Noche clásica y contemporánea: saludable variante de la rutina clásica

Luqui y Giovannoni, en Fancy Free
Luqui y Giovannoni, en Fancy Free Crédito: Teatro Colón / M. Parpagnoli
Néstor Tirri
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7 de junio de 2019  

Ballet Estable del Teatro Colón / Dirección: Paloma Herrera / Allegro brillante coreografía: Georges Balanchine / Repositor: Ben Huys / Música: Chaikovski. Piano: Iván Rutkauskas / Clear coreografía: Stanton Welch / Repositor: Sean Kelly / Música: Bach / Violinista: Pablo Saraví; oboe: Natalia Silipo / Fancy Free coreografía: Jerome Robbins / Repositor: Kipling Houston / Música: Leonard Bernstein. Por la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, dirigida por Carlos Prazeres. En el Teatro Colón / Próximas funciones: hoy y mañana, a las 20; domingo, a las 17 / Nuestra opinión: muy buena

No: en el escenario del Teatro Colón no aparecerán Gene Kelly y Frank Sinatra vestidos de marineros, tal como lucían en Un día en Nueva York (1949). Lo que se despliega en escena es Fancy Free, la pieza de Jerome Robbins que más tarde dio lugar a ese film de Stanley Donen en el que Kelly y Sinatra bailaban. Esta obra marcará el final de esta flamante Noche clásica y contemporánea, nueva performance del Ballet del Teatro Colón, que dirige Paloma Herrera, a cuyo espíritu entusiasta y ajuste interpretativo el público responde con fervor.

El programa se integra con piezas de tres autores: Georges Balanchine, Stanton Welch y el ya anticipado Robbins. Aunque disímiles entre sí, los títulos de las obras remiten al repertorio del American Ballet Theatre (ABT) y, también, al del New York City Ballet, con lo cual se impone un coherente clima neoyorquino, es decir, el polo dancístico en el que brilló la directora del Estable, Paloma Herrera, quien ahora lo transmite a sus huestes locales.

El Allegro Brillante, que da sostén a la obra homónima de Balanchine que abre el programa, proviene del Concierto para Piano Nº 3 de Chaikovski (muy aplaudido el pianista Iván Rutkauskas por su intervención). Lo inexorable: bailar Balanchine exige no solo un esfuerzo especial sino -y sobre todo- un leve cambio de actitud respecto de la impronta clásica.

En 1956, el célebre coreógrafo ruso-georgiano creó esta pieza breve (los escasos minutos que, según él, condensan todo su saber acerca de la danza) para cinco parejas de bailarines. La principal, Macarena Giménez y Federico Fernández, se aproximan al difícil neoclasicismo del autor en los port des bras de ella y en los portés de su partenaire, resueltos con la sutileza que Balanchine merece. Un momento especial es el bello solo de ella, sobre la cadenza del concierto.

Clear, la obra del australiano Stanton Welch, es más difícil de analizar porque, a pesar de su título, no está muy claro a qué apunta esta obra compuesta para el ABT en 2001. En la superficie hay una distribución infrecuente: siete varones con el torso desnudo y una sola mujer, quienes arman bloques grupales no siempre interesantes; hay, sin embargo, un trío llamativo en el que ella, Georgina Giovannoni, es paseada por los aires por dos bailarines, mientras que Juan Pablo Ledo (el principal entre los varones) se ejercita con corrección en figuras -incluida una pirouette- decididamente clásicas.

No obstante, Welch desliza fugaces "transgresiones": brazos como alas o contracción de escápulas (a lo Alvin Ailey), como para advertir que, a pesar de Bach y su trazado clásico, Clear proviene de un autor contemporáneo y también, en el final, discretamente romántico: la pareja principal queda a solas y se funde en un abrazo cálido, mientras un haz de luz cenital delimita su intimidad.

Fancy Free, que cierra alegremente el programa, se vale de un tenue hilo narrativo: tres marineros descubren Nueva York en un día de permiso y se relacionan con un par de chicas. Ya en esta pieza primeriza (1944), Robbins compuso con recursos propios, sostenido por la música de Leonard Bernstein, con quien entablaría una dupla imbatible (a ambos pertenece West Side Story, 1961). Maximiliano Iglesias, Luciano García y Facundo Luqui encarnan al trío de marineros con gracia, desafiando las dificultades de un lenguaje específico: ni clásico ni contemporáneo, Robbins se nutre del tap, del jazz y hasta de la acrobacia, para delinear ese american style de los musicales de Broadway. Su irrupción en el repertorio del Ballet del Colón conforma una saludable variante en la rutina clásico-académica.

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