Del arte botellero, esos pequeños secretos
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De Puerto Madero a La Boca o Recoleta, de la embajada francesa al cabildo histórico o a una glorieta de Barrancas de Belgrano, la obra del artista vasco Rafael Ceciaga, de 68 años, está inspirada en aquellos maestros anónimos del arte de embotellar barcos. Pero viró hacia otros pequeños universos, más precisamente pasajes de la ciudad de Buenos Aires en miniatura, que expone hasta la semana próxima en Eusko Kultur Etxea, la Casa de la Cultura Vasca (Belgrano 1150).
Si bien el encanto que encierran estas botellas está muy vinculado con el misterio, Ceciaga no se resiste a revelar algunos secretos de su construcción, aprendidos en 30 años. "No existe una técnica única. Por lo general, se trata de encastres, mecanismos que podés hacer completamente desde afuera y después introducir de la manera más sencilla."
Cada envase, un mundo
En sí misma, cada botella es un universo con ambientación y hasta cielo propio. "Pero todas son distintas y los problemas que se presentan frente a cada obra son únicos", señala este odontólogo de profesión y artista autodidacto que llegó a la Argentina a los 14 años para radicarse definitivamente.
La construcción de estas obras puede llevarle de 15 días a dos meses, a razón de 8 o 9 horas diarias, como en los casos de las reproducciones de la embajada de Francia o de la Facultad de Derecho, piezas de mayor complejidad con los mínimos detalles de los originales.
Una vez realizada la maqueta en el exterior, el momento de introducir las diferentes piezas por el orificio es clave, y exige una destreza y habilidad que Ceciaga aprendió a desarrollar desde su juventud. "No existen pinzas ni hay herramientas adecuadas. Son todos palitos que empujan, que agarran, encastres que se adaptan unos a otros, por lo que los mecanismos tienen que ser muy sencillos. Para empezar, el tamaño de cada pieza debe ser mínimo y, a veces, es necesario introducir hasta 60 y 70 fragmentos para luego ensamblarlos en el interior", explica.
Las maderas duras son su material fundamental. Lo demás es puro ingenio. Por ejemplo, Ceciaga visita con frecuencia mercerías, donde encuentra, entre otras cosas, el cañamazo que utiliza para barandas o hierros forjados. El reloj del Cabildo es un botón.
Más allá de las cuestiones técnicas, la obra presenta también algunas connotaciones políticas. Así, en la maqueta de La Boca puede leerse el nombre de María Julia sobre un chapón incrustado en el Riachuelo contaminado; hay otra del Puerto de Pescadores que reza Ni olvido ni perdón, en clara referencia a los militares; en el Cabildo dice El pueblo sigue queriendo saber de qué se trata, y en la Facultad de Derecho, Fuera la Corte Suprema. Valga decir que en las botellas de Ceciaga también hay gato encerrado.





