buen programa, no íbamos a hablar con el jefe de edición sino con el pibe que estaba aprendiendo. ¿Viste los hombres que se casan con mujeres chicas para hacerlas a su gusto? Bueno, esto es más o menos así.
Entra Célica en la oficina. Toda una dama, bajita, buena como una madre, tazas blancas, café negro.
—¿No, Célica, que nosotros somos re-buenos? —pregunta Mario, con voz de adolescente que acaba de darle un martillazo al gato.
—¡Usted es un amor de chico! —le dice Célica, y a mí—: ¡Un amor de chico es Mario!
—Bien, Célica, le salió muy bien. Cuando vengan los de Página/12 lo repetimos. Acuérdese de la letra: "Es un amor de chico." Me gustó, no lo habíamos usado la vez pasada.
Salimos a caminar. el edificio de edición está cerca, en la misma cuadra que las oficinas de Cuatro Cabezas. De cada puerta que se abre brotan caras muy jóvenes, sonrisas de agua fresca, racimos de chicos que se cierran como soles sobre las formas más variadas de computadoras. Todo muy complejo, muy moderno. En la calle, Mario camina ligeramente encorvado. Un delicado signo de interrogación con los puños en los bolsillos y los ojos en la trinchera del flequillo ladeado, tupido. Como si temiera que le saltara al cuello una jauría de fans agazapada en cualquier árbol inocente del barrio de Belgrano.
—Mirtha Legrand dice que no soporta viajar a otro país y que no la reconozcan. Para mí eso es lo mejor: puedo caminar lentamente, con la cabeza alta. Si no estoy en mi oficina o en la radio, estoy en mi casa. Me siento muy desamparado en la calle. La gente es molesta, no te imaginás cuánto.
Un 24 de diciembre a mediados de la década del 80, Daniel Grinbank manejaba su auto. Iba a pasar la Nochebuena con unos familiares. Y escuchaba radio, claro. Algo lo detuvo en la FM de Radio Argentina: dos chicos que deberían estar en su casa, de comilona y regalitos, hacían estallar los petardos de la Navidad frente a un micrófono.
"Yo estaba pensando ideas nuevas porque veía que el ciclo musical de la Rock & Pop se estaba agotando —explica Grinbank—. Ya había escuchado Feedback antes y me parecía un programa superfresco. A fines del 86 Ari Paluch y Mario empezaron a hacer Feedback en la Rock & Pop. Hoy Mario es Rock & Pop; tan fuerte es la identidad que tiene con la radio."
Además de ser socio de Diego Guebel, desde hace unos seis años Pergolini también forma parte de la sociedad Rock & Pop. Es una tendencia de la empresa, dice Grinbank, que la gente que contribuye a hacer crecer el negocio esté habilitada para formar parte de la sociedad. Mario es un socio cuyas opiniones pesan más por la antigüedad que por la cantidad de acciones.
—Y porque soy el único de los accionistas que está delante de un micrófono, así que por tener voz tengo voto. En Rock & Pop siempre me he sentido comodísimo; creo que en pocas radios del mundo se debe trabajar con la libertad con la que se trabaja ahí. Yo le debo casi todo lo que soy a Rock & Pop, una radio que es distinta porque es libre, porque trabaja Lalo, porque nosotros traemos a los Stones. No les vendemos mierda a los pibes. Les vendemos discos, a veces; les vendemos productos; pero mierda, no.
Hoy, mario dice que nunca existió el fenómeno Pergolini; que el que se comía ese sapo era un imbécil. Que de esa época sólo le quedaron resentimientos inútiles y latosos como ropa vieja. Pero en 1992 ponía la cara casi todos los días en la pantalla de Canal 9, como el único antídoto posible al alcance de Alejandro Romay para combatir los estragos en el rating que hacía Telefé al ritmo de Marcelo Tinelli.
—Lógico, sería un tarado si no entendiera que eso fue así. Pero es distinto, porque, en esa época, yo podía tener la arrogancia de creer que yo era el vivo y Tinelli el estúpido. Creérsela era la única forma de encarar ese proyecto, porque si no ¿para qué lo hacés?
—¿Y para qué lo hacías?
