
La bella durmiente
Ludmila Pagliero, una muestra de austeridad clásica en su más prístina expresión
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MUSICA: PIOTR ILLICH TCHAIKOVSKI DIRECCION: MARIO GALIZZI. COREOGRAFIA: MARIO GALIZZI, SOBRE LA ORIGINAL DE MARIUS PETIPA L ESCENOGRAFIA: ANDRES TATAVITTO ILUMINACION: ALBERTO LEMME PRIMEROS BAILARINES INVITADOS: LUDMILA PAGLIERO, YANN CHAILLOUX BALLET: TEATRO ARGENTINO DE LA PLATA ORQUESTA: ESTABLE DEL TEATRO ARGENTINO DE LA PLATA, DIRIGIDA POR DIEGO CENSABELLA.
Nuestra opinión: muy buena
Uno de los rasgos fantásticos del cuento de hadas plasmado por Perrault en el siglo XVII es la inmovilización de toda una corte en un bosque encantado. En su paso al lenguaje de la danza, otro destello mágico reside en que, después de cien años, la princesa despierte, se pare y baile. Sobre todo, como lo hace Ludmila Pagliero, quien, ya antes de quedar sumida en sueño profundo, había fascinado al público que asistió a su reaparición en un escenario autóctono. La artista argentina hace ocho años que integra el Ballet de la Opera Nacional de París, donde asume roles de primera bailarina y apunta a ser consagrada a breve plazo en el definitivo rango de étoile .
Exigencia y lucimiento
La b ella durmiente es un ballet exigente en todo sentido, incluido el esfuerzo, y no sólo por su extensión. Pero también permite infrecuentes lucimientos, tanto de la protagonista de esta historia feérica como de varios de los personajes allegados a su peculiar destino: caer bajo un embrujo, al cumplir sus 16 años, que la sumirá en el prolongado sueño. Mario Galizzi, en su primera incursión al frente del Ballet del Teatro Argentino, planta en el tablero escénico su propia revisión de la coreografía de Petipa (1890) sobre la partitura de Tchaikovski: a la eficiencia de su conducción responde un grupo sólido, que supera no pocas de las dificultades técnicas de la obra.
Trazada con generosa proliferación de solos, la pieza desafía a los intérpretes de los numerosos personajes; ahí es donde se deslizan algunas visibles imperfecciones en las Hadas del segundo elenco, pero la principal, la de las Lilas, encuentra en Cecilia Mattioli resoluciones correctas y gracia de estilo. También son aceptables los dúos del Pájaro Azul (Lisandro Casco y Paula Elizondo), mientras que Larisa Hominal corporiza una vigorosa bruja Carabosse, el personaje con mayor demanda histriónica.
El príncipe Florimond es otro visitante, no sólo en el bosque sino en la Argentina: Yann Chailloux -su intérprete- vino con Pagliero de París, donde había preparado los dúos con ella. Es una figura juvenil, algo inmadura aún, pero de sólido rendimiento en los portés y de delicada suspensión en los saltos. En la Visión que precede al descubrimiento del bosque encantado, Pagliero y Chailloux, junto con el coro de Ninfas, logran uno de los momentos de mayor lirismo y de sutil fluidez danzada, en contraste con el resto de una obra concebida con clara vocación de espectacularidad.
Ya desde su irrupción en el acto del Hechizo, Ludmila Pagliero exhibió su impecable nitidez de diseño, firmeza en cada attitude y una deleitante levedad en los giros (algunos, con asombroso dominio de la velocidad), prodigios que reiteró en las complejas figuras de los actos siguientes. Su depurada técnica y su talento han regalado así al público argentino una muestra de la austeridad del clasicismo francés en su más prístina expresión.
La ovación entusiasta que el público dedicó a la artista visitante fue extensiva al joven maestro Diego Censabella, quien condujo a la Orquesta Estable del Argentino con riguroso ajuste.




