Deville: el cineasta como artista solitario
En Buenos Aires: el realizador francés presenta hoy su último film, "La enfermedad de Sachs".
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Espigado, con su pelo blanquecino y su tranco lento, el cineasta francés Michel Deville deambula por los pasillos del hotel en el que pasa su estada en Buenos Aires. Se encuentra aquí por primera vez para participar del festival de cine franco-español que se desarrolla en los cines Village Recoleta. "Espero que terminen todas las entrevistas para salir a caminar por la ciudad y poder convertirme en un simple turista", confiesa con su proverbial amabilidad este hombre de 69 años cuyo único paso previo por la Argentina data del lejano 1961. En aquel entonces había estado fugazmente en Mar del Plata.
Acompañado a cada paso por Rosalinde, su mujer, coguionista y productora, el cineasta llegó a la Argentina para presentar "La Maladie de Sachs" ("La enfermedad de Sachs"), su último opus, aclamado en el último Festival de San Sebastián -se alzó con el premio al mejor director- y galardonado en el Festival de Chicago con el Gran Premio.
Deville, particular homenajeado en esta muestra, es uno de los decanos actuales del cine francés y uno de los representantes más conspicuos del cine galo de los últimos cuarenta años. Su actividad corre en paralelo a la de los gestores de la Nouvelle Vague -a los que, a veces, se lo asoció por facilismo cronológico-, aunque sus obras nunca pretendieron ser de ruptura.
Más cerca del artesano meticuloso que del visionario genial a lo Jean-Luc Godard, Deville ha construido una obra vasta, flexible y dispar. A diferencia de François Truffaut o Claude Chabrol, por citar otros dos "autores" de aquel movimiento que llegaron al cine desde la crítica, Deville se fogueó entre 1951 y 1957 como asistente de dirección. De allí proviene esa ductilidad técnica, la capacidad para dar forma a engranajes precisos, la característica principal de sus últimas obras.
"Los cineastas, y en particular los cineastas franceses, somos muy individualistas. No existe una escuela. Cada uno trabaja en su rincón. En Estados Unidos hubo en algún momento, como entre Scorsese, De Palma y otros, una suerte de compañerismo. En Francia fue sólo la nouvelle vague, pero muy rápido todos tomaron caminos distintos. Al punto que si uno ve los films que cada realizador hizo años después se constata que no se parecen en lo más mínimo. Yo, personalmente, siempre me consideré un solitario".
En ese camino propio, Deville ya suma alrededor de treinta largometrajes. Comenzó con un policial basado en un texto de Georges Simenon, transitó las comedias ligeras escritas por su entonces mujer Nina Companeez, realizó algunos films notables ("Raphael ou la débauche", 1970, ambientado en la época de la restauración francesa), para volcarse a una serie de comedias de sello inconfundible: el mejor ejemplo cercano es "La lectora" (1988), protagonizada por Miou-Miou.
Deville es un entusiasta del cine. Asegura que va a los estrenos de todas las películas que se dan en Francia y que lo hace en calidad de simple espectador, pero se niega a situar su obra dentro del panorama del cine francés actual. "Sinceramente, no veo qué papel ocupo. Nunca volví a ver una segunda vez mis propios films, justamente para no tener ninguna idea. Incluso los de hace cuarenta años. Supongo que es para poder olvidarlos y alguna vez, cuando ya me retire, verlos como si fueran las películas de otros. Me gustaría redescubrirlos con una mirada exterior."
Nada indica que Deville piense en un retiro a corto plazo, pero sí asegura que algún día el paso al costado será inevitable. "Es un trabajo que demanda mucho esfuerzo, agota y requiere muy buena salud. Y pensemos que yo hago películas razonables. No hago films muy largos, ni de guerra, ni demasiado complicados. Imagínese si hubiera tenido que hacer como Patrice Leconte, que filmó a decenas de grados centígrados bajo cero (en referencia a "La veuve de Saint Pierre", que viene de ser estrenada en París)."
Una película coral
"La enfermedad de Sachs", su última película, que ya fue adquirida por un distribuidor argentino y espera fecha de estreno, relata la historia de un médico de pueblo chico (interpretado por Albert Dupontel) que escucha lo que sus pacientes le cuentan. Está basada en la novela homónima de Martin Winckler (escritor y médico), pero al ser trasladada a la pantalla adquiere una densidad coral inaudita. Las voces de las decenas de personajes circunstanciales circunnavegan, devoran poco a poco a Sachs, que a medida que escucha llena copiosamente páginas y páginas con sus anotaciones.
"Utilizamos el texto como material de base -dice Deville-. Es una novela hecha de fragmentos y con una cincuentena de personajes. Por lo tanto, propone muchas variantes. Y eso es bueno, porque un libro nunca es un film ni un film un libro. Si no, sería una mera reproducción. La construcción de la novela es bastante particular: está compuesta de escenas breves en el gabinete del médico, pero también hay extractos de su diario, escritos que había publicado en revistas especializadas. Hubo que simplificar para llevarlo a la pantalla, pero la riqueza era tal que no nos fue difícil volcar en el guión, de la manera mas fidedigna posible, las aristas más interesantes."
Al conversar, Deville consulta permanentemente con la mirada a Rosalinde. Es, amén de su mujer, su coguionista y productora. El director escribe una primera versión, que le lleva unos dos meses, y ella la retoma para darle la forma final en un tiempo similar.
"Hubo que encontrar -agrega ella- el destino de cada personaje y darle una dinámica a la historia de amor. Tal vez profundizamos más que en el texto original la relación que Sachs tiene con esa mujer que le hace tomar conciencia de la calidad de sus propios textos. La relación comienza con el aborto que el médico le realiza y finalmente es ella la que le hace dar a luz su propio trabajo, que le enseña a considerarse también a sí mismo, no sólo a los otros."
Sin improvisación
"Un film -razona Deville- demanda mayor rigor que un libro. Si éste lleva una semana leerlo, el film dura una hora y cuarenta y cinco minutos. Hay que aprovechar el tiempo. Por eso me gusta que los diálogos sean precisos y que no den lugar a la improvisación. La única improvisación es la manera de interpretarlos, la manera en que el actor se desenvuelve frente a la cámara. Creo que eso hace que el film sea -ése es al menos mi objetivo- lo más simple posible. Por eso, los diálogos de Sachs con sus pacientes adquieren esa forma coreográfica que los enlaza unos con otros."
"La enfermedad de Sachs" -el primer sustantivo fue modificado en muchos países porque, según los distribuidores, ahuyenta con su tono pesimista al público- es compleja y simple al mismo tiempo. Fascinará a algunos. Exasperará a otros. "A veces me dicen que la película es demasiado francesa -aclara Deville-. Pero creo que en eso radica su gracia. La historia va de lo particular a lo general, porque en cualquier lugar puede entenderse el conflicto existencial de un médico rodeado de pacientes. Para mí, que en un lugar como Chicago la recepción haya sido formidable, fue la mejor prueba de fuego que la película pudo haber pasado."





