
Cyrano, la pasión ausente
"Cyrano de Bergerac", de Edmond Rostand, en adaptación de Jean Claude Carriere y Jean Paul Rappeneau. Intérpretes: Juan Leyrado, Inés Estévez, Iván González, Eduardo Blanco, Facundo Ramírez, Roberto Casale, Carlos de Urquiza, Alejandro Lodi y Constanza Nacarato. Diseño de vestuario: Renata Schussheim. Diseño de iluminación y escenografía: Jorge Pastorino. Música original: Fernando Albinarrate. Puesta de esgrima: Oscar Ferrigno. Producción: Lino Patalano. Traducción, puesta en escena y dispositivo escénico: Marcelo Vernengo Lezica. Dirección: Norma Aleandro. Duración: 90 minutos. En el Avenida. Nuestra opinión: bueno .
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Pese a su carácter fácilmente irritable, Edmond Rostand pareció aceptar el fruto agridulce del triunfo y el fracaso que se sucedieron a lo largo de sus cincuenta años. Poetas y dramaturgos contemporáneos lo atacaron y la crítica no siempre le fue favorable. Pero una noche de diciembre de 1897, su nombre se prodigó mucho más allá de las luces de las marquesinas. Fue el estreno de "Cyrano de Bergerac".
Más allá de la figura del bravucón, pendenciero, filósofo de vanguardia, poeta, autor innovador y hombre de guerra, Cyrano, sin que el autor pudiera presentirlo, se convertiría en la última y gloriosa expresión del héroe romántico del siglo XIX. Por la parte que le corresponde de comedia, como contrapunto de motivos líricos y emotivos es perfecta; sus personajes parecen entregarse a la creación de un clima de fuertes emociones y de elegante combinación de afectos. En ello radica su ingenuidad (el ardid amoroso que conjuga el verso de Cyrano en la boca de Christian), pero también la poesía sencilla donde se conjuga toda la tradición literaria y espiritual francesa.
La adaptación que realizaron Carriére y Rappeneau, por sobre todas las cosas, redujeron los cinco actos a 90 minutos, pero no se puede hacer una evaluación sobre este resultado, cuando además el texto pasó por una traducción al español.
Un clima templado
Llevar a escena este elocuente representante del romanticismo, por los riesgos que representa, es un difícil emprendimiento. Si se triunfa sobre los escollos, el resultado -ya quedó demostrado- puede ser deslumbrante. Si se tropieza ante ellos, la pieza puede transformarse en un producto opaco y deslucido.
Un gran tropezón -expuesto la noche del estreno- fue la falta del clima emocional. Había rima, pero faltó la poesía; había palabras de amor, pero faltó la pasión; estaba Cyrano, pero faltó el romanticismo.
Paradójicamente, estas faltas se notaron a pesar de la correcta interpretación de los actores protagónicos. Esta contradicción sembró una duda en la apreciación crítica. No estaba claro si, por tratarse del día del estreno y por la demora de una hora en comenzar la función, el estado anímico de los actores era el más apropiado para desarrollar emociones sobre el escenario.
Una segunda visión el día siguiente al estreno reveló que algo había cambiado. Había mayor calidez sobre el escenario. Juan Leyrado parece disfrutar de las acciones que le permiten jugar con el humor, aunque la distorsión de la voz a veces impide entender el texto. De cualquier forma, se ve más comprometido con la emoción, aunque no todo lo que se espera.
Por su parte, Inés Estévez también estuvo mejor y se muestra más sentida en el dolor y en consecuencia más convincente.
Iván González, como Christian, no logra transmitir la emoción ni el conflicto moral que afecta su alma ante el artificio amatorio de hablar por boca de Cyrano y se ve distanciado del sentimiento. El resto del elenco, por el contrario, es sólido y no muestra fisuras.
El artificio escénico
La puesta recurrió al artificio del dispositivo escénico: grandes bloques que se desplazaban para delinear diferentes ámbitos y una gran pantalla blanca iluminada con diferentes colores, que al estilo de un diafragma fotográfico, se veía aumentada o disminuida de tamaño, adquiriendo formas rectangulares y cuadradas. Algunos apuntes de mobiliario y de utilería, que servían como ilustradores, fueron los únicos elementos decorativos y no alcanzaron para restar frialdad a la hechura estética.
Son aciertos: el ritmo alcanzado -en parte por la adaptación y en parte por el dispositivo que permite realizar los cambios sin frenar la continuidad de las acciones- y el diseño del vestuario de época, quizás el componente cromático que adorna la imagen visual. El apunte sonoro romántico es señalado por el solo de chelo, que se destaca elocuentemente entre la música de teclado.
Detrás de la marcación de actores, de la creación de climas y del logro de un "tempo" ajustado, está la mano de Norma Aleandro, que necesita mayor presencia sobre la cuerda emocional de los actores para lograr un espectáculo más acabado.
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