—Bueno, porque era mucho más joven, porque era un desafío, porque siempre es mucho más divertido patotear que construir algo con esfuerzo, y más argentino, también. Qué sé yo, por la chiquilinada que tenemos aún hoy y que se puede ver en CQC que, en el fondo, no deja de hacer chistes con el que está recontra volteado en el piso. Somos así. Sólo que cuando uno es más joven ese aspecto lo tiene más potenciado.
—¿No lo hacías por plata?
—No, nunca me importó la plata. Ni cuando no tuve ni ahora que tengo (que tampoco tengo tanta).
—¿Sabías que ibas a terminar teniendo una empresa de medios?
—No, pero la vida siempre me sorprendió gratamente. Yo no sé si tengo algún talento, pero, de tenerlo, consiste en saber aglutinar gente. Rodearme de tipos como Guebel, Andy Kusnetzoff o Eduardo de la Puente. Yo fui un buen parásito que aprendió a sacarles cosas a los demás para poder sobrevivir.
Eduardo de la Puente dice que todo lo que sabe de radio y televisión lo aprendió de Mario. Mario dice que Eduardo tenía calle, algo que a él le faltaba, y le mostró una ciudad desconocida. "Digamos que nos ayudamos mutuamente a desarrollar los talentos que traíamos desde la cuna", dice De la Puente hoy, diez años después de haber convivido con Pergolini en un cuatro ambientes de La Boca. "Ahora somos gente grande, aunque con nuestras pendejadas, que espero que no perdamos nunca. Antes íbamos todo el tiempo más allá del límite, en lo que hacíamos y en nuestros cuerpos, sin importarnos las consecuencias. Hemos aprendido a ser menos zarpados."
Pergolini-De la Puente vivían al día. Nadie hablaba entonces de empresas de medios ni de grandes proyectos. "Mario consiguió todo sin planearlo; es un tipo que pisa firme y va creciendo de a poco, que es la mejor manera de que los logros no se vayan por la borda. Mario es un laberinto intrincadísimo. Pero si llegás al corazón, él no te deja salir. Es muy difícil saber cómo es si no lo conocés tan bien como yo y otras dos o tres personas; me atrevo a decir que no más."
Observando la oficina de pergo-lini en Cuatro Cabezas se puede llegar a la conclusión de que su verdadero socio no es Guebel, sino Tomás, su hijo de 4 años y medio. Un gato Silvestre en la pared, detrás del sillón de director, un vasito de plástico de Boca sobre el escritorio, una enigmática pizarra de estratega futbolero en un costado, y un generoso espacio libre entre la puerta y la mesa, que tentaría a cualquier decorador desprevenido con la fatal mesita ratona y los silloncitos, son el testimonio de la presencia de su hijo.
—Somos muy compañeros. La gente que entra acá siempre me dice: "¿Por qué no ponés más muebles?" Y yo digo: "No, loco. Si no, ¿dónde va a jugar Tomás?" El que tiene un hijo y no cambia, es un imbécil. Tener un hijo te modifica la vida, inclusive en cosas casi imposibles de explicarle a alguien que no los tiene, porque también te trae nuevos miedos, y eso es parte del cambio. De todas las funciones que tengo, la de papá es la que más me agrada. Ojalá que vengan dos mil quinientos hijos más. Me gustaría tirar todo a la mierda y dedicarme a ser papá, nada más.
—¿Todo, incluida la radio?
—Bueno, es otro hijo ése. No sé. Cada vez que quise dejar la radio, por calentura o por lo que fuera, cada vez que lo iba a decir al aire (de hecho, lo dije un par de veces), terminé de malhumor, con diarrea y con mi mujer diciéndome: "Basta. Mejor seguí." Yo siempre quise hacer radio y la vengo haciendo desde los 17 años. Yo les grababa casetes a mis amigos, hablándoles. Soy feliz haciendo radio. Me levanto todos los días a las 7.30 y voy contento al estudio. No recuerdo una sola mañana de mi vida en que me haya levantado y haya dicho: "¡La concha de la lora, tengo que ir a la radio!" La radio es lo más.
No es la primera vez en su carrera que Mario amenaza con la despedida. Pero ahora habla del retiro como si se impusiera una penitencia. O como una diva que exige ver sangre de aplauso en las manos de su público antes de condescender al último bis.
—En el 2000 no doy más la cara.
—¿Qué vas a hacer?
