
El tango, en Puerto Madero
Una propuesta de cena-show que escapa del perfil turístico
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Para turistas y no tanto, para los amantes de lo más clásico del tango y para los que están dispuestos a escuchar algo diferente. Aunque, se sabe, no es posible conformar a todos por igual. Lo que el grupo Vale Tango ofrece cuatro veces por semana en un local porteño está orientado a disfrutar la música popular de diferentes maneras.
Los elementos habituales de una cena-show están insinuados, pero no se llevan los mayores aplausos. De ahí que el grupo deba (y logre) construir un show donde la necesidad de complacer el deseo más común de la audiencia ("toquen una que sepamos todos") va alternada con una propuesta mucho más personal.
Esto ocurre en el local Madero Tango, donde entre platos de un chef mediático, Martiniano Molina, se ofrece un espectáculo de tango que no llega a ser un show for export. Esto resulta lo más interesante. La primera orientación del lugar es la frase que aparece en un tríptico promocional: "Donde nace Puerto Madero vive el tango". Nadie podrá negar que desde allí hay una vista privilegiada; esa que ofrece el extremo sur del dique 1. Tampoco se puede retrucar cualquier relación con lo portuario o negar las argumentaciones sobre el aporte inmigratorio al inventario tanguero.
Los martes, jueves y sábados se puede escuchar a la Orquesta Madero Tango, integrada por algunos músicos del grupo El Arranque. Y los lunes, miércoles, viernes y domingos está el sexteto Vale Tango, que lidera el pianista Andrés Linetzky, junto a tres parejas de bailarines y un cantor.
Lo curioso es que sobre la moderna edificación no se eligió cargar la iconografía tanguera. Además, quien llega temprano, para el momento de la cena, lo más probable es que no escuche más que un poco de tango electrónico como referencia cercana. Hasta el comienzo del show no habrá mayores guiños. Sobre el escenario, el balance que busca Vale Tango es la combinación de un espectáculo complaciente de oídos que reclaman temas tradicionales con momentos que evitan los lugares comunes. Esta es la principal característica.
Suenan los instrumentales, aparecen los bailarines, luego el cantor. Con buen caudal vocal y corrección, pero sin salir de los estándares, el cantante Esteban Riera puede convencer al público con su primera intervención sobre el escenario. Luego retendrá la atención con temas como "Alma de loca", "Ventarrón" y "El día que me quieras". Tres parejas de baile aparecen con movimientos acrobáticos, pero sin gestos ni vestuarios demasiado típicos. Incluso son muy sugerentes un par de coreografías de Silvana Grill. Lejos de las convenciones, bailarines y músicos se lucen y muestran originalidad reunidos por la milonga "Llanura".
La orquesta -violines, bandoneones, contrabajo y piano- suena bien ajustada en todos los momentos del repertorio claramente marcados por su director. La formas que emplea Linetzky a veces avanzan hasta la sorpresa, y otras parecen arrebatos que toman por asalto el pentagrama. Pero completan una alternativa interesante de música y cocina a los típicos shows para el turismo que ofrece la cartelera actual.
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