
Con Syriana, Hollywood se mete en los entretelones de la industria petrolera
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Stephen Gaghan sabe bien cómo maneja Hollywood las cuestiones políticas. “Se elige un hecho del pasado y se lo convierte en una alegoría”, dice el guionista de Traffic, ganador del Oscar. “Uno piensa: «Tenían un pensamiento totalitario: y eso mismo es lo que pasa ahora, ¿no?». Y los espectadores piensan en eso por un octavo de segundo mientras salen de la sala.”
Pero Syriana, la nueva película que Gaghan escribió y dirigió, no es ninguna alegoría. De hecho, es una denuncia directa que explora los arreglos de los Estados Unidos con los productores petroleros. Puede que sea la película de Hollywood más dura políticamente desde El último testigo [The Parallax View, Alan Pakula, 1974].
Gaghan, de 40 años, sabe una cosa o dos acerca de dormir con el enemigo para alimentar una adicción. Antes de sumarse a la lista de los top de Hollywood, el director pasó años enganchado a la heroína. “El consumo de petróleo refleja algo que vi en el mundo de las drogas”, dice. “El vendedor puede ser el malo, pero si uno necesita el producto, no va a culparlo de nada.”
Syriana comenzó, como muchos aspectos de nuestro mundo moderno, el 11 de septiembre de 2001. Mientras veía cómo el World Trade Center se derrumbaba, Gaghan se preguntaba: “¿Por qué la gente nos odia?”. Poco después, su colaborador en Traffic, Steven Soderbergh, le envió See No Evil, las memorias de Robert Baer, un ex agente de la cia que trabajaba en Medio Oriente.
Gaghan le dijo a Soderbergh: “Ni siquiera sé qué quiero hacer, pero tiene que ver con el petróleo, con Medio Oriente, con la filosofía islámica extrema. Podría ser muy bueno, pero nos va a llevar mucho tiempo y nos va a costar mucho dinero”.
Gagham vendió su idea como un thriller político con la industria del petróleo como telón de fondo. Baer, cuyo libro proveyó muchos de los detalles para el guión ficcional de Gaghan (y quien sirvió como fuente de inspiración para el personaje que interpreta George Clooney), llevó a Gaghan de viaje por un mes para entrevistar a varios miembros de las petroquímicas, abarcando Siria, Washington y Venecia. “En el verano, todos los jugadores del Golfo Pérsico se van a lugares más frescos y más húmedos”, dice Gaghan. “Baer dijo: «¿Querés ver cómo funciona el Medio Oriente? Vení conmigo al sur de Francia en agosto». Una semana después, estábamos en la popa de un barco de 150 metros escuchando a un multimillonario de las armas y el petróleo hablar de por qué estaba pasando sus dólares a euros.”
La película, que costó 50 millones de dólares, consiguió la mayor parte del financiamiento del magnate de eBay Jeff Skoll, cuya empresa Participant Productions ha estado respaldando filmes de tendencias de izquierda. Clooney firmó como estrella y productor ejecutivo, dándole al film cierto grado de autonomía. Gaghan dice: “No estábamos atados a las opiniones de un estudio, como «No nos interesan las filosofías totalitarias virulentas a menos que las pongas en un tipo que tenga una picana eléctrica apuntando a los testículos de Tom Cruise»”.
Cinco años atrás, Gaghan estaba trabajando con el director William Friedkin, quien le dijo: “¿Querés poner en tela de juicio una guerra? Si vas a hacer una película de 60 millones, más te vale tener un antagonista. Y que al final, el antagonista sea derrotado. Cuando eso pase, el público se va a levantar de los asientos y va a aplaudir como si fueran monos. Y si no lo hacen, tu película no existe”.
Gaghan ignoró ese consejo. Syriana tiene cuatro historias cruzadas: Jeffrey Wright hace de un abogado que investiga a una compañía petrolera; Matt Damon es un banquero que asesora a un príncipe árabe de mentalidad moderna; Mazhar Munir es un joven pakistaní que navega hacia el terrorismo.
El título se refiere a una fantasía fomentada en los think tanks del pensamiento de derecha: que surgirá un nuevo país rico en petróleo, que llevará ese nombre a partir de conjugar Siria, Irán e Irak, que será controlado por los Estados Unidos. Esta explicación no está en la película. Gaghan prefirió que fuera una misteriosa metáfora de deseo. “Para mí, Syriana significa la eterna esperanza occidental de poder reconstruir Medio Oriente según nuestros fines”, dice.



