
Octubre 10. Estadio Centenario de Montevideo. Con Buitres, Buenos Muchachos, Los Piojos, La Vela Puerca...
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Rock de elegante sport
Había que celebrarlo. habia que estar ahí, en las gradas del histórico Centenario. Aunque no hubiera partido. (Bueno, ¿a quién mierda le interesa el fútbol en el Uruguay después de tantas palizas bien recibidas?). El aguante era para Buitres y la Trotsky, también para La Vela, las bandas más populares y capaces de convocar por sí solas a miles.
El Teatro de Verano, el coliseo al borde del Plata que Charly García bautizara como "concha acústica", fue durante años el espacio de consagración. La noche del 2 de octubre de 1999, La Vela agotaba las cinco mil localidades a la venta. Algunos días después, el 16 de octubre, los Buitres hacían lo propio en el festejo de sus primeros diez años. El rock made in Uruguay se instalaba, definitivamente, como un género masivo, popular.
Más allá en el tiempo, a la salida de la dictadura militar, en el período 1985-1988, el rock había probado las mieles de una intensa popularidad, aunque sin llegar –nunca– al Estadio Centenario, reservado al canto popular y a los emocionantes regresos del exilio de Alfredo Zitarrosa y Los Olimareños. El primer Montevideo Rock fue en el Prado –aún se recuerda la mítica presentación de Sumo– y el segundo fue en la cancha de Defensor (con piedras y objetos varios lanzados al grupo pop Los Tontos). Unos días más tarde, Los Estómagos enterraban aquella primera movida en un recital despedida para trescientas personas en el Cine Cordón. Níquel, La Tabaré y Cuarteto de Nos se encargaron de mantener una importante convocatoria, pero deberían pasar quince años para que bandas uruguayas pudieran dialogar con grandes auditorios.
Veinte mil personas acudieron al llamado de El Centenariazo, para ver en acción a tres de las cuatro bandas (no estaba en el programa No Te Va Gustar) más populares. A la lista se agregaron Los Piojos y dos grupos del circuito montevideano de pubs. Rock de estadio. Rock de tribuna con la Olímpica a tope. También la sensación del orgullo montevideano herido por el Pilsen Rock de noviembre de 2003, megafestival que en la ciudad de Durazno convocó a treinta mil espectadores.
A las siete y media de la tarde del domingo abrieron los Buitres. El ida y vuelta con el público fue de fiesta. Pogos y más pogos. Himnos de tetra-brick y desamor. La vieja máquina ro-ckera de Peluffo-Parodi-Rambao, sin embargo, acusa el paso del tiempo, el fuera de tiempo. "Te llevo en el sentimiento", de acuerdo, pero la falta de riesgo es irritante. Igual que sucede con los once celestes. Sobre las nueve subieron los mimados de la crítica y el under, los chicos de Astroboy. Pasaron la prueba. Mejor dicho, sufrieron la prueba ante un público que les dio la espalda. Vaya paradoja: tienen en su repertorio la mejor canción del año pasado ("Mi reserva"), aunque parece que la tribu prefiere caramelos menos sofisticados. Después fue el turno de los Buenos Muchachos. Impecable set. El mejor de la noche, para algunos pocos. La banda que no quiere ser feliz tampoco recibió grandes aplausos. La melancolía no está de moda. Y dieron las diez. La noche iba a ser larga.
La Trotsky, anclada en su honesto punk fiestero, volvió a agitar a una audiencia ansiosa de pogos. Había para celebrar. Y vinieron Los Piojos. Y con ellos las bengalas de colores, la santa demagogia del rock popular porteño. Y se hicieron las dos de la madrugada. Hacía frío y nadie se movía. Esperaban el gran momento. El primer show de La Vela después de su regreso de Europa. El primero con las canciones de A contraluz . El enano Teysera y su banda dieron una clase magistral de rock de estadio. Una aplanadora. Simplemente eso. Un gran cierre para un festival que marcó un hito en la historia ro-ckera montevideana, pero que también es un llamado de atención: el público se renueva a una velocidad infinitamente menor que la de una escena bastante más diversa y creativa. Y bueno, mientras haiga pa pogos, llenaremos estadios.





