
Del cielo al infierno
Con "Madre e hijo", que se estrena pasado mañana, el público local conocerá al director ruso que sembró polémicas en Cannes con su siguiente film, "Moloch"
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Andrej Tarkowski fue el salvavidas que lo rescató del mar de la censura. Nacido en 1951 en Irkutsk, Rusia, el cineasta Aleksandr Sokurov egresó de la escuela Moskow Filmschool VGIk, pero el film que presentó para la graduación no fue aceptado ni permitida su exhibición. Lo mismo sucedió con todas las otras realizaciones que hizo desde 1980 en los Estudios Documentales de Leningrado. El exiliado Andrej Tarkowski luchó por la causa de este director prácticamente imposibilitado de trabajar profesionalmente, y creó un fondo de ayuda para Sokurov. Así fue cómo, gracias a Tarkowski, sus películas pudieron verse a partir de 1986.
Considerado como uno de los directores rusos contemporáneos más talentosos, Sokurov compitió con "Moloch" en la última edición del festival de Cannes. El film despertó la polémica y se llevó el premio de guión, galardón que también fue cuestionado por la mayoría de los diarios franceses y defendido por Liberation.
Tras haber visto "Madre e hijo", que se estrena pasado mañana en Buenos Aires, la prensa internacional se acercó a "Moloch" con expectativas sumamente elevadas. Una vez más, el cineasta logró seducirlos con el cuidado tratamiento de imágenes que son una marca de fábrica en su obra. Sin embargo, Sokurov no pudo evitar que se lo cuestionara seriamente por el modo en que retrató a los personajes centrales de su historia, nada menos que Hitler y Eva Braun. "Un Hitler de carnaval", tituló Le Figaró la crítica del film, y sostuvo que la manera en que Sokurov presenta a Hitler "corre el peligro de exasperar a los sobrevivientes".
A la hora de juzgar el palmarés del jurado presidido por David Cronenberg, Le Figaro volvió a disparar contra "Moloch". "Extrañamente, han recompensado a un film que sobre todo vale por su belleza plástica y mucho menos por su tema: veinticuatro horas en la vida de Hitler y Eva Braun". Pero, como sobre gustos no hay nada escrito, Libération, en cambio, se alegró por la recompensa obtenida por el film de Sokurov.
Dioses y monstruos
El título de la película, "Moloch", se refiere a una antigua divinidad oriental que se alimentaba de carne humana. Sokurov eligió ese nombre para mostrar a un Hitler viejo y desconectado de la realidad y a una Eva Braun que declara:"Amar a un genio... Te voy a explicar: es como amar al sol o a la luna".
En la primavera de 1942, ella comparte un fin de semana con el Führer y su entorno, Martin Bormann, Josef Goebbels y la esposa de este último, Magda, en una casa en Berchtesgarten. Es en ese nido del mal donde espía la cámara de Sokurov.
"No les tengo miedo a mis personajes. Mi deber es comprenderlos y sentirlos en su interior", dijo el director en diálogo con un grupo de medios extranjeros en el Festival de Cannes. Cualquiera supondría que dado que los personajes son Hitler y la mujer capaz de enamorarse de él, la tarea de Sokurov no debe haber resultado fácil. "El médico cura a su paciente sin importarle quién sea ese paciente -responde el realizador-. Aunque sea un criminal, una vez que el hombre está en la camilla del cirujano, hay que atenderlo. Y es recién después de haberlo curado que podemos llevarlo a la justicia de los hombres o a la de Dios. No es al autor a quien le corresponde juzgar a sus personajes, sino a la gente, a la sociedad. Yo represento el fenómeno, pero es la sociedad la que debe reflexionar sobre ese criminal que ha sobrevivido a la operación."
-¿Dudó mucho antes de decidir retratar el entorno de Hitler con semejante belleza plástica?
-No, porque para mí la calidad artística de la imagen es una exigencia profesional y debe existir cualquiera que sea el tema de la película. Si hago un film debo llevar a cabo una tarea artística. La aspiración a la perfección visual es sin duda ambiciosa y arriesgada pero inocente, aunque a menudo sea castigada.
-¿Quién lo castiga por la aspiración artística?
-El hecho de que ustedes tengan dudas sobre el fundamento de esa calidad artística de la imagen. En un sentido moral, Eva Braun era ciertamente un personaje más fascinante que Hitler. Ella era una mujer común, pero quizá no una alemana común para su época: hablaba bien inglés, tenía una clara noción de la belleza del cuerpo. Estaba enamorada del porvenir de Hitler, tal y como ella imaginaba ese porvenir. Creo que ella estaba más enamorada del futuro de Hitler que de él mismo. Creo que, hacia el final de su vida, Hitler como persona y no ya como imagen, cobró una importancia mayor para ella. Era una mujer común en una situación especial: estaba con el hombre más importante de su país. Eso fue una situación terrible para ella.
-¿Cómo se explica que haya podido enamorarse de un ser como Hitler?
-Es muy poca la gente que puede permitirse rechazar la gloria, ya sea la suya o la de alguien que está a su lado. Es una elección muy difícil.
-¿Cree que cualquier mujer se habría visto imposibilitada de rechazar esa gloria que provenía de un hombre capaz de matar a millones de seres humanos en la cámara de gas?
