
“Anima Animal”: vuelos y proezas técnicas entre el asombro y la emoción
En una única función, Herman Cornejo y el Grupo Cadabra presentaron en el Teatro Coliseo un programa que reencontró al bailarín argentino residente en Nueva York con su público porteño
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Herman Cornejo regresó a la Argentina con su espectáculo Anima Animal para al fin mostrarlo a su incondicional público porteño. La función de anoche, en el Teatro Coliseo, se realizó en dos partes que sirvieron para comprender cómo trabajan y crean Cornejo y el Grupo Cadabra por separado, para luego amalgamarse sin perderse en una apuesta conjunta.
El quinceañero Cadabra, construido de manera independiente y tesonera por la coreógrafa Anabella Tuliano, abrió la función con un clásico de su repertorio: Lo que tenía que ser, en el que el grupo deshace la oscuridad insistiendo en el abrazo. El elenco, afiladísimo y entrenado para volar y caer silenciosamente, mostró su altísima capacidad de sostén emocional y físico, que sería imprescindible en la segunda parte de la noche.
Después llegó el momento de Tango y yo, coreografía de Cornejo en 2010 para sí mismo, montado sobre una versión de “Fuga y Misterio” de Astor Piazzolla. Apoyándose en algunos tópicos del tango en cruce con la danza contemporánea, como el juego con el funyi y la parada de compadrito, no hizo un uso abusivo del lápiz a ras del suelo ni de los cambios de velocidad. El bailarín, que es primera figura en el ABT de Nueva York, donde vive hace casi 30 años, se sabe bueno en las alturas y a eso ha venido: a volar. De modo que se va abriendo paso en la fortaleza de sus giros y piruetas para adueñarse de todo escenario en manège. Y el efecto en la audiencia es instantáneo.
Ante una cierta estampida de los presentes, que consideraron la noche concluida al momento del intervalo, fue necesario recordar desde un micrófono, que lo mejor todavía estaba por llegar. María José Lavandera, comunicadora, socia creativa y cónyuge de Cornejo, se plantó ante las luces para agradecer a todo el equipo que hizo posible la velada. Y a propósito de la temática que inspiró la siguiente pieza, recordar la deuda social y cultural con las comunidades originarias en Argentina.
Así llegó el momento para Anima Animal, que se inspira en un libreto de Ricardo Güiraldes jamás montado, que llevaba a la danza la leyenda guaraní sobre el pájaro urutaú, un proyecto del que hubiera participado el gran Vaslav Nijinsky. La tierra colorada y la selva se tejieron con la iluminación de Clifton Taylor y la música de Noelia Escalzo y Luis Maurette “Uji”. Y la metáfora originaria sobre el urutaú y su capacidad de camuflaje, se desplazó hacia la traducción de su nombre guaraní: ave fantasma. Ese es el espíritu, el ánima de ese animal, de otros animales, de todos los animales de la tierra que acompañan a la humanidad desde los inicios.
Anabella Tuliano utiliza magistralmente lo mejor de cada uno de sus intérpretes: a Cadabra le delega la creación de mundos, lo comunitario, las formas animales y las construcciones en altura. De Cornejo extrae el brillo de los giros y piruetas. Y la capacidad de mimetizarse, como el pájaro, con el ecosistema de fondo. Cornejo baila en unísonos junto a sus jóvenes partenaires sin perder jamás el tono muscular, el aire ni el paso. Y esa capacidad de ensamblaje es recibida con asombro por la platea que aplaude las proezas técnicas y emocionales.
Aunque la duración del programa completo fue algo extensa, tiene sentido en sus partes y en su todo. Vale la pena intentar verla una vez, si vuelve a montarse para el público argentino.



