
Brillante "Noche flamenca"
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"Noche flamenca", espectáculo de la compañía de la bailaora Soledad Barrio. Cantaores: Silverio Heredia, Manuel Gago y Emilio Florido. Guitarristas: Jesús Torres, Paco Cruz, Miguel Pérez García. Bailarines invitados: Bruno Argenta y Ana Romero. Director artístico: Martín Santangelo. En el Teatro Avenida. Funciones: de martes a domingos, hasta el 25. En Mar del Plata, lunes 19 y 26.
Nuestra opinión: excelente
En el fondo del escenario, tres cantaores y tres guitarristas. En la semipenumbra se distingue, en un lateral, la figura de una bailaora, quieta, expectante. De pronto se anima, como si una corriente eléctrica la activara.
Es la misma Soledad Barrio que en agosto pasado, desde el mismo escenario, impactó con sus prodigios. De entrada, una soleá; vaya, esta artista no se hace desear, no manda al frente una compañía para que caliente a la platea. No, se lanza, ahí nomás, con uno de los "palos" más temperamentales del flamenco. Agita unos brazos con temple de acero, pero sus manos son ramas de sauce. Gana espacio en la escena y su columna se arquea prodigiosamente hacia atrás sin esfuerzo (es uno de sus lances más impecables, lo sabe). Por ahí se detiene y camina, da un rodeo como el domador de leones que estudia la fiera desde otro ángulo para volver sobre ella.
Con su mediana estatura y sus pasos contundentes, Soledad mantiene en vilo a su auditorio embargado por ese fervor con que aciertan a embrujar artistas de verdad. Unos tangos son la base para un número de conjunto que, con el título de "La plaza", coreografió Martín Santangelo, director de la compañía (guitarrista, esposo de la bailaora principal), que este año no vino.
Ahí Soledad presentó a sus nuevos acompañantes, los artistas invitados Bruno Argento y Ana Romero, pero es ella misma la que vuelve a atrapar con sus destellos, apenas de pasada, con expresiones faciales que van del dolor a la sonrisa. Esta coreografía tiene una curiosa resolución a través de un aparente desorden, cuando los tres bailarines son invadidos por los tres cantaores mientras varios ayudantes de escena mueven sillas y cajas.
Concentración y exigencia
Un intermedio intimista dio lugar al lucimiento de Manuel Gago, cantaor de notable musicalidad, con unos tientos en dúo con el guitarrista Miguel Pérez García, al que lo vincula una singular armonía. Con la farruca tuvo su espacio el bailaor invitado Bruno Argenta; es un "palo" que exige concentración, que tiene mucho de ritual -como todo el flamenco, pero éste en especial-.
Argenta, rubio y longilíneo, alterna esa exigencia meditativa con la elegancia de su porte espigado y sus diseños de "formas" muy limpios, por momentos demasiado sostenidos por una posible técnica clásica, que le restan fuego. No dejó de asombrar la atipicidad de este bailaor, más parecido a David Bowie que a un gitano.
Ese mismo retaceo de fervor deja algo distante, también, a alguna de las intervenciones de la muy correcta Ana Romero, la otra figura femenina del grupo, que se confronta con Soledad en una suerte de sevillanas en "Quebrada", donde los cantaores les proporcionan un contrapunto de proximidad física con voces en unísono. La Romero se desquita en unas alegrías que se resuelven en bulerías, con un firme dominio del taconeo.
Como cierre, Soledad elige una seguirilla, ritmo no demasiado frecuentado para las despedidas. Los cantaores se pasan la antorcha; unas coplas siguen a otras y en los intermedios las guitarras sostienen el febril zapateo de la bailaora, que entra en trance una y otra vez casi con furia: se encoge, se yergue, proyecta el cuello con una mueca en sus labios; viene un requiebre y otro ("bravo"); golpeteos en las cajas de las guitarras, palmas, el zapateo vuelve al ataque, un giro concentrado, un salto ("¡y olé!", se oye).
Hay que dejarse llevar por ella, seguir con la mirada el arco de su columna hasta quedar sin aliento. Y convencerse, una vez más, que el flamenco es uno de esos géneros muy codificados que no permiten digresiones fantasiosas, pero que desafían a la profundidad. Y que, dentro de esos rigurosos márgenes, sólo cabe el salto al vacío del genio, del fuego sagrado que viene de adentro, que no se aprende: eso es lo que Soledad respira y transmite por sus poros, como pocas.
Envuelta en llamas
En esas llamas se inmola esta bailaora que ofrece una "noche flamenca" de verdad, sin escenografía ni despliegue de vestuario sino el austero y entusiasta desfile de unos cuantos artistas que, al final y a modo de saludo, convierten el teatro Avenida en un simple pero caliente tablao: los cantaores bailan, los bailarines hacen palmas, una pareja ensaya unos pasos de sevillana... Todo se resuelve en una sucesión de destrezas y de pasiones. Tres, con tres, más otros tres: el grupo se aleja, cantando y palmeando, entre bastidores: se ha vivido una verdadera "Noche flamenca".
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