
El canto de la vieja y bella Italia
Recital de la mezzosoprano Mariana Rewerski, con Francisco Gato (tiorba y guitarra barroca) y Cristian Haberstroh, Federico Gercovich y Facundo Rodríguez. Programa integrado por obras de Kapsber Nuestra opinión: excelente
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Fue un atardecer musical de lujo el que se ofreció en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, uno de los más atractivos espacios de la ciudad para la música de cámara. A la excepcional calidad de los interpretes, entre los que se destacó el notorio avance de la joven mezzosoprano Mariana Rewerski, se sumó la sabia elección del programa, basado en una selección de obras con el hilo conductor del pianto d´amore (textos sobre lamentos amorosos), y su valor didáctico al permitir escuchar composiciones de precursores de la ópera como género independiente.
Mucho por descubrir
Esto quiere decir que se reprodujo la atmósfera artística de las tertulias de las que fue anfitrión Giovanni Bardi, conde de Vernio, en la célebre Camerata de Florencia, porque la cantante inició su presentación, acompañada con pericia por Francisco Gato con la tiorba de la época, entonando dos delicadas canciones de Giulio Caccini (1545-1618) en el estilo recitativo que el cantante y compositor creó, dando impulso a los métodos de expresión y ornamentación.
Su canción más popular, "Amarilli mia bella", fue precedida por una tocata arpegiada para instrumento solo, de Johannes Hieronymus Kapsberger (1580-1651), un virtuoso del laúd de origen alemán, radicado en Italia, donde desarrolló el virtuosismo en los instrumentos de cuerdas pulsadas.
Se pudo redescubrir la calidad de un creador formidable de la historia de la música, como Girolamo Frescobaldi (1583-1643), compositor y brillante organista en Santa María, en el Trastevere y en la basílica de San Pedro, de Roma, que además de su espléndida música para órgano compuso en su juventud obras vocales, como motetes, madrigales y más de treinta piezas sacras.
Del mencionado músico de Ferrara, Rewerski dio una lección de sencillez, musicalidad e impecable articulación cuando encaró dos composiciones, a cual más bella: "Se´aura spira" y "Cosi mi disprezzata".
También fue oportuna la enseñanza que se recibió al escuchar una suite de danzas de Giovanni Battista Granata (1620-1639) -figura inmensa de la escuela de guitarra de Bolonia y creador de un corpus de obras que se cuentan entre las más importantes del repertorio guitarrístico del barroco italiano-, vertida por Francisco Gato de modo impecable.
La cima Monteverdi
Passacaglia, baletto, brando, capricio sopra la ciaconna, fueron las danzas para introducir, sin pausa alguna, a Claudio Monteverdi (1567-1643), de Cremona y al servicio de la corte de Mantua, primer pilar de la historia de la ópera, cantante, violinista y compositor que recibe una herencia gigantesca y a la vez crea un mundo nuevo y abre el camino del canto dramático, renovando el estilo del madrigal profano hasta elevarlo a un grado de perfección nunca más logrado.
Entonces se escuchó un efecto rítmico sutil provocado por instrumentos de percusión renacentistas y nuevas voces, las de los jóvenes Cristian Haberstroh, Federico Gercovich y Facundo Rodríguez, ensambladas con precisión a la voz aterciopelada y clarísima de Mariana Rewerski y al entramado sonoro provocado por la perfecta articulación de Francisco Gato desde su instrumento. Fue una sinfonía de ritmo, color y matices de conmovedora delicadeza y sugestión, verdaderamente deliciosa para los asistentes.
Hubo tiempo para más enseñanzas al final del recital, cuando la cantante argentina entonó el doloroso monólogo de Octavia, vejada por el desprecio de Nerón, "Disprezata regina", de "L´incoronazione di Poppea", otra de las cumbres de Monteverdi. Fue una demostración contundente de que en nuestro país existe un ramillete de especialistas en música antigua de indudable capacidad intelectual y talento.
Una tocata de Michelagnolo Galilei (1575-1631) también enseñó que existe un compositor de obras para laúd que probablemente no fue pariente de los grandes Galileo Galilei y de su padre músico, Vincenzo Galilei.
Con el último madrigal agregado fuera de programa, jovial y simpático, escrito por Giovanni Giacomo Gastoldi (1550-1619) -a quien se sindica como uno de los más fecundos madrigalistas de la escuela polifónica italiana-, se mostró fina sutileza en la elección al provocar un contraste con la temática del pianto d´amore, en una versión plena de frescura, ausencia de divismo, sencillez y simpática alegría.
Las virtudes señaladas, que son también las del conjunto de artistas, impolutos de vanidades y motivados únicamente por el amor a la música y la vocación, dio la enseñanza contundente de que los males cotidianos ocultan la existencia de fuerzas y valores suficientes como para mantener la fe en un futuro mejor.
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