
El antídoto contra la desidia del cine
Personaje: a Enrique Bouchard se le debe el rescate de muchas películas argentinas del período mudo y algunas de Chaplin.
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La memoria de Enrique Bouchard se remonta a sus cuatro años de edad, en la década de 1930. Por sus recuerdos pasan los cines donde colmaba de felicidad su niñez ávida de películas: el Cataluña (hoy, Cosmos) de la calle Corrientes, el Radio City, que estaba enfrente, y el Columbia, en Pueyrredón y Bartolomé Mitre, en el barrio de Once. "En ese orden _sonríe Bouchard_, la calidad de los cines iba de más o menos a peor, pero sólo así era posible, por ejemplo, ver todavía algún viejo western mudo, intercalado en un programa sonoro."
La historia comienza a esa edad, porque en ese momento el padre le regaló a Enrique un proyector Pathé Baby para películas de nueve milímetros y medio, un paso no profesional. "La sala de cine me llegó a los diez u once años, cuando ya me dejaban ir solo desde casa, en Córdoba y Pasteur, hasta los cines de la zona. Recuerdo el cine Columbia, donde el ambiente era francamente agresivo. Durante la función, los acomodadores pasaban tirando bolas de desinfectante entre las patas de las butacas."
A Enrique Bouchard se debe el rescate de buena cantidad de películas argentinas mudas _casi todas las pocas conservadas_ y hasta de un par de cortos de Chaplin que no existían en otras filmotecas en el mundo. "El mejor momento de mi trabajo, a fines de los años cincuenta y en los sesenta _rememora el restaurador_, lo cumplí junto a José Vigévano, que había construido una máquina especial para recuperar viejos films".
Una foto confirma el modelo de aquel aparejo: el rollo de película en nitrato y 35 mm pasaba de un carrete al otro, dejando _fotograma por fotograma_ el registro de las imágenes en un nuevo negativo, ahora en 16 mm.
Todo un pionero
El contacto inicial con el cine no profesional comenzó para Bouchard con su integración en el Cine Club Argentino, que había fundado en 1932 Alex Connio Santini, futuro creador de los laboratorios Alex. Para entonces, filmó dos cortos: "Tic tac" y "Evocación". Se había comprado una filmadora y alcanzó a conocer a algunos maestros del cine independiente de entonces: Roberto Robertié, Osvaldo Vacca y Carlos Barrios Barón.
"Tras ese comienzo, me orienté hacia la compra de materiales fílmicos antiguos, algunos en estado de catástrofe." Bouchard dibuja con las manos la forma de los materiales con que trabajaba. "Se conseguían rollitos pequeños: Chaplin, Laurel y Hardy, hasta que la curiosidad y el deseo me llevaron a la búsqueda de películas de largometraje. Había distribuidoras arcaicas y negocios de viejo que guardaban esos rollos."
Había en Bouchard deseos de aprender, por eso buscó conocer a Pablo Christian Ducrós Hicken, el gran teórico y coleccionista de la pantalla silente. "Los sábados por la tarde me proyectaba sus películas y con él pude aprender el sentido artístico que perdura en la cinematografía muda. Nació en mí una pasión, confirmada luego por el deseo profesional de mejorar ese material y de difundirlo, ya sea en exhibiciones especiales o vendiéndolo o canjeándolo, en la Argentina y en el exterior.
"Con Vigévano _rememora este hombre de 67 años lleno de recuerdos_ comprábamos lotes de veinte o treinta películas. Las revisábamos y seleccionábamos hasta decidir cuál de ellas merecía la más inmediata restauración."
En el recuerdo
Además de Ducrós Hicken pasan por la palabra de Bouchard los nombres de otros restauradores y coleccionistas que merecen recordarse: Pablo Louché era uno de ellos, y Pascual Moles, otro, "un señor que pasaba todo su tiempo lavando y secando kilómetros de celuloide para preservarlo".
El temor, siempre, fue el peligro de autocombustión al que estaba sometido el material de nitrato en que venían impresas las primeras películas. "Una vez, hice una experiencia en lo de Ducrós Hicken _Bouchard habla rápido, nervioso_ metiendo diez metros de soporte nitrato atado con un alambre, dentro de una cacerola. Al primer contacto con el calor, saltó la tapa de la olla y quedó incrustada en el techo. A un coleccionista de nombre Rossi se le prendió fuego la casa y perdió un hijo en el incendio de las películas."
Un trabajo fogoso
El rescate y preservación de películas nacionales mudas por el trabajo de Bouchard y Vigévano abarca títulos tales como "Amalia" (1914), que había conservado la Sociedad del Divino Rostro, su productora; "La Revolución de Mayo" (1908); "El entierro de Bartolomé Mitre" (restaurado para su resguardo en La Nación ); "Perdón viejita" (1926), el clásico de José A. Ferreyra;"Hasta después de muerta" (1916), la primera película de Florencio Parravicini y Pedro Quartucci; "El último malón" (1917), de Alcides Greca, y las operaciones de quiste hidatídico y de hernia inguinal del doctor Posadas, "filmadas en un patio del Hospital de Clínicas hacia 1899 y halladas en la demolición del mismo". Bouchard indicaque muchos de estos trabajos fueron realizados para la Cinemateca Argentina.
Las actividades de este profesional de la restauración de films antiguos trasciende nuestras fronteras y halla resonancia en Islandia, Suiza, Suecia, Noruega, Portugal, Francia, Italia, España Estados Unidos, Alemania, Polonia, Grecia y muchos países más.
La tarea de recuperación exigió a veces trabajar los fotogramas uno por uno, en la medida en que éstos se habían comprimido y se les debió devolver el formato original. Este trabajo se hizo con dos cortos muy primitivos de Chaplin, que sólo se hallaban en la Argentina, "Cruel Cruel Love" y "Her Friend the Bandit" eran sus títulos. Las copias restauradas llegaron hasta el American Film Institute y el British Film Institute, entidades señeras para la preservación fílmica.
Manos de prestidigitador
Como de las manos de un prestigitador, de las de Enrique Bouchard emerge un antiguo fragmento de película 35 mm de perforación muy rara: se trata de unos fotogramas del original de "La llegada del tren" (1895), de los hermanos Lumiére. Un verdadero tesoro. De una cajita circular extrae también un "Pierrot" coloreado a mano. Sobre la tapa se alcanza a leer en bajorrelieve el nombre de Lumiére.
Bouchard no quiere estar solo y decide añadir nombres de otros colegas del coleccionismo y la preservación de imágenes que, por su obra, no llegaron a desaparecer: Vigévano, la Cinemateca Argentina, Alfredo Li Gotti, Enrique Rizzo _tenía una enorme colección en nueve milímetros y medio_, Manuel Peña Rodríguez, Ducrós Hicken, un doctor Canela y Félix Giuolidori, el comisario que protegió una colección de avisos publicitarios del cine mudo.
El último trofeo que Bouchard muestra con orgullo es una carta dirigida a él que lleva la firma de Charles Chaplin.
La pregunta que falta es adónde va parar el material de estos artistas de la conservación cuando dejan esta tierra. "Sólo espero un viaje de película hacia el otro lado _Bouchard ríe franco y alegre_ porque no sé cuál será el recorrido del material: otros coleccionistas, la dispersión por descuido de los herederos, la venta al exterior, donde pagan muy bien, o la imprescindible Filmoteca Nacional que no debería tardar en crearse. Es fundamental."



