
El fogón más caro de la historia
Recital de Sui Generis. Charly García y Nito Mestre, con grupo y orquesta de cuerdas dirigida por Gabriel Senanes. Invitados: Mercedes Sosa, León Gieco, Fito Páez, Pedro Aznar, Gustavo Cerati y Juan Rodríguez. En el estadio de Boca. Nuestra opinión: regular.
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Si en un fogón no se canta al menos una canción de Sui Generis, no existe. Para que un fogón alcance la categoría de tal, tiene que aparecer, en algún momento, "Rasguña las piedras", "Canción para mi muerte", "Aprendizaje" o "Para quién canto yo entonces", entre muchísimas otras. Lo de Boca, entonces, fue un fogón gigante.
Para quien comanda un fogón tampoco es imprescindible recordar todas las letras: los ocasionales cantantes sabrán continuarlas, a coro. Lo mismo sucederá si hay dudas en cuanto al cambio de ritmo en los estribillos. También hubo de esto en Boca.
Es decir: en Boca se hizo el fogón más caro y pretencioso de la historia, con entradas de hasta sesenta pesos, y con la mitad de la capacidad del estadio cubierta.
El comienzo fue conmovedor, con "Cuando ya me empiece a quedar solo", con Nito Mestre, solo, en la punta del pasillo que hacía de continuación del escenario y se internaba en el campo, rodeado de miles de manos que lo aplaudieron, con muchos jóvenes entusiastas que querían ver, por primera vez en su vida, de qué se trataba eso que vivieron sus padres 25 años atrás y cuyas canciones perduran en la memoria colectiva que excedió su tiempo, una época donde las buenas noticias no abundaron. Esas melodías son de los pocos recuerdos agradables que quedan de aquellos años setenta.
Mucha gente llegó a la Bombonera para cantar esos recuerdos junto a sus hijos. Charly García, no. ¿Quién podría imaginar a un Charly nostálgico? Imposible, por más que en los últimos años se haya reconciliado con esos años de su vida creativa.
Todos sabemos lo que es García: uno de los grandes creadores de nuestra música popular, un artista desafiante que sabe jugarse por el cambio constante, por la búsqueda, por lo nuevo. Y sabemos, también, que uno puede encontrarse con él -por ejemplo- en el Roxy, y escucharlo durante largas horas en improvisaciones increíbles, donde uno comprende que tiene toda -sí, toda- la información que puede tener un músico popular.
Versiones "a lo Charly"
Pero cuando se convoca a la gente a un estadio, con entradas de diversos valores, a un espectáculo de Sui Generis, algo debería estar bajo control: la gente quiere cantar con sus verdaderos gestores esas canciones que quedaron en su memoria para siempre. Y, por tal motivo, esas mismas melodías deberían estar ensayadas, y la banda tendría que acoplarse en busca de un resultado final acorde con el significado de Sui Generis.
Resulta difícil de entender que los temas nuevos (los de "Sinfonías para adolescentes") suenen acoplados -aunque sin el acompañamiento de la gente- y que los viejos temas que todos quieren cantar suenen, en general, con todos los desórdenes imaginables: desajustes rítmicos y vocales, y momentos de desconcierto general, como si los músicos se preguntaran: "¿Cómo era que seguía este tema?" Un gesto que no está sostenido por el respeto.
Eso no quiere decir que la gente "padeciera" el concierto. Por supuesto, cantó todos esos viejos himnos con pasión y con alegría, con los que enmendó tanta adrenalina desordenada sobre el escenario, en un recital que tuvo un alto porcentaje del Charly de hoy (claro, ¿cómo podría ser otro?), en una búsqueda musical muy alejada de aquel viejo Sui Generis que todavía vive Nito Mestre.
Hubo mucho nuevo, como "9º B", "Me tiré por vos", "El día que apagaron la luz" (el único de los nuevos celebrado por todos), "Yo soy su papá" o "Afuera de la ciudad", y mucho de lo esperado: "Confesiones de invierno" (con Charly acompañándose con una guitarra distorsionada), "El tuerto y los ciegos" (con Mercedes Sosa), "Quizás porque", "Instituciones", "Aprendizaje" (con León Gieco), "Pequeñas delicias de la vida conyugal", "Tango en segunda", "Rasguña las piedras" y "Para quién canto yo entonces", dentro de un listado de 40 temas.
Todo envuelto en ese halo de nostalgia y pasión que, de alguna manera, justifica este encuentro, transmitido en directo por radio y televisión. Es que el de Sui Generis era uno de los regresos más esperados de la historia rockera, sobre todo por ese buen recuerdo que significa para tanta gente. Incluso para quienes no vivieron ese momento pero heredaron la fuerza mitológica de esas canciones de todos.
La fiesta en la Bombonera terminó siendo un fogón que se mantuvo encendido por la pasión adolescente de los jóvenes y de quienes todavía preservan esa llama en su interior. Aunque no todo debe sostenerse con esos argumentos, más allá de que el valor de sus protagonistas sea incuestionable.
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