—Bueno, tengo una empresa, tengo mucho para hacer. Yo ya me estoy repitiendo a mí mismo, no lo puedo evitar. Más joven o más viejo, sigo jugando al mismo Pergolini desde hace diez años. Les puedo cambiar los nombres a los programas, puedo cambiar de compañeros de trabajo, pero, en el fondo, sigo siendo lo mismo. Yo ya no puedo dejar de hacer este personaje; se ha incorporado tanto en mi vida que ya es mi vida. Y uno no puede andar haciéndose el irónico todo el tiempo. Te cansás, las cosas cambian y es un buen momento para pegar un golpe de timón y corregir el rumbo. No tengo la vanidad de ser famoso; a mí eso no me alimenta nada y me da bastante asco. Quiero retirarme, aunque sea unos cuantos años. No quiero seguir adelante solamente porque funciona.
—Además, si un día no funciona...
—Y... me voy a querer cortar los huevos. Así que mejor me retiro antes. Sufro un mes, dos meses, voy al psiquiatra y listo. También quiero retirarme por mi hijo, no quiero dejarle un peso comparativo de mierda. Tomás siempre me dice: "A ver cuándo la cortamos con esto de ser famosos." No le gusta que, cuando entramos en algún lugar, cualquiera lo salude y sepa su nombre. Debe estar harto de ver todo el tiempo mi cara en publicidades por la calle, fumando o comiendo chicles.
Más tarde, Mario hablará de la mediocridad, que tanto lo obsesiona; la propia y la ajena, y de la desesperación de sentir que cada logro en su vida sale de la galera, sin el menor esfuerzo y, por lo tanto, cree, sin el menor mérito.
Pero, por ahora, se acerca a un jardín de espinas. El discurso del rock arde de pureza en un sólo momento de la vida. En alguna hora de la juventud, más temprana o más tardía. A partir de ese momento, persistir puede ser patético. O falso.
—Yo no puedo, dentro de diez años, seguir pensando que soy joven y que los jóvenes me escuchan, porque no va a ser cierto. No les voy a poder seguir hablando a los pendejos como lo hago ahora por mucho tiempo más. Un año y medio, que es lo que queda hasta el 2000, puede ser, pero después ya no. Para seguir siendo auténtico en este terreno hay que dejar pasar un tiempo, como hizo Lalo Mir. Entonces, después podés volver a hablarles a los pibes, pero desde el adulto, y es muy distinto. Si yo sigo en esta máquina, voy a seguir hablando de los Stones, de Nirvana, fierita, y va a ser injusto, aun para los oyentes. Yo quiero mucho a la radio para que mi mensaje termine siendo inventado sólo por mantenerme en el aire. Lo mismo pasa con CQC. Si no, al final, tanta sanata de ser auténtico, de jugarla lo más decentemente posible con uno mismo, sería mentira. A fin de cuentas, entonces, todo era pura ambición. Creer que uno puede seguir eternamente en esto es como ir a ver a los Rolling Stones y pensar que estás frente a algo que en realidad ya fue. Bueno, es parte de la melancolía. Seguimos mirando cosas creyendo que vemos algo que en realidad no estamos viendo. ¿No?
El baño en el primer piso de cuatro Cabezas es amplio y confortable. Tiene una buena selección de revistas, unas lindas cerámicas. Pero se reduce a una cabeza de alfiler cuando adentro se juntan cinco personas. Mario está sentado como en peluquería: con delantal de plástico y gorrito de goma, listo para que tres tipos con pinta de hell’s angels le armen una máscara de yeso de la que surgirá su cara de Guasón. Alguien saca un bol lleno de polvito blanco y ahí no más enchufa una batidora eléctrica.
—¡Uy, va a haber sexo hardcore! —dice Mario, fingiendo un entusiasmo pueril—. ¡Vení, Cinthia! —llama a su asistente, a los gritos—: ¡esto se va a poner bueno!
Debería ser ridículo estar hablando de las presiones del poder político con un hombre que tiene laa cara pegoteada de menjunje blanco sólo para poder fotografiarse como un payaso. Pero cosas más ridículas ocurren, como que el Congreso Nacional se moleste seriamente con Caiga Quien Caiga porque en el bloque "CQC Kids" los diputados quedan, en el mejor de los casos, como marmotas; o que la Casa Blanca manifieste formalmente su disgusto porque en la última Cumbre de las Américas Daniel Tognetti le entregó a Clinton un ejemplar del Kamasutra.
