El actor, según Louis Jouvet
Tiene apenas 69 páginas, mide veinte centímetros y medio por quince y fue editado por Emecé en 1953. Lo creía perdido en una mudanza y lo encontré, la semana pasada, mientras trataba de reordenar la biblioteca a fin de distribuir mejor el espacio. El autor: Louis Jouvet; la traductora, Silvina Bullrich. Título: "Escucha, amigo".
Es probable que a la gente joven no le diga nada el nombre de Jouvet. Nació en 1887, murió en 1951. Fue uno de los más grandes actores y directores del teatro de Francia, entre las dos guerras mundiales y en la inmediata posguerra de la última de ellas. De vez en cuando, su extraño rostro de expresión sardónica y su muy personal dicción vuelven desde la pantalla de un cineclub, o en la del canal francés de televisión, ya fuere como el monje lascivo de "La kermesse heroica", el diabólico Mosca de "Volpone", el viejo galán jamás resignado a envejecer de "El fin del día", el farsante "Dr. Knock, o el triunfo de la medicina", considerado su máxima creación.
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En 1941, peregrino extraviado, por la guerra y la ocupación nazi de su país, en el transcurso de una gira por América latina iniciada en México, Jouvet llegó a Buenos Aires con su elenco, sus decorados y trajes diseñados por Christian Bérard, y su primera actriz, Madeleine Ozeray, que era también su compañera en la vida. Debutó en el teatro Ateneo de entonces, que estaba en la calle Suipacha, con "L´école des femmes", de Molière. Retengo en la memoria la frase inicial con que el crítico Octavio Ramírez reseñó el espectáculo, en estas mismas páginas de La Nación : "El teatro estaba triste, el teatro estaba viejo. Y llegó Louis Jouvet".
Fue debut y casi despedida. Porque a los pocos días, y en mitad del éxito merecido, el Ateneo se quemó hasta los cimientos. Tan sólo quedó intacta una rosa de papel, del decorado de Bérard. La compañía -que pudo salvar el resto de la escenografía y el vestuario (algunos daños menores fueron prontamente reparados por Saulo Benavente)- se trasladó al Odeón, donde siguió cosechando aplausos con la prodigiosa versión de "Ondine", de Jean Giraudoux. Inolvidables, Jouvet como el caballero Hans, y la Ozeray, encarnación perfecta de la cándida y vengativa ninfa de las aguas.
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"Escucha, amigo" es una recopilación de acotaciones sobre el arte del actor. Vale la pena reproducir algunas de ellas, porque su vigencia es perenne. "Nosotros (los actores) siempre estamos emocionados, engañados por nosotros mismos y por los demás, siempre entre el yo y el otro; la excelencia, la superioridad, el milagro de nuestra vocación está en esa inestabilidad, en ese medio; ésa es también nuestra infamia, nuestra pobreza, la fuente de todos nuestros desórdenes y del desdén que inspiran nuestras ocupaciones; y nuestra emoción no nos permite nunca ganar ese descanso del espíritu que es reflexión, ajustar el espíritu a lo que somos, a lo que hacemos."
"Inestables, agitados por todo lo que nos rodea, sufriendo intensamente las más leves, las más fútiles influencias, accesibles a todo lo que es particularmente superficial, de superficie, seres de reacción, lo superficial es lo que más nos llega, lo que mejor nos turba. Es lo superficial lo que nos turba profundamente. Lo profundo sólo nos toca en la superficie. Pero, bien expresado, bien pintado, lo superficial es también fecundo, también eficaz por los defectos que produce. Es el teatro, y esa superficialidad da un aire profundo. Lo dramático es emoción profunda y oscura. Es el resultado y la causa de esa tendencia, de ese carácter de la gente de teatro."
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La tapa y las viñetas del librito, y un admirable apunte del rostro de Jouvet, son de Bérard. Preciosa edición, quizás imposible de encontrar hoy, salvo por causalidad, en una librería de viejo. Sigamos hojeándolo, un poco al azar, un poco guiados por la memoria de algo leído hace mucho tiempo pero cuya huella perdura casi medio siglo después: "Si el actor quiere bajar a lo profundo, es pesado y se ahoga. Es necesario, en su participación, que permanezca en la superficie: es ahí donde tiene más posibilidades, más facilidades para pesar sobre el alma y el espíritu del espectador. Tal es la regla del juego con que Diderot hizo una charada (se refiere a "La paradoja del comediante", donde Diderot sostiene que el mejor actor es el que no se entrega al personaje sino que lo regula desde el raciocinio). Provocador hábil, no es ni su naturaleza (la del actor, se entiende) ni su oficio ser profundo".






