El Cuchi, duende escondido
Quién es el Cuchi Leguizamón? La pregunta suena elemental,inútil.
Pero, ¿cuántos oyentes de música popular sabrían contestarla hoy? ¿Cuántos folkloristas nuevos? ¿Cuánta gente de radio y televisión?
Cuchi Leguizamón, que hoy vive postrado en su casa de Salta, su ciudad, es uno de los máximos creadores del folklore argentino.
Cuchi es el músico-poeta de inventiva tan pródiga y prodigiosa como la de un Yupanqui, un Ariel Ramírez, un Eduardo Falú, un Adolfo Abalos, más ese aliento vanguardista de alto vuelo, unido a una encantadora personalidad de iconoclasta .
Cuchi Leguizamón no es la Mona Jiménez, que graba tres o cuatro discos por año y que ya lleva editados, con su boom bailantero, más de sesenta. Cuchi Leguizamón ha logrado grabar, a lo largo de sus gloriosos cincuenta años de creación, un solo disco compacto, que editó el sello independiente Melopea.
El inspirado pianista y compositor lo grabó en vivo, a instancias de su querido colega Manolo Juárez, en la Asociación Médica de Rosario, en 1983, con el apoyo empresarial de Susana Vadell. Seis temas del Cuchi y la música que escribió para la película "La redada" integran el singular disco lanzado por Litto Nebbia en 1989.
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¿Qué nos queda, entonces, del Cuchi Leguizamón? ¿Su don creador plasmado en canciones inmortales o su condición de pianista que las fue desgranando sobre el teclado?
Su legado no será, sin duda, ese esquivo piano que sólo se hizo escuchar en aquel anterior y único disco antológico de vinilo, que registró en Phonogram (Polygram) hacia la segunda mitad de los años sesenta -jamás reeditado- con solos de él en una cara y el Dúo Salteño en la otra, sino el de las bellísimas, imperecederas zambas "Balderrama", "La pomeña", "Panza verde", "De Anta", "De Lozano", "De los mineros", "Del pañuelo", "Maturana", "El fiero Arias"; el de la cueca "La arenosa", el de las chacareras "Del expediente" y "Del aveloriado", el del "Carnavalito del duende" y otras geniales invenciones del folklore.
¿Por qué no grabó sus obras en piano? ¿Porque en la Argentina brillan por su ausencia los buenos instrumentos, como protestaba el Mono Villegas? ¿Por su empedernida bohemia de músico de boliche? ¿Por su pachorra provinciana que le hacía detestar el barullo porteño y lo llevaba a refugiarse como un anacoreta en su querida Salta? ¿Porque quería que sus dedos hicieran sonar el piano como un Richter, Horowitz, Pollini, Arrau o Martha Argerich?
¿Por qué no lo grabaron en tiempos de esplendor folklórico sellos como Microfón o CBS? ¿Será porque, como le ocurrió al sello Redondel cuando le ofreció un buen piano, el músico-poeta se escabulló?
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Hay un Cuchi íntimo del piano, que adoran pianistas y músicos exigentes. Un Cuchi para iniciados. Pero hay otro que anida en la memoria del pueblo, el que disfrutan todos los espíritus sensibles. Aquellos que lo descubrieron cuando su fantástica obra creadora cobró vuelo hacia fines de los cincuenta. Por entonces, Leda (Valladares) y María (Elena Walsh) cantaban "Zamba del guitarrero" y "La unitaria". Y Los Chalchaleros difundían la zamba tradicional "Lloraré". La gente fue reconociendo y amando sus canciones en las voces de Figueroa Reyes, Jorge Cafrune, Los Fronterizos, Los Quilla Huasi, Mercedes Sosa y, sobre todo, en las del irrepetible Dúo Salteño.
Basta repasar sus partituras, publicadas por la prestigiosa Editorial Lagos -que las guarda como un tesoro-, para redescubrir esas notas difíciles y maravillosas -heredadas de un Ravel o un Schoenberg- que no todos los intérpretes supieron transmitir. En ellas están, para los músicos inquietos, las refinadas y a la vez telúricas melodías y las atrevidas armonías para desandarlas con celo y unción. El duende del Cuchi Leguizamón nos seguirá sorprendiendo y emocionando si es que alguien se empeña por rescatarlo de su escondite en las grabadoras.





