
Una ópera en clave de clown
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"Guillermo Tell", por la Compañía Clun. Versión de la ópera de Giacomo Rossini, por Eduardo Rovner, Martín Joab y Marcelo Katz. Intérpretes: Irene Sexer, Cachi Bratoz, Sebastián Holz, Karina K, Mariana Rub, Leo Dyzen, Martín Policastro, Leandro Stivelman, César Balaguer, Javier Rozenszain, Matías Plaul, Iván Larroque. Escenografía: Azul Borenstein. Vestuario: Valentina Bari. Iluminación: Erli Sirlin. Muñecos: Leandro Panetta. Adaptación y dirección musical: Marcelo Pablo Katz. Coreografía: Oscar Araiz. Dirección general: Marcelo Katz y Martín Joab. Sábados y domingos, a las 17.30. Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543. Entrada: 5 pesos.
Nuestra opinión: bueno
La Compañía Clun aborda nuevamente una versión peculiar de una ópera. Antes fue "La flauta mágica", ahora es "Guillermo Tell". El original estilo de este conjunto, que combina el clown con la acrobacia, la actuación, la coreografía, el canto y el juego escénico, en el que cada personaje puede variar roles y cada objeto modificar su significado, participando de la sátira, el juego y el chiste, le permite convertir la historia en una animada acción de aventuras condimentada con numerosos recursos visuales coreográficos y circenses. Pero descuida el texto y su interpretación cuando lo utiliza.
En "Guillermo Tell" puede observarse una falta de armonía entre estos dos aspectos estéticos del espectáculo: por un lado entusiasma, divierte, deslumbra, y por el otro se detiene en momentos absolutamente estáticos, de acción lenta y poco expresiva, para dar lugar a las explicaciones que informan sobre el argumento, ya sea mediante diálogos o monólogos estereotipados, o con canciones de escaso nivel musical. Los solemnes enunciados de principios morales también resultan extemporáneos.
Parecería que el problema reside en que la versión queda demasiado ligada al libreto de ópera, género que privilegian la música y la canción para el lucimiento de los cantantes, o que busca la creación de climas mediante la orquesta, y de esa manera cuenta las acciones que no se ven, pero que el público conoce por información anticipada. Llevar toda la historia a la escena es un gran peso que no siempre logra equilibrarse.
Katz y Joab colocan de inmediato a los espectadores en el clima de parodia cuando aparecen dos payasos, Diversa y Teasisto, quienes ubican los objetos escenográficos, discuten, juegan entre ellos, mientras adelantan algunos datos del relato y buscan ponerse de acuerdo con el iluminador.
Divierten estos ajustes que piden que el "agua" (ilusión creada con la iluminación) se corra de lugar, o "más pinos para el bosque", resuelto con actores con gorros que simulan copas de árboles. Los cortes posteriores creados por estos dos personajes traen siempre la sonrisa o la carcajada del humor, y sus gags son eficaces. Ellos son los que armarán la cabaña de la familia Tell, la feria y el lago helado que los "buenos" cruzarán para escapar.
Historia de buenos y malos
Entre estos juegos se insertan las escenas de contenido dramático que plantean el conflicto entre Guillermo Tell y el gobernador Gessler.
El arquero, famoso por su puntería y con estatura de líder, se manifiesta harto de la opresión del gobernador y decide que es hora de rebelarse. La línea argumental transcurre entre amenazas y persecuciones de los "malos" y el temor y las dudas de la gente del pueblo, los "buenos", que acompañan con renuencia al héroe en su actitud.
En una alegre feria prohibida por el tirano, ocurre el famoso episodio en el que Tell debe cortar en dos con su flecha una manzana colocada sobre la cabeza de su hijo. El episodio culmina con la reacción popular, que por fin lucha contra los soldados.
Divertida, con buen ritmo, la historia es un conflicto simple entre el bien y el mal, una búsqueda de la justicia y la valorización de la amistad, la lealtad y el coraje.
Las peleas dan lugar a buenas coreografías con espadas; la feria, para juegos de destreza; en todos los casos los trucos son excelentes. Esta parte del trabajo de Clun es impecable.
Claro contraste
Tal vez por eso contraste más el estilo estereotipado de los personajes principales, que son demasiado solemnes para decir y actúan como trabados por el texto.
Tanto Guillermo Tell como su amigo, su hijo y su esposa no terminan de convencer: parecen, cuando no están en el grupo, como venidos de otra obra (tal vez de esa ópera en la que cantarían sus arias). Cosa que no pasa con Gessler, que resulta mejor definido y atractivo en el papel del malo muy malo.
De todos modos, lo que queda mejor impreso en la memoria, lo que gana en la síntesis, es el ritmo, el juego, el colorido toque de circo, que siempre emociona y alegra.



