
El almuerzo es sagrado
Conventos porteños con menú a la carta
1 minuto de lectura'
Mediodía en el microcentro. Decenas de comensales urbanos huyen de la humareda de los colectivos y las motos hacia... los monasterios de la zona.
La corrida no es parte de un novedoso furor místico, sino de un nuevo estilo gourmet que parece reafirmar aquello de que el almuerzo es sagrado.
En Reconquista 269, las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced llaman a la misa de la una y resuenan en el patio del lindero Convento Grande de San Ramón Nonato. "¿Por qué suenan?", le preguntan algunos distraídos comensales a Florencia Castex, titular de Flo’s, un pequeño restaurante en el claustro de entrada del convento. "Porque les avisan que es la hora de comer", les responde en broma.
El local está ubicado en el claustro de entrada a dos puertas de lo que en 1947 fue, según Gerardo Núñez, encargado del edificio que pertenece a la Orden de los Mercedarios, el despacho oficial desde donde Evita atendía los asuntos de la Dirección de Acción Social.
Medio siglo más tarde, Santiago Casares, un ex alumno de la carrera de administración de empresas de la Universidad Católica Argentina, que también tuvo su sede en ese mismo lugar, está a punto de dar cuenta de un chop suey de pollo. Dice que prefiere ir al convento porque es tranquilo, "para poder echar un cable al cielo. Cables a tierra ya tenemos demasiados".
En el claustro transversal del convento se abre otro restaurante, Manducare, mucho más populoso y agitado. Aun así, varios comensales eligen las mesas contiguas al patio para refugiarse en sus lecturas.
Buena mesa
Pasados algunos minutos de la una y media, a seis cuadras de allí termina la misa en la iglesia de Santa Catalina de Siena. Abril Wagner, secretaria en una empresa vecina, atraviesa el atrio que separa la salida de la iglesia de la entrada al convento, en San Martín 705. Una vez adentro, unos treinta metros a la derecha se encuentra El Claustro de Santa Catalina, un restaurante a cargo de Santiago Gravière, ex maître de Le Bibló, el restaurante del barrio de Palermo, y del chef Rolo Benítez, conocido en el ambiente gastronómico por haber trabajado en Christophe, también en Palermo.
Wagner hace una reserva para un almuerzo de negocios para el día siguiente: "Lo conocía de venir a misa", comenta, y agrega que lo eligió porque le gustó la forma en que lo reciclaron y porque el lugar "es muy pacífico".
La restauración del edificio estuvo a cargo de Casa FOA, años atrás. Y, al principio, la gastronomía del convento corrió por cuenta de Harry Cipriani, responsable de otros importantes restaurantes en Nueva York, Venecia y otras ciudades.
Hoy, muchos consideran que comer allí es una forma de ir a la casa del padre Rafael Braun, el rector del convento y de la iglesia, es decir, la misma persona que casó a Máxima Zorreguieta con el príncipe de Holanda.
Y quienes toman esa idea muy en serio, desde hace algunos meses eligen casarse en la iglesia de Santa Catalina para luego realizar la fiesta de bodas ahí nomás, en el restaurante del monasterio. A diferencia de ciertas iglesias francesas en las que hasta las raves tienen su espacio, estas celebraciones son muy moderadas y terminan a las tres de la mañana.
El lugar es visto como "un pequeño oasis en el medio del microcentro", según lo define Santiago Gravière, gerente de El Claustro. Algo que explica el perfume de la lavanda, la menta y el orégano que ingresan desde la huerta orgánica al salón del restaurante, cuando abren la ventana que mira a la calle Reconquista.
Los precios para gratificarse con el salmón blanco que se prepara allí o algunas de las ensaladas con lechuga recién cosechada son sustancialmente mayores que los que se pueden encontrar en el convento de San Ramón. Aun así, existen ciertos menúes a 15 y 18 pesos por persona o un sector de cafetería -adornado con candelabros de más de un metro de altura- donde también se puede ir a tomar un simple café.





