"Drumming" o la danza sin fin

Espectáculo coreográfico por la compañía Rosas. "Drumming", música de Steve Reich, coreografía de Anne Teresa de Keersmaeker. Teatro Alvear. Nuestra opinión: muy buena.
(0)
17 de septiembre de 1999  

Poco y nada se ha visto en Buenos Aires del minimalismo, una corriente que surgió en lo Estados Unidos entre los años 60 y 70, inserta en lo que se denominó posmodernismo. En aquellos momentos, la música fue punta de lanza en este camino que provocó una verdadera renovación en su campo. Uno de los pioneros en este estilo es Steve Reich.

La danza no fue ajena, dentro de sus parámetros y técnica, a estas ideas. Muchos coreógrafos, sobre todo norteamericanos, se embarcaron en ellas, como Lucinda Childs (mujer de otro gran minimalista, Philip Glass) y Laura Dean, entre otras.

La belga Anne Teresa de Keersmaeker trajo, para el Festival Internacional, su obra "Drumming", inspirada en la pieza del mismo nombre de Reich. Si bien el compositor la realizó a principios de los años 70 y puede considerársela como la más ortodoxa de su repertorio, la coreografía es reciente.

Visión actualizada

La visión de la creadora del minimalismo está, podría decirse, actualizada y sigue con independencia la construcción coreográfica. La música, como es común en estas composiciones, parte de un módulo que se repite insistentemente, con leves cambios que pueden yuxtaponerse con el ritmo básico hasta llegar a diferentes texturas dentro de lo mismo.

"Drumming" fue escrita para ser ejecutada exclusivamente por instrumentos de percusión. Estas frases repetidas hasta lo hipnótico se convierten en movimientos de variada energía, en evoluciones que jamás cesan, como si los bailarines estuvieran en trance, en un crescendo que tanto los atrapa a ellos como a los espectadores.

Rosas es el nombre de esta excelente compañía, cuya residencia es el teatro nacional de Bélgica, el famoso La Monnaie, que décadas atrás fue sede del Ballet del Siglo XX, de Maurice Béjart.

Descalzos, con vestuario muy simple (camisas, pantalones, enaguas), los bailarines se mueven por secciones grupales que se entrecruzan, tienen alguna confrontación y continúan su camino. Una característica son los brazos sueltos, siguiendo el movimiento del cuerpo sin tener una exacta postura de técnica dancística. Toda la obra trasunta libertad, en una actuación que parece no estar preparada y tiene aires de improvisación.

Calidoscopio hipnotizante

Sin embargo, desde el principio hasta el final, cada paso está previsto matemáticamente. En la actitud de los bailarines, que sin remilgos se arreglan el pelo y la ropa, también está implícita esa sensación de que no están sobre un escenario, sino ejecutando algo por puro placer en un lugar equis donde se han reunido por azar.

De Keersmaeker traza una estructura en la que mezcla saltos, corridas e imprevisibles giros que dan sensación de algo irrefrenable, con repentinos y lentos pliés en primera; detenciones imprevistas y equilibrios en medias puntas que significan respiros o leves silencios dentro del movimiento perpetuo.

En tanto, por su lado, la música sigue con su sonido percusivo e inquietante. La coreografía, de a ratos, muestra agrupaciones divididas por sectores que bailan simultáneamente. En el inicio, unos y otros no tienen comunicación ni hay referencia de lo que hace cada cual con respecto a los demás. Hasta que, por medio de diagonales, filas que intercambian su lugar, aglutinamientos, levantadas fortuitas, pasos similares y sonrisas cómplices, se advierte el orden dentro del desorden. Los intérpretes tienen una dinámica explosiva, hasta emocionante, que aleja aquel primer espíritu del minimalismo de danza fría y bailarines concentrados en sí mismos, con expresiones indiferentes.

De esto se trata la actualización que De Keersmaeker logró. La repetición, la idea de la sempiterna continuidad, la rítmica inalterable de la música pueden, para algunos, ser aburridas. Esta coreógrafa, con un estilo que autogenera fuerza y vitalidad, con una técnica que aparenta ser simple pero que evidentemente tiene un estricto entrenamiento, hace de "Drumming" una avalancha de ímpetu.

Todas las estructuras geométricas se dan en los cambios direccionales: de un minuto al siguiente, según ángulos, se arman cuadrados, rombos, pirámides, hexágonos y círculos, siempre vistos en la tridimensión humana. Estas formas también se dan en los cuerpos que, en inesperadas torsiones, llegan a cualquier tipo de figura, tal la flexibilidad y la imagen que evidentemente la creadora quiso dar.

La base para esta obra fue hacer lo máximo con lo mínimo. Los recursos son simples; la variedad e inventiva de las combinaciones la convierte en algo sabiamente complejo.

Con los pies cortados

Ya ocurrió con los españoles de "Bach" y, anteanoche, con los belgas de "Drumming": para poder ver el espectáculo, el público ubicado en la platea del Alvear tuvo que desplegar todo su ingenio. Como hacía faltar ganar profundidad, las autoridades del festival decidieron construir una rampa que incluyó el foro de la orquesta. Es más: al nivelar el escenario para evitar el declive de éste, se sumaron unos fatales centímetros sobre la altura original.

Lógica consecuencia: cuando los artistas trabajan al fondo del escenario el público ve a los bailarines desde las rodillas para arriba. El movimiento de pies, elemento fundamental en propuestas coreográficas, queda sólo para el goce de aquellos que ocupan los palcos y el pullman. Por lo tanto, el público porteño verá a la norteamericana Jennifer Müller o tomará contacto con Trisha Brown en iguales condiciones.

Habría que tomar una decisión: o instalar taburetes de piano (de esos que se levantan) o brindarles a los artistas y al público las condiciones que se merecen.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.