
Hugh Jackman, Christian Bale. Dirección: Christopher Nolan.
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Con pocos dias de diferencia, coinciden dos estrenos cinematográficos (El gran truco y El ilusionista de Neil Burger) que tienen a la magia y a la figura del mago como temas centrales. Lo curioso es que ya nadie experimenta las mismas sensaciones en un acto de magia como sucedía en sus inicios. Se necesita demasiada ingenuidad, demasiada confianza por parte del público y suficientes talento y originalidad por el lado del artista para obtener un resultado satisfactorio.
Lo mismo sucede con el último film de Christopher Nolan, basado en la novela epistolar de Christopher Priest. La acción transcurre en distintas épocas entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, cuando el cine nacía con características similares a las de la magia, cuando una proyección era tan misteriosa como la desaparición de una paloma o una mujer serruchada al medio. Robert Angier (Hugh Jackman) y Alfred Borden (Christian Bale) son dos magos enfrentados desde un fatal accidente de su juventud y unidos en su ambición por ser el mejor mago del mundo. En esa carrera desmedida por conseguir el acto que los inmortalice, ambos arriesgarán todo lo que tienen y llegarán hasta las últimas consecuencias.
Al truco de la narración fragmentada en el tiempo, recurso que le valió fama y dinero en Memento y Noches blancas, Nolan le suma el de plagar la historia con demasiadas vueltas de tuerca y artimañas para mantener la atención del espectador hasta la resolución final: el "prestige" al que alude el título original que, para el momento en el que llega, ha perdido a un públicoque ya conoce todos esos artificios casi de memoria.
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