Duro de atrapar: Una guerra sin cuartel contra un obstinado ratón
"Un ratoncito duro de cazar". Nuestra opinión: buena
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("Mouse Hunt"/1997), producción norteamericana en colores presentada por UIP. Guión: Adam Rifkin. Fotografía: Phedon Papamichael. Música: Alan Silvestri. Intérpretes: Nathan Lane, Lee Evans, Christopher Walken, Vichi Lewis, Eric Christmas y otros. Dirección: Gore Verbinski. Duración: 96 minutos. Calificación: apta para todo público.
Dos desventurados hermanos, hijos del acaudalado dueño de una fábrica de hilos, intentan salir a flote de sus respectivos problemas domésticos y laborales.
La solución les llega de la manera más lamentable: el progenitor de ambos muere y les deja su herencia, que consiste en aquel edificio industrial que el dúo aborrece por vetusto y en una vieja mansión en ruinas, que consideran de escaso valor.
Sin embargo, la enorme y descuidada casa posee un valor arquitectónico enorme, y en una subasta se cotiza en varios millones de dólares.
Pero en el momento en que ambos hermanos tienen todo dispuesto para venderla, descubren que hay un pequeñísimo inconveniente que los mantendrá alejados de la tranquilidad económica: un tenaz, inquieto y astuto ratón no tiene ningún apuro por abandonar el lugar.
Aquí comenzará la guerra. Es decir, el casi demencial deseo de que el dúo de nuevos dueños pueda exterminar a ese roedor pertinaz que es mucho más inteligente que los venenos, las tramperas y hasta la pólvora que los hermanos utilizan para derrotarlo.
¿Qué planificar para deshacerse de ese animalito que, al parecer, es parte inalterable de la vieja casona? Desde un feroz gato hasta un insólito cazador de insectos y roedores transitan por agujeros, techos, pisos y recovecos en inusitados esfuerzos por atrapar al escurridizo bicho que, por fin, logra salirse con la suya y convertir a la mansión en un tendal de ruinas.
Con esta ingeniosa trama, el director Gore Verbinski, laureado realizador de comerciales que aquí hace su debut en el largometraje, logra una comedia entretenida, de ritmo rápido y sonrisa segura.
Por momentos, el guión se inserta en cierto clima tenebroso y se detiene en algunas situaciones que se acercan a lo escatológico, pero ello no invalida la simpatía que despiertan el travieso ratoncito empecinado en convertirse en inquilino permanente de la casa y en sus nuevos dueños, esos hermanos que deberán enfrentarse a un contrincante tan obstinado como duro de matar.
Para elaborar esta historia se necesitaron efectos visuales de gran imaginación y paciencia. Entrenadores de animales, un fotógrafo dispuesto a captar los más difíciles ángulos y una cámara que se introduce, a la par que el ratón, en extraños vericuetos, apoyaron con habilidad estas aventuras y desventuras de dos hombres desesperados y de un roedor que poco a poco va ganando la cordialidad de los espectadores.
El elenco, por su parte, apoyó con generosidad la anécdota. Nathan Lana, un excelente actor teatral, demostró aquí su facilidad para componer a uno de los desesperados hermanos, secundado por Lee Evans, que no desperdicia su especial rostro para transformar su personaje en una serie de dinámicas muecas.
El galardonado Christopher Walken muestra su eficaz estilo de comediante dentro de su armazón de cazador de ratones, en tanto que los demás integrantes del reparto no ahorraron energía para inyectar a este relato, pleno de gags, cierto suspenso y cálida moraleja, un aire de diversión que se aparta de lo ya consagrado por la pantalla grande.




