
De narices y cirugías famosas
La columna de la semana pasada, sobre los recursos físicos (casi diríamos anatómicos) del actor como herramientas expresivas -básicamente, su cara, sus miradas, su sonrisa, sus manos-, parece haber despertado un interés específico en varios lectores, a partir de la referencia a la cirugía plástica. Algunos me preguntan quiénes fueron los primeros intérpretes que en la Argentina se sometieron a ese trámite y qué consecuencias tuvo su decisión.
Conviene aclarar, ante todo, que de ninguna manera este columnista arriesga opinión sobre el hecho estético de una nariz, grande o chica, fea o linda. Y si se ocupa especialmente del órgano olfativo, es porque gozaba de prioridad en la entonces llamada cirugía estética, en los comienzos de una práctica hoy tan común (y trasladada a muchas otras zonas del cuerpo, en particular el busto femenino).
El tamaño de la nariz nunca fue obstáculo para actuar en el escenario; hasta es probable que rubricara la personalidad del intérprete y fuera un importante punto de referencia visual, como se ve en las fotografías de actrices francesas famosas a comienzos del siglo XX: Françoise Rosay, Cécile Sorel, Gabrielle Dorziat, Yvonne Printemps, eran -para decirlo en buen romance- narigonas, y elegantísimas.
Pero el cine nunca toleró los apéndices nasales prominentes. No se sabe bien por qué, la cámara -también la fotográfica- aumenta las dimensiones de manos y pies, y de la nariz sobre todo. El canon imperioso de Hollywood, dominante en el mundo a partir de la Primera Guerra Mundial, exigió perfiles agraciados. A lo sumo, en las mujeres se toleraban las narices respingadas. Los cómicos y los característicos, incluyendo a las damas, no tuvieron por qué preocuparse: el espectador de 1930, ¿habría disfrutado tanto de un Wallace C. Fields si éste, además de su voz etílica, no hubiera ostentado una toronja en mitad del rostro? En el teatro, el maquillaje, las prótesis y la distancia modifican el volumen nasal. En cine, el primer plano excluye esos recursos.
Vayamos a lo nuestro. Con el solo auxilio de una memoria más apta hoy para evocar el pasado que lo ocurrido ayer, anotamos tres nombres de actrices locales como las primeras que se sometieron al bisturí del cirujano pionero -excelente profesional-, el doctor Oscar Ivanissevich. Esto ocurrió hacia 1940, aproximadamente, y por cierto que el tema dio para abundantes notas en la prensa y polémica en el público: Lola Membrives, la gran doña Lola de la voz inmortal, ¿hizo bien en rebanar su agresiva proa? ¿En qué medida esto le restó personalidad o expresividad, o modificó tal vez su admirable emisión vocal? El más perjudicado resultó el pintor Horacio Butler, quien acababa de retratar a la actriz y recibió de vuelta la tela en su taller.
* * *
Otra pionera fue Iris Marga. Contratada por Arturo S. Mom para representar a una temible vampiresa internacional en el film "Petróleo", puso su importante nariz en manos del doctor Ivanissevich, quien hizo una verdadera obra de arte. "Apenas un toquecito", advertía Iris al evocar el episodio, que la dotó de un apéndice en perfecta armonía con el resto de su cara y sin alterar en nada su expresión natural. De paso, nos domina la tentación de narrar la maravillosa secuencia de "Petróleo" donde Iris, amenazada con un revólver por el villano de la película (¿era Sebastián Chiola?), con el solo toque de una propicia orquídea que adornaba su escote, doblega el arma y a su propietario.
La tercera en el recuerdo es Elida Carlés, a quien no conocimos. Tan sólo sabemos que era actriz, bailarina y aviadora, una de las primeras de su sexo en obtener el brevet.