—Yo sé que, de algún modo, CQC no deja de ser una mano en el culo del poder; todo el tiempo. Pero el Congreso no es el poder y, además, es muy fácil pegarle, con las resoluciones que sacan, el tiempo que trabajan, la plata que ganan. El Congreso es la timba política: yo te doy esto, vos me das aquello, yo te apruebo esta ley, ahora vamos a votar todos en contra de la otra. El poder es Menem, es Corach, es la Corte Suprema. Pero tampoco somos tan dañinos. En época de elecciones a lo mejor podemos decidir algún voto, pero no más que eso.
—¿Te consta que CQC decide votos?
—No puedo tener la pedantería de decir que me consta, pero yo sé que si le pegás bien a algunos personajes, la cosa para el público puede terminar en: "¡Eh, mirá que resultó boludo éste!"
—¿Nunca estuviste tentado de proteger a algún político?
—Sí, claro que sí, pero no lo hacemos. De todos modos, el programa es, básicamente, antioficialista, no importa quién esté en el Gobierno. Puedo ser, a lo mejor, más bondadoso con la Alianza. Pero todos los muñecos son golpeables.
Mario se afilió al radicalismo en 1982 y durante el gobierno de Alfonsín trabajó un tiempo en Relaciones Parlamentarias. La luna de miel duró exactamente eso: lo que dura la luna de miel de una pareja a la que no le sobra plata.
—La oficina en la que yo estaba era el enlace del Gobierno con los diputados, sobre todo de su bancada, para llevar adelante los proyectos del Poder Ejecutivo. Yo tenía 18 o 19 años, era la época en que, si tenías ideales puros, no podías dejar de participar. Era rajar a los milicos, era ir a los recitales a gritar, hasta en los recitales de Alejandro Lerner (se ríe), no importaba, uno gritaba igual. Me sentí muy atraído por la imagen del radicalismo, la Juventud Radical, ir al comité de Beccar. Yo, que nunca tuve muchos amigos, encontré a varios allí.
—¿Por qué dejaste el cargo unos meses depués?
—Me pareció todo una mentira tan grande... Cuando estás en el poder te das cuenta de que a nadie le importa nada, que nadie hace nada por el país, que todo es una mierda, transa pura. Y si a los 19 años no tenés un puto ideal para mantener y decir "yo largo esto porque me parece asqueroso...". Además, yo ya estaba haciendo radio. Empezaba con Feedback.
—¿Conservás amigos de tu época de militancia?
—Sí, claro.
—Habrán hecho carrera...
—Sí, algunos son diputados (se ríe).
—¿Ya aparecieron desollados en "CQC"?
—¡No, los amigos son los amigos! —dice en tono de político transero.
Nada lo haría volver a la militancia, dice. Entre otras razones, porque no tendría sentido.
—Ya no creo en la política ni en los políticos. Chacho Alvarez me dice que eso es una barbaridad, porque si no confiás en la gente que está dirigiendo tu país vivís en el caos completo. Pero yo pienso así. Como también pienso que todo va ir para peor: el país, la violencia, las drogas, las enfermedades, la basura, el agujero de ozono, la corrupción, las guerras, el desempleo. Ya está. Estamos condenados (nos reímos como idiotas). Por eso hay que pasarla lo mejor posible. Y el que se salvó, que ayude a los que no se salvaron, porque si no todo se va a terminar más rápido.
—¿Te ofrecieron ser candidato?
—Sí, pero en una etapa muy primaria, una agrupación de un comité de San Isidro del partido radical me ofreció postularme para intendente. Dudo de que el partido radical esté informado de esto. Pero, al mismo tiempo, es pública mi postura de que jamás haría nada en política. Además, el noventa por ciento de la gente que tiene poder cree que yo estoy pirado (yo me encargo, en parte, de que crean eso) y nadie quiere un tirabombas cerca. De hecho, para seguir en los medios tuve que empezar a ser menos tirabombas. Yo creo que las barbaridades que hacía en La TV ataca no me rendían tanto porque todo el mundo pensaba ¿para qué quiero a este loco cerca? Es un peligro. Acepté un poquito más jugar el juego. OK: me corto el pelo, no hablo tan rápido, me pongo un traje. Hay un juego que jugar si uno quiere seguir estando en los medios. Y me sirve jugarlo para disponer aunque sea de diez minutos para decir lo que quiero: déjenme divertirme como se me antoja, no se tomen esto en serio. Señores diputados: no se pueden enroscar con CQC porque quedaron como unos estúpidos. No jodan por eso. Es un chiste. Todo es un gran chiste: ustedes, nosotros.
