Leo García
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Leo dobla la apuesta eléctrica en un disco de emociones mezcladas
Un hombre que amo demasiado y que ya no quiere amar tanto. Un hombre que abandona una habitación de sábanas revueltas como quien deserta de la escena de un crimen. Desenamorarse puede ser la única opción de supervivencia para un corazón herido. Aun con el eco de esa moraleja ambigua, Cuarto creciente es un disco que nunca renuncia a las emociones. Luego del fogón iridiscente de Mar (2001) y del pop sintético de Vos (2003), Leo García dobla la carga de electricidad y extraversión. Y esa mezcla de vulnerabilidad y orgullo funciona cuando brota de las vértebras (las canciones), no de la prótesis (la producción), cosa que ocurre de un modo intermitente en este disco.
La vital "Estamos juntos" actualiza el pulso del rock nacional primitivo. Cuando Leo canta "Cuántas paredes atravesé para encontrarte en nuestro mar", su voz tiene una resonancia de ágora y cueva que remite al Litto Nebbia de Los Gatos. Las melodías de García son abiertas, oxigenadas, al igual que las letras de Pablo Schanton, que describen la ciudad y las relaciones con ardor fotosintético (la gama estacional de un árbol) y aflicción panorámica (las luces en las ventanas, señales de soledad).
Aliado a su ex socio de Avant Press Ezequiel Araujo, García propone un álbum variado. Tiene baladas para La Mega ("Listo") y otras de una rusticidad implacable ("Hay sol", con guitarra española); cierta épica británica ("Cuarto creciente") y un aparatoso reggaeton del Altiplano ("Subí, subí"). El cover de "Estrechez de corazón" (de Los Prisioneros) concede el momento Erasure del disco, siempre más cerca del homoerotismo sugestivo que de la postura queer.
En la reverberante "Los álamos", el montaje de la producción (electro + distorsión limpia + voz frontal, eventualmente filtrada) cobra un sentido más profundo. Al final, "Tesoro" entrega una de las melodías más contagiosas. "A los que quieren verme muerto/ no les puedo enseñar a vivir", canta Leo. Y, más que a jactancia, suena al lamento existencial por una empatía imposible.