-Estoy seguro de que hay mujeres que habrían rechazado esa gloria, pero no las mujeres como Eva.
Una respuesta primitiva
El diálogo con Aleksandr Sokurov no es fácil. Y el problema no es que hable en ruso y que haya que recurrir a los oficios de un traductor francés. El tema es que Sokurov está enojado. Y mucho. No se siente a gusto con los cuestionamientos ideológicos que ha recibido su película por parte de la prensa, y el malestar se le nota en las manos nerviosas y la mirada tensa.
"El nazismo no ha sido el único en exigirles a los hombres que sacrificaran todas sus ambiciones. El nazismo no es el único en querer eliminar el miedo a la muerte sacrificando la vida de los otros. En definitiva, cualquier poder es, esencialmente, un Moloch en potencia", escribió Sokurov en el dossier de prensa de la película.
En el diálogo con el grupo de acreditados, sostiene que "a determinada altura del poder, como en el caso de Hitler, los políticos necesitan ser un poco sordos y ciegos para poder ejercer su profesión".
-¿Hasta el punto de no saber qué era Auschwitz, como le sucede al Hitler que usted muestra en la película?
-¿Puede usted realmente imaginar que el realizador que tiene enfrente es capaz de engañarla de ese modo, de hacerle creer que Hitler no estaba al tanto de Auschwitz?, replica Sokurov, enojado.
-No lo sé. Se lo estoy preguntando a partir de lo que vi en la película.
-Pero yo quiero saber si usted piensa que el director que tiene enfrente, Sokurov, puede haber hecho eso.
-Justamente porque se trata de Aleksandr Sokurov, que en "Madre e hijo" hizo un supremo elogio de la vida, llama la atención el hecho de que ahora muestre este retrato de Hitler.
-Aprenda a leer el contexto -vuelve a enojarse el realizador-. Lo importante es el contexto. Pero, si quiere una respuesta primitiva, puedo decirle lo que he repetido cincuenta veces aquí, en Cannes. Hitler está interpretando una comedia. Todos ellos en el film interpretan una comedia. Seguro que está al tanto de Auschwitz. Es Eva quien puede no estar al tanto, al menos en los detalles. Muchos alemanes no sabían exactamente de qué se trataba. Como muchos soviéticos no sabían lo que sucedía en los campos de concentración hasta que ellos mismos fueron llevados allí. Incluso hoy día hay mucha gente que se niega a creer lo que sucedió en los campos stalinistas.
-Si hiciera un film sobre Stalin, ¿cree que el personaje compartiría ciertos rasgos psicológicos con Hitler?
-No, creo que sería diferente. Stalin fue mucho más fuerte hasta el último día de su vida. Y, lamentablemente, tenía más talento que Hitler. Lo importante es que Hitler creó un régimen; no fue simplemente una dictadura fortuita e individual. Era un sistema mantenido por mucha gente. El nazismo es más grande y más variado que el propio Hitler. Lamentablemente, hubo una alianza entre Hitler y su pueblo. Se alimentaban mutuamente. Fue el pueblo el que utilizó a semejante líder y fue el pueblo el que aceptó ese principio y que después vivió según ese principio.
El tiempo concedido para la entrevista se ha completado. Pero Aleksandr Sokurov hace una última declaración que se parece más a un reproche a los cronistas: "Cuando se trata de hacer un análisis, se termina destruyendo el conjunto -dice-. Podemos sentir o vivir el cine, pero es muy difícil escribir sobre el cine."
Retrato de amor
En "Madre e hijo", que llega pasado mañana a los cines porteños, a Sokurov le bastaron dos personajes y un paisaje solitario para llegar al hueso de la condición humana. Una madre próxima a morir (Gudrun Geyer) y un hijo (Alexei Ananishnov) empeñado en cuidarla con ardiente paciencia. Eso es todo lo que Sokurov muestra y todo lo que quiere mostrar. Y lo hace respetando los tiempos quietos en los que se mueve esa relación única.
Para la madre y el hijo, entregados a la ceremonia del largo adiós, el mundo exterior es apenas una referencia a la que aluden las viejas tarjetas postales que ella todavía conserva. Los personajes sólo quieren quererse todo lo que se pueda mientras se pueda. Y Sokurov los deja hacer. "Para mí, en esta relación lo importante es el amor, una clase de amor sereno, que no necesita de otro;un amor en el cual dos personas están muy preocupadas en cómo tratarse el uno al otro", dice el director en una entrevista.
A la hora de explicar esa suerte de hipnotismo que despiertan las imágenes en la platea, el realizador cuenta que se inspiró en los cuadros de Caspar David Friedrich: "Sus pinturas tienen una estructura muy simple, altamente emocionales y poéticas. He tomado como referencia sobre todo "El Monk y el mar"". Lo más importante en esta pintura es la atmósfera de penumbra y medios tonos, la libertad de la composición y su simultáneo rigor".
Con ese detonante como punto de partida, el cineasta ruso puso manos a su obra: "Cada composición de una simple imagen fue trabajada intensamente, exhaustivamente, cuidadosamente, como si uno fuera cortando una piedra preciosa. Entre una madre y un hijo hay virtualmente sólo una relación, aquella del amor".
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