Hay un terreno engañosamente íntimo en el que Mario disfruta de verdad la tajada de poder que puede proporcionar un micrófono.
—En la radio tengo más poder que en la televisión. Uno sabe que el límite del juego en la tevé lo ponen los dueños del canal o los televidentes. Pero en la radio no es así. Yo he dicho varias veces por radio: "Ojalá que Romay se muera pronto." Si llegara a decir lo mismo por televisión se armaría un despelote terrible. Las radios son más sectorizadas. Uno sabe cómo es la radio que escucha habitualmente. La gente que mira televisión, en cambio, cree que todos los canales le pertenecen. La gente le pide a la televisión una moral muy falsa, que no respeta en su vida privada y que tampoco le exige a la radio. Voy a poner este ejemplo no porque quiera ser escabroso, sino porque es apropiado. Un abuelo le cuenta a su nieto un chiste sobre el brazo de Scioli, que los hubo, y miles. Si yo cuento el mismo chiste por televisión, el abuelo le dice al nieto que yo soy un hijo de puta, un desubicado. No creo tener ningún deber con el público. No hago ningún tipo de apología ni le digo a nadie que haga cosas que yo no haría.
Alguna vez Mario atribuyó su popularidad entre adolescentes y adultos por igual a una dudosa virtud de equilibrista: ni un paso en falso sobre la delgada línea entre no transar más de lo necesario y no azuzar al establishment más de lo conveniente. Tanto equilibrio se podría confundir con inmovilidad: cualquiera que no haya superado la edad del acné espiritual se sentiría mortificado por no representar un verdadero peligro para los malos de la película. Pero lo único que parece atormentar a Pergolini es la amenaza de la mediocridad, esa baba de negligencia que se cuela en la vida de uno por la menor hendija.
—Yo sólo quiero dormirme tranquilo, poder sentir que no soy un mediocre. Pero, por desgracia, siento que lo soy, que lo seré eternamente, hasta el último día. Creo que podría esforzarme más y hacer cosas mejores que las que hago. No sé cómo explicarlo... Quiero hacer cosas que pueda firmar con orgullo, sabiendo que no fueron hechas para juntar rating y que son dignas. Poder irme a dormir sabiendo que no le vendí mierda a nadie."
El día que paluch y pergolini se conocieron, Mario mintió. Untó la voz de almíbar y aseguró, sin temblar, que había estudiado locución. Hoy, Ari recuerda una historia agridulce. Fue una época estupenda con Mario; una época muy difícil.
"En 1985, Mario era cadete en una empresa de tiempo compartido y su jefe, que era amigo, nos puso en contacto porque Mario estaba buscando a un periodista para hacer radio. Hablamos por teléfono y nos citamos a ciegas en una pizzería de Belgrano, donde le expliqué cuál era la idea de Feedback.. Empezamos en Continental y nos complementábamos bien: lo mío era más periodístico, y desde el primer momento estuvo claro que lo de Mario era puro carisma; tenía buena llegada con el público y mucha habilidad para todo lo que fuera técnico y operativo. El era un chico muy sufrido, incluso económicamente, y venía de una casa donde no era feliz. Era un mentiroso insufrible, también. Un día íbamos por la calle y me dijo que tenía cáncer, que se iba a morir en dos años. Yo estaba desesperado. Te volvía loco, inventaba cosas constantemente. Y al mismo tiempo era terriblemente seductor, te daban ganas de estar todo el día con él. Mario quería ser famoso y nació para ser una estrella. Yo estoy convencido de que es el Mick Jagger argentino, hasta tiene rasgos físicos parecidos. También le decíamos que se parecía a Dick Van Dyke, y eso le daba bronca. Ahora que superamos la pelea de la separación, puedo decir que fue una buena etapa. Juntos, con Feedback, inauguramos la programación en vivo de Rock & Pop."
Mario mentía mucho y por amor. Por el amor de los demás que estaba dispuesto a conquistar a dentelladas, si era preciso. Pero a esas conclusiones llegaría mucho después, terapia de por medio.
