
Desordenado relato con luces y sombras
"A primera vista" ("At First Sight", EE.UU./1999, color). Producción hablada en inglés, presentada por UIP. Basada en el libro "To See And Not To See", de Oliver Sacks. Guión: Steve Levitt. Intérpretes: Mira Sorvino, Val Kilmer, Kelly McGillis, Nathan Lane, Bruce Davison, Steven Weber y Ken Howard. Fotografía: John Seale. Música: Mark Isham. Dirección: Irwin Winkler. Duración: 123 minutos. Sólo apta para mayores de 13 años. Nuestra opinión: regular.
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Virgil perdió la vista en la niñez y pasó toda su infancia sometido a mil y un experimentos médicos que nunca hallaron una cura para su ceguera. Ahora vive en un pueblito de las montañas, donde se gana la vida como masajista en un moderno establecimiento mezcla de hotel y clínica al que llegan las víctimas de la agitación urbana en busca de reparación para sus maltrechos nervios y de descarga para sus tensiones físicas.
Pero al lugar -y al gabinete de kinesiología- llega la contracturada Amy, y el masaje le resulta tan reparador como la dulce voz del muchacho que la atiende. Ya se sabe que las mujeres -por lo menos, las del cine- siempre están a la espera del galán romántico, tierno y sensible.
Así que el romance no tarda en florecer, y es gracias al empuje de la chica que Virgil vuelve a ponerse en manos de los especialistas, con lo cual el film ingresa de lleno en el tema central, la vista recuperada y en su voluntad de reflexionar sobre qué significa ver, con los ojos o con el corazón.
Ver o no ver
El doctor Oliver Sacks, cuya experiencia clínica ya derivó en otros proyectos artísticos -el film "Despertares", la pieza teatral "The Man Who Mistook Her Wife for a Hat"-, proporcionó la materia prima, tomada de un caso real. Describe las dificultades que debió sobrellevar un muchacho ciego cuando recuperó la visión y tuvo que someterse a un largo y dificultoso proceso para aprender a procesar la información que ahora le entregaban sus ojos y que antes recibía sólo por el tacto o el oído.
No es tan sencillo el pasaje de las sombras a la luz, sobre todo si la experiencia tiene una duración limitada, como sabremos después. Recuperar la vista impone a Virgil un violento cambio, un repentino e inquietante desorden en su modo de relacionarse con el mundo, y éste es, seguramente, el costado más interesante del relato.
Pero Irwin Winkler se entretiene con los encuentros y desencuentros de la pareja y éstos no siempre parecen demasiado vinculados con el arduo proceso que está viviendo el protagonista, aunque el guión esté lleno de frases acerca de la ceguera de los que tienen los ojos sanos, a horizontes que siempre están aunque no los veamos y a la diferencia que hay entre mirar y ver.
A ello se suman algunos conflictos familiares, aderezos argumentales que se superponen al tema central sin integrarse a él ni enriquecerlo y que alargan la duración del film hasta hundirlo en el tedio.
Demasiados escollos
Entre una historia clínica cuyo costado humano no termina de ser expuesto y un romance sin mayor emoción, la película tropieza con demasiados escollos como para resultar convincente. Para colmo, Val Kilmer remata su composición del ciego manso y tierno con una sonrisita perenne e inexplicable que termina por volverse irritante.
La atractiva Mira Sorvino hace lo que puede para dotar de convicción a su personaje -lo logra sólo de a ratos- y en el resto del elenco hay un poco de todo, desde la sobriedad de Bruce Davison (el médico responsable del exitoso tratamiento) hasta la autoridad de Kelly McGillis (la hermana) y el desborde de Nathan Lane, al que le toca en suerte el papel del terapeuta estrafalario que debe guiar al protagonista en su reaprendizaje del mundo.
Son visibles, pero probablemente ineficaces, los reiterados esfuerzos de Winkler por arrancar lágrimas del público más sensible.




