El hombre que sabía demasiado
El mundo se apresta a recordar, el 13 del actual, el centenario del nacimiento del inigualable maestro del suspensoPor Peter Bogdanovich De The New York Times
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NUEVA YORK (The New York Times).- Sabiendo que Alfred Hitchcock nunca hizo una premiere de cualquiera de sus películas y que ni siquiera llegó a verlas con público después de los estrenos, le pregunté en 1963 (cuando tenía 64 años), si alguna vez llegó a extrañar los gritos de los espectadores.
"No -me respondió con una pequeña sonrisa-. Los puedo escuchar cuando estoy filmando".
Esta pregunta surgió mientras yo estaba preparando la primera retrospectiva sobre su cinematografía norteamericana para el Museo de Arte Moderno de Nueva York y su respuesta resulta completamente reveladora y relevante en la actualidad, casi dos décadas después de su fallecimiento, cuando el museo inaugró la segunda gran retrospectiva de su obra.
Esta conmemoración del centenario del nacimiento de Hitchcock, iniciada el 16 de abril, durará cuatro meses. Allí se presentarán más de 50 largometrajes, diversos cortometrajes, documentales, una exhibición en galería de arte e incluso un sitio en la Web.
Probablemente por ser el director más famoso de la historia del cine, el nombre de Hitchcock permanece como sinónimo no sólo del suspenso sino de todo un género cinematográfico.
Su respuesta expresa tanto la reticencia del director como sus temores a cualquier clase de confrontación. Después de todo, ¿qué hubiera pasado si el público no gritaba?
Pero esto también encierra en pocas palabras el método esencial de Hitchcock: primero, elaboraba completamente las películas en su mente; luego, las llevaba (con la ayuda de numerosos escritores) al papel, y, por último, las filmaba. Decía que recién comenzaba a sentirse "bajo presión" sólo cuando entraba en el estudio de filmación, y, con esa naturalidad, quería decir que los films que elaboraba en su mente le eran mucho más satisfactorios en ese momento que cuando los llevaba a la realidad con todos esos elementos que consideraba imponderables, como los actores.
En otra oportunidad le pregunté si era cierto que alguna vez llegó a decir que "los actores eran ganado", y me contestó:"No, yo dije que deberían ser tratados como ganado". Más tarde siguió corrigiéndose, diciendo que "muchos actores eran como chicos, porque son temperamentales y necesitan ser tratados a veces con cuidado y a veces (hace una pausa para dar énfasis a sus palabras) ¡sin delicadeza!" De una u otra forma, Hitchcock no disfrutaba especialmente del proceso físico de filmación. No le gustaba el poder que los actores adquirían en forma automática, a menudo estaba disconforme con el resultado del rodaje y siempre consideraba que todos los casting estaban mal hechos por la interferencia del productor o de los estudios. Una vez me contó que Walt Disney, por ser un creador de dibujos animados, tenía "el mejor casting que se pueda desear: si no le gusta un actor, simplemente puede romperlo" Sin duda, eso es lo que el maestro del suspenso habría hecho con Paul Newman en "Cortina rasgada" (1967). En una visita que realicé durante la filmación de esa película, encontré a Hitchcock sentado en su silla de director y en un estado de furia controlada.
"¿Qué pasa?", le pregunté. "Paul Newman me envió una nota", dijo ácidamente, como si también hubiera sido una carta-bomba. "¿Una nota sobre qué?", interrogué. "¡El guión!", me contestó indignado. La misiva de cuatro páginas incluía todas las preguntas y aprensiones del actor, que se quejaba de numerosos elementos del guión y de cómo afectarían a su personaje. "¡Su personaje!", refunfuñaba Hitch en voz baja. Pensé: "¿Qué importancia tenía con respecto a personaje? De todos modos va a ser Paul Newman." Además, Newman ya era conocido por escribir notas y recordé un comentario de Otto Preminger a propósito de otro memo que Newman le había enviado sobre "Exodo".
Nada sirvió para aplacar a Hitchcock. La suya, después de todo, no era cualquier película. Más que el insulto o la irritación generado por las notas del actor, el problema era que Hitchcock tenía que responderle de alguna manera. Esto lo exasperaba y creo, inclusive, que lo asustaba.
