
De amante de los caballos a granadera honoraria
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Inés, ¿qué comió ese caballo? ¡Ladrillos! "Era la voz asombrada de Diego, mi padre, al descubrir mi dibujo de un caballo rosillo que, realmente, era tremendamente panzón. Yo tendría 7 años y era ¡una de mis primeras obras de arte!", se ríe Inés de Carabassa.
Pintora y escultora, expondrá algunas de sus obras, con otros artistas, en la carpa de arte levantada en la muestra Estilo Pilar, que se inaugura el miércoles. Pero De Carabassa acredita otro título: fue condecorada con la Orden de Granadero de los Andes, la mayor distinción que acuerda el Regimiento creado por San Martín a un artista.
"Sin embargo -sigue-, el caballo no era un delirio de mi imaginación de chica; mi relación con esos fabulosos animales comenzó cuando tenía ocho meses y me llevaban a pasear en un tonneau , un carruaje francés de 1929 que había en la casaquinta donde vivíamos en Bella Vista, y que todavía conservo. Continuó durante calurosos veranos con un juego que practicábamos con mis hermanos y algún amigo, a la hora de la siesta. Tiempo en que nos estaba prohibido sacar los caballos del corral. El juego, inexplicablemente, se llamaba Robinson Crusoe", agrega.
- ¿Robinson Crusoe?
-Sí, consistía en montar un caballo, dar una vuelta y cambiar de cabalgadura. El problema era que en el otro caballo había un jinete que no siempre quería dejarnos el lugar. Entonces había que desmontarlo y se producían forcejeos, lo que nos divertía mucho. Por otra parte, los caballos no tenían la misma altura, había grandes contrastes entre diminutos ponies y pura sangre de gran alzada, y eso complicaba el juego. Recuerdo sus nombres: Morita, Chiche, Sansón, Liberty...
-¿Cómo se formó en arte?
-Comenzó un día, cuando todavía estaba en el jardín de infantes y se me ocurrió abrir el cuaderno de Alberto, mi hermano mayor. Entonces descubrí algo extraordinario: ¡el dibujo de un caballo! Y traté de imitarlo. Así empezó todo, después vino el episodio del corcel barrigón que narrábamos al principio y seguí así hasta que ingresé en la Escuela Pueyrredón, donde tuve grandes maestros como Miguel Angel Vidal, en pintura, y Aída Carballo, en grabado. Además, a Ricardo Rey, a quien también tuve en la escuela secundaria. Rey no es tan conocido, pero era un extraordinario maestro, un hombre de una gran entrega que sabía transmitir el arte que nos permitiera expresar lo mejor de nosotros. Una vez, Aída distinguió con el primer premio una de mis xilografías; se llamaba La paciencia de la Tostada , el nombre de una yegua que tenía y que me toleraba todo, ¡una santa! En historia del arte teníamos a Bárbara Bustamante, otra profesora brillante, que nos llevaba a viajar por los museos del mundo. Así descubrí a tres grandes artistas del caballo: Antoine Bourdelle, Rosa Bonheur y Edgar Degas.
-¿Por qué le dieron la Orden de Granadero de los Andes?
-Una mañana, en pleno embarazo de seis meses, recibí una carta de Francia invitándome a participar en una muestra en París sobre El caballo en el deporte y en el arte. Cuando estaba preparando mi envío se me ocurrió agregar una obra sobre el Combate de San Lorenzo, ya que San Martín había muerto en Francia. Como no conocía bien el tema, además de leer todo lo que cayó en mis manos dediqué tiempo a estudiar las obras que se habían pintado sobre el combate. Vi muchas, pero en todas los jinetes aparecían muy formales, de perfil o tres cuartos de perfil, y eso me parecía poco real. Decidí proyectar la mía como una carga frontal: mostrar a los granaderos como saliendo del cuadro y cayendo sobre el espectador. Los imaginé gritando, con uniformes desaliñados y caballos encabritados. Entre ellos cabalgaba San Martín, con su sable en alto ordenando el caos. Era una visión distinta, pero así imaginaba lo que podía haber sido el combate. Y pese a mis dudas, el cuadro se vendió enseguida.
-¿Cómo sigue la historia?
-Cuando regresé, un amigo vio la foto del cuadro y me pidió autorización para enviarla al Regimiento de Granaderos, y sin darle importancia acepté. Pero en el Regimiento derivaron la foto a Ceremonial, donde quedó archivada hasta el año siguiente, cuando se decidió utilizarla como la imagen que identificara al cuerpo. Y así se imprimieron tarjetones, posters, gigantografías, etc. Por supuesto, yo no sabía nada, hasta que por casualidad mi padre fue a una recepción en el Regimiento y el encargado de recibir a los invitados, al ver su nombre, le preguntó si era algo de Inés de Carabassa. Soy su padre , dijo él. Entonces, tengo que pedirle disculpas porque hemos plagiado hasta el cansancio la obra de su hija , y le contó todo lo que habían hecho con mi pintura y algo más..., que ellos creían que yo había muerto. Así, en agradecimiento, me dieron la condecoración. Y me explicaron que había pintado la versión más granadera del Combate de San Lorenzo.
-¿Olvidamos algo?
-Soy profesora, pero mi mayor logro no es que los chicos lleguen a ser grandes pintores, sino seres sensibles. Que puedan mirar y disfrutar el mundo que los rodea, ¡y admirar ese milagro que es la luz!




