
Confesiones ante la pantalla
Fenómeno: desde hace cuatro meses, más de 8000 mujeres -sobre todo- y hombres contaron ante las cámaras sus conflictos más íntimos en programas como "Causa común" o "Sin vueltas".
1 minuto de lectura'
¿Por qué mi familia me rechaza?, ¿Me caso con papeles o me junto?, ¿Nosotras somos tan infieles como los hombres?, ¿Qué hacer con un vecino molesto? Preguntas. Preguntas de mujeres. Preguntas que, la mayoría de las veces, no tienen solución. No importa. De lunes a viernes, más de veinte personas se sientan en los estudios de "Causa común", el programa que conduce María Laura Santillán por Canal 13, y de "Sin vueltas", con Lía Salgado por América TV, a debatir temas cotidianos y a exponer sus problemas más íntimos, como si por una hora la pantalla chica se transformara en un diván apto para todo público.
Mi marido me cansó, sentencia Agustina, que se comunicó desde Mendoza para participar del debate sobre hombres dominados que, a las 16, propone María Laura Santillán. La platea de "Causa común" se indigna y toma partido.
¿Por qué no te separás?, le sugieren al unísono a la mujer. Y Agustina, que sigue la instancia desde su TV a más de 1000 kilómetros, apenas titubea un es muy difícil. No sé....En "Sin vueltas", que se emite de lunes a viernes, a las 18, la actriz Luisa Albinoni confiesa que le divierte la infidelidad. La conductora del programa, Lía Salgado, lee los mensajes de las personas que se comunicaron por teléfono para respaldar la posición de la actriz. Nosotras somos tan infieles como los hombres. Pero sabemos mentir, asegura Rita, que llamó desde Bernal.
El debate está planteado en ambos paneles. Todos quieren participar y se turnan para hablar: levantan la mano y esperan la señal de las conductoras para exponer al aire su situación. La temperatura de la discusión no baja ni siquiera durante la pausa comercial. En los estudios, los participantes del panel siguen cruzando opiniones, consejos y acusaciones durante todo el tiempo que dura la tanda. Incluso mientras la maquilladora intenta los últimos retoques antes de que alguien grite ¡venimos!. El equipo de producción del programa de Lía Salgado asegura que hace cuatro años, cuando empezó el ciclo, la gente no estaba tan dispuesta a participar. Y cuentan que para llenar el panel tuvieron que salir más de una vez a recorrer las calles para invitar personalmente a los integrantes. Recorrieron villas de emergencia, fueron a las puertas de los colegios y hasta incursionaron por el conocido barrio de Fuerte Apache para obtener los testimonios más valiosos en vivo y en directo. Hoy, las cosas cambiaron. Sin dudas. La gente llama, le cuenta sus problemas a un contestador automático o se comunica con la producción para poder participar. Sus nombres quedan registrados en cientos de fichas junto con el teléfono particular y el problema que los hizo llamar. María del Carmen. Lanús. Divorciada. Mi marido me dejó hace tres años por una mujer más joven. La tarjeta que consigna el conflicto de María del Carmen queda archivada. Y se suma a otras tantas que quedan agrupadas en unas cajas azules que funcionan como un verdadero banco de datos sobre conflictos humanos. La lista es amplia y abarca temas de lo más disímiles: maltratos, separaciones, abandonos, desocupación, anorexia, infidelidad. Muchas veces sugieren que tenemos extras en el panel. Pero no son necesarios. La gente llama, cuenta lo que le ocurre y nos deja el teléfono para participar de un futuro programa que trate esos temas, explica Rosita Sueiro, productora general de Sin vueltas. Y se anota un triunfo que, según ellos, pasó inadvertido: Hemos reunido mucha gente que no se veía desde hace años. En nuestros estudios se encontraron madres e hijas, hermanos y parientes que habían perdido el rastro. Muchas personas se comunican con nosotros para pedirnos que busquemos a un familiar. Sin Vueltas también funciona como un programa de servicio, asegura. Cada día, desde hace cuatro años, unas 8 personas llegan hasta el estudio 1 de América TV y esperan pacientemente su turno para hablar.
A veces nos sorprende verlos al aire. Por teléfono nos relatan un problema y cuando salen a las cámaras nos damos cuenta de que es mucho más grave de lo que suponíamos. Como si la cámara les quitara todas las inhibiciones, sugiere Alfredo Cartoy Díaz, productor de Sin vueltas. En Causa común las cosas no son muy distintas. Desde que se inició el ciclo, más de 12.000 personas pasaron por el programa de María Laura Santillán y exhibieron ante cámaras su talón de Aquiles. Hablaron de la muerte, de la fama, de la mentira, de los vicios y de todos los temas que sugiere la realidad.
Aunque la mayoría de las veces el debate gire en torno de conflictos, la conductora asegura que prefiere encontrar un tono menos apocalíptico.
