
El arte de la dirección
Cuatro generaciones de directores teatrales hacen oír su voz. Augusto Fernandes, Miguel Cavia, José María Muscari y Cristian Drut buscan puntos de acuerdo para su oficio
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Dentro del complejo universo del teatro, una de las piezas clave es el director, ese señor (o señora) que anhela ver hecho realidad un sueño propio motivado por un texto generalmente ajeno, al que él le aporta su visión holística. Cada quien tiene su impronta. Cada uno, su estética. Pero hay unos pocos considerados "maestros", que representan necesarios mojones en la formación de quienes recién se inician. Unos y otros dialogaron con Vialibre acerca de su oficio.
Uno de estos referentes es Augusto Fernandes ("La gaviota", de Chejov, "El relámpago", de Strindberg, o "Madera de Reyes", de Ibsen, por citar unas pocas referencias). Miguel Cavia fue uno de sus discípulos y cobró popularidad gracias al éxito de "El vestidor", de Ronald Harwood, la obra que aún se encuentra en escena en el Paseo La Plaza. Dentro de las jóvenes generaciones de directores, Cristian Drut, de 24 años, y José María Muscari, de 21, han tenido el raro privilegio de haber realizado ya varios espectáculos, a pesar de su corta edad. Drut dirige "Señora, esposa, niña y joven desde lejos", de Marcelo Bertuccio, en el Callejón de los Deseos, y Muscari optó por lo que él denomina un experimento teatral en "Mujeres de carne podrida", que se presenta en la Casa de Cultura Adán Buenosayres.
El punto de partida de la charla está relacionado con la formación de los directores. "En este país, un director o es un intelectual que aprendió plástica y tiene idea del sentido y de la puesta de un texto, o es un actor que conoce su oficio, pero hace agua en la puesta -sentencia Fernandes, con cierta preocupación-. Los que tienen mucha suerte dirigen una obra al año. En Europa, en cambio, los directores se forman como asistentes de otros directores. Esto recién está ocurriendo ahora en nuestro país. Lo único que solemos hacer para orientar un poco a los que quieren aprender los secretos de la dirección son seminarios, cuyo alcance es reducido. La escuela de dirección de Munich, por ejemplo, tiene una instrucción de diez años."
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Miguel Cavia agradece y desmitifica la labor de los maestros: "No puedo dejar de reconocer a Fernandes como el maestro que me dio herramientas técnicas, y a otros de los que aprendí por medio de la lectura. Pero un maestro sólo puede proveer las herramientas que se convierten en útiles gracias al trabajo. La técnica permite resolver problemas en los ensayos y descorre los velos de los preconceptos que se tienen sobre cómo dirigir un texto."
Miembro de otra generación, Cristian Drut es también el producto de las influencias recibidas, más la búsqueda del propio estilo: "Yo me siento muy influido por Ricardo Bartís -confiesa-, del que aprendí una cierta calentura por el teatro. Rubén Szuchmacher, en cambio, me advirtió acerca de la particular situación del director. En los estudios de dirección, las escenas con las que un alumno experimenta representan una parcialidad porque son ejercicios de taller. En ese sentido, el ciclo Género Chico, que se presentó durante el año pasado en el Teatro del Pueblo, fue un gran paso adelante: allí se pudo concretar una práctica real desde el germen hasta la producción. Además hay que saber de todo: de música, de pintura, de historia... Un director ignorante no puede salir de la mediocridad".
Con diez años de estudios dedicados a la actuación y egresado de la Escuela Municipal de Arte Dramático, José María Muscari reconoce: "Nunca estudié dirección y ahora siento que tengo que adquirir ciertos conocimientos técnicos. Pero sé que necesité hacer este camino para darme cuenta de eso".
A pesar de las diferencias generacionales, los directores coinciden en que les interesa bastante poco la estética imperante o las modas de turno. Miguel Cavia sentencia: "Uno sabe que puede estar influido por los lenguajes de moda. Pero mi atención está puesta en producir un hecho vivo y en encontrar aquello que le genera al espectador una sensación nueva o que lo hace despertar y vivir una situación de abismo. La moda se repite y un espectáculo puede tener una forma muy nueva, pero estar vacía de contenido".
Fue el punto de partida para que arremetiera el más joven de ellos, José María Muscari: "Me resulta difícil encontrar un material para empezar a trabajar. Con este último espectáculo siento por primera vez que lo que hago me representa. Y justamente por eso no sé qué es. Sí me obsesiona la estética, y las marcas de mi obsesión están en el espectáculo: las imágenes, las informaciones, los sonidos que entran en mi mente como un flash. Por eso hay tanto zafarrancho que está buscado a propósito. Lo que más me preocupa es que tenga vida".
Cristian Drut, por su parte, considera que el texto es el punto de partida y reivindica a los jóvenes dramaturgos que habitualmente son los motivadores de sus puestas en escena. "Me cuesta enunciarme con una metodología de trabajo. Mi preocupación es que si uno se enfrenta a una obra, no debería tener un juicio previo acerca de cómo debe ser dirigida. " Y concluye: "En un tiempo me vi en la obligación de ser «moderno» por aquello de que el teatro sólo vale cuando es ruptura. Con el tiempo, me calmé un poco. Ahora me interesa poner en escena a autores que, más allá de estar o no a la moda, reflexionen acerca de este tiempo".
Para Augusto Fernandes, la función del teatro no es explicar este fin de siglo. "El arte es un emergente -aclara-. Como la sociología, los medios de comunicación o la historia pueden analizar mejor la realidad. El arte tiene que volver a la vida, ocuparse de los profundos arquetipos artísticos. Por eso se resucita a los griegos y Shakespeare está a la orden del día. Porque se ocupan del conflicto básico del hombre, que es "vida versus sociedad". Yo provengo del teatro independiente y para nosotros la elección del repertorio era fundamental, tenía que ver con qué se quería decir o sobre qué se quería reflexionar. Sin duda, quedé marcado por esa impronta. Cuando elegí dirigir el "Fausto", me parecía que él era el fracaso de una civilización. Fausto es el hombre que no entiende por qué el Cielo no es para él. En el caso de "El relámpago" y "La gaviota", estas obras pertenecen a dos escritores que, como muchos de fines del siglo último, fueron profetas que nos alertaron sobre aquello que estaba ocurriendo. Lo que dice Chejov acerca de que la ciencia avanza y el hombre se queda atrás puede aplicarse a la Internet o a los medios de comunicación."
Falsas vanguardias
"Hoy no existe lo nuevo sino lo bueno. Cuando vi a La Fura Dels Baus, me impresionó muchísimo. Me pareció un grupo de profesionales que hablaba de algo actual. Después, con el éxito, se fueron superficializando, y eso pasa con todas las vanguardias. Los lenguajes son para hablar de algo, y ese algo debería condicionar el lenguaje y no al revés. Estoy harto de tanta ocurrencia vacía de contenido en la que, muy de vez en cuando, se encuentra alguna genialidad. Y pienso que esto tiene que ver con los líderes de opinión que invitan a la ruptura y a la vanguardia porque es más divertido."