—Yo era muy fantasioso, y la radio, que es lo que elegí como forma de vida, es la oficialización de la mentira. Mentía todo el tiempo, decía barbaridades y lo hacía para agradar. Si para gustarle a alguien era necesario decir tal o cual cosa, lo hacía; si tenía que inventarme un pasado, también. El 90 por ciento de mi vida eran mentiras y el otro 10, dormir. Ser mentiroso es una carga tremenda porque todo el tiempo tenés que estar muy consciente de lo que dijiste. Te hace sufrir también. La mentira se había convertido en un problema serio. Tomar la decisión de no obligarme a agradar todo el tiempo ni ser lo que los demás esperaban que fuera, me curó. Fue un gran esfuerzo y, gracias a Dios, hace años que me saqué ese peso de encima. Mi mujer me ayudó mucho.
La psicóloga Dolores de Pergolini debe de estar esperando, aún hoy, un trabajo que necesitaba en sus épocas de estudiante y que le encargó al entonces conductor de Malas compañías, de la Rock & Pop, cuando tenía 17 años.
—A mi mujer la conocí de esa manera. Vino a la radio, me preguntó si podía hacerle no sé qué trabajo que tenía que presentar, y yo la vi tan así, tan rubiecita, tan linda, tan chiquita que le dije: "Vení, yo te lo hago, no hay problema" —recuerda, tierno y baboso—. A los dos días volvió a buscar el trabajo, que yo no había hecho, por supuesto. Ella realmente lo necesitaba y yo la había dejado de a pie. Me dijo de todo, que era un pelotudo, y yo también, a los gritos: "Pero nena, ¿quién te creés que sos?" Once meses después estábamos casados.
—Y es la mujer de tu vida.
—Sin duda. Más allá de todo, sí. Es la mujer de mi vida y lo va a ser siempre. Ya está, es así. Hasta el último día lo va a ser. Pase lo que pase.
Dolores y Mario se casaron por Iglesia.
—Mi mujer es muy católica y yo creo en Dios. No creo en su Iglesia y discuto lo que cualquier inmaduro puede discutir (¡Eh, los curas, están llenos de plata, no hacen un carajo!). La crítica a la Iglesia siempre me pareció inmadura, porque es muy fácil pegarle (aunque lo merezca) a algo tan grande. Odio todo lo que cualquiera puede odiar de la Iglesia, pero jamás voy a decir que soy agnóstico. Y si mi mujer me dice: "Vamos a misa", la acompaño; no me da vergüenza entrar ni admitir que lo hago. Además, tengo una necesidad muy grande de creer en Dios, porque le tengo mucho miedo a la muerte; a mi muerte. Me parece una mierda morirse. Entonces, si hay Dios, la cosa se hace mucho más llevadera.
Mario guarda su pasado con ce-lo de animal herido. Conviene acercarse con cautela al territorio de su infancia, dar un rodeo suave y extraerle el ronroneo de algún recuerdo. Cualquier movimiento brusco, cualquier aproximación frontal choca contra un hermetismo helado.
—Mamá es ama de casa y papá, diseñador industrial. Diseña máquinas, es un tipo con mucho talento para dibujar. Muy racional, muy culto.
—¿Heredaste ese talento?
—No. De hecho, yo seguí técnico electromecánico pero no me podía comparar con él. El tipo era muy grosso... —suspira y mira de costado con un solo ojo azul. Todo un karma. Yo quería hacer cosas como él, pero no me salían; él era perfecto. Fue muy frustrante en un momento. Pero me han quedado muchas cosas de él. Hace años que no veo a mi papá.
—¿Por?
—La vida es así.
—¿Te peleaste?
—No es un tema que importe.
—No querés hablar de eso...
—No.
—Tu padre era el ejemplo inalcanzable...
—Sólo en lo que hacía. Su vida no era perfecta ni él pretendía mostrarla así, para ser sinceros. Pero era embromado estudiar industrial teniendo un padre como él, que diseñaba máquinas enormes, automáticas... Y yo no era bueno, no tengo talento en las manos! —insiste, y deja caer las manos negadas palma arriba sobre el escritorio, como si fueran de madera, como si fueran de otro.
—Mi vida es mi lengua. Era lo que te decía el otro día, yo... yo siempre anduve muy solo, no tuve muchos amigos, ni siquiera era bueno en los deportes. Volaba todo el tiempo; escuchaba música y me bastaba cerrar los ojos, nada más... —de pronto se endurece, sube el tono y dispara en una dirección inesperada—. Es una mierda que se cumpla todo lo que uno desea. Es lo que pasa con CQC, que anda bien acá y en Europa: a mí ya no me basta que sea una realidad, porque necesito otra cosa. En realidad, necesito tener un palo en el orto todo el tiempo.
