
Coppelia, una muñeca de mil caras
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Con música de Leo Delibes, "Coppelia" es uno de los ballets más conocidos del repertorio clásico. Se basa en el cuento "La joven de los ojos de esmalte", de Hoffman. Atrajo siempre a chicos y grandes por aventuras y personajes que avivan la imaginación. El nombre femenino que da título a la pieza es el de una muñeca que ha sido creada por el doctor Coppelius. No es un juguete, sino la réplica de un ser humano a la que el inventor pretende, según misteriosas fórmulas, darle vida.
De modo tal que si bien Coppelia no es la protagonista, es el eje alrededor del cual giran la acción y la historia. El papel central es el de Swanilda, muy enojada porque su enamorado Franz está interesado en la chica a la que ve leer en el balcón de la casa de Coppelius. En tanto, el pueblo está alarmado por la figura de ese extraño anciano y los ruidos que surgen de su laboratorio. La curiosidad lleva a Franz y a su novia a ingresar en el caserón para desentrañar lo que allí se oculta. La idea del loco doctor es atrapar al muchacho para extraerle la energía vital que hará que su autómata se convierta en una persona de carne y hueso. Así lo hace, dándole pócimas para adormecerlo. Mas Swanilda, que ha descubierto la trampa, se hace pasar por Coppelia y en la simulación salva a su amado y revela el engaño de un humillado Coppelius.
Sólo lo esencial
Iris resume el largo guión a situaciones esenciales y lo hace junto a dos bailarines que interpretarán al viejo (Ricardo Ale) y al enamoradizo (Nicolás Zoric). Con la puesta y dirección general de Eduardo Arguibel, Scaccheri hace una singular y excelente mezcla de escenas en las que se alían partes correspondientes al ballet y las que son de peculio propio. En su cuerpo se manifiestan no sólo Swanilda y Coppelia, sino también todos los habitantes del poblado. Cuando hay festejos, la mazurka que los une se traduce en su personalidad con pasos fuertes, marciales. Algunos movimientos desarticulados dan la imagen de una muñeca a la que manos invisibles manipulan. Como camaleón, Iris posee una mirada de tal magnetismo que la transforma en lo que desea y de ese modo hipnotiza al público. Puede lograr que sea vacía, como la de la chica de los ojos de esmalte, pero la de Swanilda es penetrante, inquisidora, la de una urdidora de líos y una temeraria. A este papel le da impetuosidad y agudeza. Los brazos son una fuente de diseños inagotable, en los que descarga las facetas de los distintos personajes que representa.
Con los pies desnudos baila vorazmente, realiza los giros interminables que fueron sello del expresionismo de Dore Hoyer y que ella, su heredera, genera de la manera más auténtica.
Mientras su cara se desdobla en los gestos más diversos, el torso se contrae o se mece y las manos hacen mil bosquejos, levanta una pierna y se sostiene en la otra como si no existiera la ley de gravedad. Ese esfuerzo técnico es un reto que muy pocos pueden alcanzar: en Iris es intrínseco. No lo hace como proeza, es otro elemento para traducir su arte y lo que siente. En estos fragmentos hay aires clásicos, el lirismo que está implícito en algunas variaciones de la Swanilda del repertorio tradicional.
Fuera de serie son los tres bailes típicos de Coppelia que ejecuta ante el demencial inventor: cuando ejecuta los mecánicos pasos de la muñeca; el español, al que Iris, dentro de la danza contemporánea da tintes folklóricos con pasos y tocando castañuelas, y el puntilloso y saltarín escocés.
En este edén, Scaccheri concreta otra obra soberbia, hecho natural en una artista única. S. G.