Nuestro mensaje es que de todo se puede salir. Y por eso la gente participa. Cuando uno se da cuenta de que las cosas no le pasan a uno solo sino que hay miles con el mismo problema. Entonces, todo se desdramatiza, explica Santillán.
Con más de 600 programas en su haber, la conductora prefiere no hacer interpretaciones sobre la necesidad de la gente de exponer sus problemas ante las cámaras. Pero ensaya una explicación: El programa está dirigido básicamente a mujeres. Y a las cuatro de la tarde, las mujeres están solas en la casa y se pueden ocupar de sus problemas. Entonces hablan con más libertad y escuchan con más libertad. La gente quiere hablar, necesita respuestas, no tiene plata para ir a un psicólogo y el programa funciona como una catarsis casera aunque ésa no sea nuestra intención, analiza María Laura Santillán poco después de terminar uno de sus programas diarios. En Causa común, los llamados de las personas también entran en un banco de datos. Pero además de archivarlos, el programa funciona como
La TV como instrumento de prevención
Para muchos de los que miran "Causa común" y "Sin vueltas", todavía no está claro cuál es el límite entre el exhibicionismo y la privacidad. No es nuevo el análisis de los sociólogos que ven en estos programas una nueva manera de transformar en espectáculo una cuestión personal. Pero del otro lado, psicólogos y terapeutas rescatan, como rasgo positivo, la posibilidad de que los telespectadores reflexionen en conjunto un problema general.
Graciela Moreschi y Margarita Bonomo, médica psiquiatra y terapeuta familiar, respectivamente, analizaron los efectos de este tipo de programas durante las Terceras Jornadas de Prevención y Atención Primaria en Salud Mental, que se realizaron en el hospital Garrahan en octubre del año último.
De acuerdo con las conclusiones del encuentro, "los programas con panel operan como grandes grupos de reflexión que se desarrollan en un macro- escenario que abarca todo el país". Y aunque eso ocurra en medio de un programa montado con todas las características de un espectáculo, las especialistas destacan que la pantalla puede ser el lugar para que los televidentes se identifiquen y "no sientan que lo que les pasa les ocurre a ellos solos".
Para Moreschi y Bonomo, la TV funciona como instrumento de prevención en la salud mental. "No nos olvidemos de que una de las características de esta época es la falta de paradigmas. Frente a una sociedad sin modelos, cada vez es más necesario reflexionar en conjunto y encontrar una solución", opinan.
Quizá sea cierto. Pero no todos coinciden con esta opinión y muchos se preguntan hasta qué punto es posible resolver conflictos graves en una hora de televisión.
¿Terapia o necesidad de fama?
Quizá los argentinos perdieron el pudor. O quizá estén reclamando esos quince minutos de fama que alguna vez profetizó el artista norteamericano Andy Warhol. Lo cierto es que, desde que comenzaron estos ciclos en la Argentina, más de 8000 personas exhibieron sus intimidades y sentimientos a cambio de una silla en el panel.
Y más allá del debate que genera la exposición ante cámaras de una realidad privada, los especialistas consultados por La Nacion coinciden en señalar que este tipo de programas sirve para acercar a una sociedad que actualmente está fragmentada.
"El auge de los reality shows marca una necesidad de la población de reconocerse y pensarse en conjunto. Operan como grandes grupos de reflexión, que se desarrollan en un macroescenario que abarca todo el país", aseguran las doctoras Graciela Moreschi y Margarita Bonomo, médica psiquiatra y terapeuta familiar, respectivamente.
Y señalan como característica fundamental el hecho de que el panel esté integrado por personas de distintas localidades, a las que se suman las comunicaciones telefónicas de distintos puntos del país. "La posibilidad de mantener distancia con respecto al conflicto permite reflexionar sin angustia. Hay una inmensa mayoría que puede enriquecerse con las situaciones planteadas sin tener que exponerse a la tribuna", agregan.
Parece cierto. Al menos, según las cifras del rating. Tanto Ibope como Mercados y Tendencias, con algunas diferencias, dan unos 5,8 puntos al programa de María Laura Santillán y 3,5 al de Lía Salgado. Esto significa que un total de 357.000 personas siguen diariamente estos programas por TV.
"Aunque tienen todas las características del espectáculo, permiten a los espectadores identificarse y sentir que lo que les pasa no les ocurre a ellos solos", concluyen las especialistas, en un trabajo dedicado a investigar, precisamente, la influencia de los reality shows en la Argentina.
Como lugar de encuentro
El psicólogo social Ricardo Arias coincide con esta apreciación. Sostiene que "en una sociedad cada vez más fragmentada, estos programas funcionan como lugar de encuentro para analizar una determinada problemática. Y esto hace que el que tiene un problema no se sienta un monstruo. Al contrario, se da cuenta de que no es el único que tiene un conflicto". Pero hay un punto que no hay que olvidar. Arias advierte que "lo importante es que la gente distinga entre la ficción y la realidad". Es decir, que después de esa hora de programa, sigue la vida misma, sin maquillaje ni cámaras de TV.





