
Riverdance: torrente de talento
Una exquisita partitura acompaña a un virtuoso grupo de bailarines irlandeses
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Lo que se está llevando a cabo en el Gran Rex es un acontecimiento. Principalmente para todos aquellos que aman la cultura de los países de origen céltico y para los amantes de la danza, pero también para el público dispuesto a presenciar un show impactante con un gran contenido étnico y cultural. Riverdance es sorprendente. A mediados de los años 90 circulaban por la Argentina videos de este gran espectáculo que sorprendía al mundo y uno soñaba con verlos alguna vez en la Argentina. Su primer bailarín y uno de sus coreógrafos, Michael Flatley, hace algunos años envió aquí a propia compañía: Lord of the Dance y decepcionó a muchos.
No ocurre lo mismo con Riverdance . Sobre el final la gente estalla de sus butacas y quiebran el aire del Gran Rex con una ovación que dura varios minutos. Sí, es verdad, la compañía llegó un poco reducida y el montaje no es exactamente el mismo que en Dublin, Londres o Nueva York, pero impacta de igual manera.
Es una propuesta conceptual que recorre los orígenes del pueblo irlandés, su historia, su mitología, su emigración y el nuevo esplendor. Así, a través de una inmejorable partitura del ex Planxty Bill Whelan, el espectador será incorporado a la era de los Tuatha Dé Dannan, la epopeya del gran Cuchulain o hasta en el mundo feerico tan verde como esa tierra tan castigada como bendecida por la historia. Durante la primera parte, la compañía de 18 bailarines le brinda espectacularidad a las danzas folklóricas y realizan prodigiosos juegos simétricos que presentan hasta cierta influencia de Busby Berkeley (en ese sentido, los espectadores de la parte superior del Gran Rex estarán beneficiados). El estilo de danza irlandesa, que mantiene el tronco enhiesto y los brazos pegados al cuerpo obliga a los intérpretes a hacer las mayores proezas con sus pies y sus piernas en el zapateo y los saltos. Todos ellos, juntos en escena, son un estruendo, un maremoto de percusión. Por momentos siguen a la perfección el sonido de los tambores y el bodhrán; y las jigas son un alarde de creatividad y festividad.
La virtuosa bailaora Marita Martínez Rey, que parece personificar las flamas de una fogata, demuestra con su taconeo que cualquier zapateo puede ser incorporado a esta música. Del mismo modo, el duelo entre los bailarines de tap Jason E. Bernard y Benjamin Mapp con los irlandeses es uno de los momentos más potentes del espectáculo. Allí, ambas formas de danza callejera que se encontraron en las calles norteamericanas a principios del siglo XX se fusionan y se vuelven una sola. Por su parte, los primeros bailarines James Greenan y Chloey Turner no sólo son prodigiosos sino poseedores de un especial encanto. Suman dosis de fuerza, presencia y talento ilimitado.
La partitura de Whelan es ejecutada por cuatro músicos, sobre una delicada base grabada. El gaitero Guy Rickarby tiene uno de los momentos más emotivos del show con su solo por el lamento de Cuchulain. Pero el carismático violinista Matt Bashford se convierte en un auténtico showman y se adueña de la escena en muchos momentos. Quedan pocas funciones y vale la pena embriagarse con la música y la danza irlandesa de Riverdance.