—¿No pueden quedar cosas pendientes?
La voz se achica hasta volverse una sombra.
—Es todo tan mediocre... Cuatro años van que hacemos ¿Cuál es?, y todavía sigue andando bien. Es como para gritarles: "¡Loco, por qué no se avivan!" —y vuelve al dolor—. ¿No se dan cuenta de que hay otros a los que les va peor y son mucho mejores? También por eso estoy pensando en retirarme.
—No te creo que vayas a retirarte.
—No me importa. Ni mi mujer me cree, y a lo mejor no puedo. Pero, bueno, me tengo que convencer de que voy a tener que poder. Porque tengo que hacer algo que... que... que me... q... —revuelve el aire con los dedos como tentáculos enloquecidos, buscando a ciegas, con la nuca hacia atrás y los ojos que trazan un arco de ansiedad en el cielo raso.
—Yo hago reír porque me sale, no porque tenga talento para hacerlo. Yo hablo, te puedo contar las historias que quieras oír; puedo poner a alguien en el aire y sacarle momentos brillantes, pero nada de eso lo aprendí: está en mí. De modo que en el fondo es bastante mediocre, porque sale sin esfuerzo. Y es una mierda que salga sin esfuerzo, porque no hay mérito. ¿Sabés por qué soy un enamorado de las computadoras? —me pregunta, y se responde a los gritos—: ¡porque nunca las voy a alcanzar! Tendría que estudiar muchísimo, y ni eso bastaría, porque, un año después, todo lo que estudié no serviría para un carajo.
—¿Y la música?
—Intento siempre tocar música. Mi papá me enseñó mucho de música. Tengo mi teclado y hace años que toco, y sé que nunca voy a tocar bien. Tendría que estudiar, y es lo que voy a hacer cuando me retire, porque es algo que me cuesta. Entonces, si me sale, será porque hice el esfuerzo. Y voy a poder decir: "Bueno, Mario, ponete contento, sabés que te costó un huevo". No me sale todo bien, eso es obvio. De hecho, empezar a hacer algo decente en televisión me costó mucho. En este negocio, tres derrotas como Rock & Pop TV, La TV ataca y Hacélo x mí, significan chau, gracias por todo. Y a mí, en cambio, me siguieron dando la oportunidad. Pero, en el fondo, todo lo que hice siempre fue mi juego. Armar quilombo con gente con la que nadie se metía, seguía siendo mi juego; putear a Sofovich o a Romay, ése es mi juego. Yo simpre digo: el infierno debe ser un lugar en donde todo te sale bien.
Ha concluido el lamento del rey Midas y Mario se relaja, aliviado. Más que tristeza de niño rico lo suyo parece el síntoma de una rara abstinecia, como si el fracaso le estuviera prohibido por prescripción médica. Un rey Midas cuyo don se ha vuelto abominable. El soberbio oro del éxito conviertiendo en barro todo alimento.
Nos quedamos en silencio. La pizarra, al costado del escritorio, sigue siendo un enigma.
—Desde hace un año me estoy construyendo una casa, acá cerca. Cuando todavía no se podía ver nada, le iba explicando a Tomás con un dibujo en la pizarrita, para que entendiera: dónde iba a estar la casa, dónde el pasto.
—Es la casa de tus sueños...
—Sí.
—¿Cómo es?
—Linda.
—¿Qué tiene?
—No, no, esas cosas son ostentosas. De eso no hay que hablar, porque cada cual vive donde puede y como puede.
—Pero, ¿no estás orgulloso?
—Sí, pero el orgullo es para mí y los míos, no para una vida pública. Esa gente que muestra sus casas y sus autos en las revistas... Me parece que no es momento en el país para hacerlo, y nunca lo va a ser. No hay que herir gratuitamente. En la vida hay que ser agradecido por lo que uno recibe.
No es difícil imaginar la escena: Mario hundiéndose en la paz de su casa de caramelo. Del brazo de su mujer tan así, tan rubiecita, tan linda, tan chiquita. Tan fuerte. Con Tomás y más bebés. Habrá parque, seguramente.
Balcones no. No necesita.