Hitchcock realmente detestaba cualquier tipo de autoridad. Quizás recordaba aquél terrible momento vivido a los cinco años, cuando su padre, para castigar al chico por alguna infracción envió al pequeño Alfred a ver a un viejo amigo, el jefe de policía, con una nota en la que le pedía que pusiera al chico en la cárcel por cinco minutos para enseñarle una lección.
Cinco minutos pueden resultar una eternidad. Esto fue mucho antes de los tiempos en que el abuso infantil adquirió la condición de tal y el mismo Hitchcock contaba la historia sólo para explicar su temor de toda la vida a la policía. Pero, sin duda, ese trauma se había extendido mucho más allá. Recibió con padecimiento la educación más estricta que existía, la de los jesuitas, y aunque dijo que esto lo ayudó a ser extremadamente ordenado y organizado en su pensamiento siempre existió en él ese otro lado salvaje. El que lo llevaría a hacer sufrir al público por medio del suspenso, que lo convertía en una persona irritable y que despreciaba cualquier clase de poder que estuviera por encima de él.
Tuvo, por ejemplo, una amistad duradera y una muy lucrativa relación de negocios con el poderoso Lew Wasserman, influyente figura de los estudios Universal. Pero esta situación nunca impidió que Hitchcock me hiciera comentarios sarcásticos y denigratorios respecto de "la oficina principal", aún cuando esa oficina era obviamente la de Wasserman.
A la vez, admiraba sin duda a muchos de sus colegas, e inclusive se preocupaba por varios actores con los que llegó a compartir buenos momentos. Cary Grant, James Stewart, Grace Kelly, Ingrid Bergman, Anthony Perkins, Roscoe Lee Browne fueron algunas figuras que Hitch mencionaba con afecto especial.
En la década de 1960, Grant me contó que Hitchcock era muy paciente e ilustró esa afirmación con una anécdota sobre la filmación de "Tuyo es mi corazón" ("Notorious") en 1946. Una mañana fue evidente que Ingrid Bergman había ido al set de filmación pero estaba fuera de tema. "Repetimos la escena varias veces -comentaba Grant- pero ella estaba volando, en otra parte. Pero Hitch no decía nada. Se quedó sentado junto a la cámara mientras fumaba su cigarro. Finalmente, alrededor de las 11, comencé a ver en los ojos de Ingrid que comenzaba a volver en sí. Y por primera vez en toda la mañana, le comenzaron a salir bien las líneas. Y justo entonces Hitchcock dijo: «Corten». Y pensé: «¿Para qué diablos está parando todo ahora?» Hitch se sentó, la miró y le dijo con tranquilidad: «Buenos días, Ingrid.»" Hitchcock fue un hombre muy exitoso . Su nombre alcanzó gran popularidad en en Inglaterra en la década de 1930 y en Estados Unidos desde mediados de la década de 1940. Se convirtió en un personaje instantáneamente reconocible desde mediados de los 50 con su popular serie televisiva. A pesar de todo esto, siempre recordaba el escozor que le provocaban algunos comentarios críticos.
Y nunca ocultó su resentimiento por no ser tenido jamás en cuenta para los Oscar. Cuando finalmente la Academia de Hollywood le otorgó, con una intención conciliadora, el premio honorario Irving Thalberg, pronunció en forma intencional (y divertida), luego de recibir una ovación con el público de pie, el discurso más breve de la historia del Oscar. Dijo "Gracias" y se retiró.
Cuando, varios años después del estreno de "Intriga internacional" ("North by Northwest"), mencioné cuánto me gustó el tono satírico de esta película, recordó irritado que el crítico de la revista The New Yorker se había referido a la película como "inconscientemente divertida". De hecho, Hitch siempre fue extremadamente susceptible ante cualquier clase de crítica. Otra forma de confrontación.
Vale la pena recordar que quizá ningún otro director cinematográfico importante haya sido tan vapuleado por los críticos con tanta frecuencia y que su obra se haya tomado con tanta ligereza, dando todo por sentado, durante la mayor parte de su carrera.
Después de que su tercera película inglesa, "The Lodger"(1926), lo estableciera como un talento que merecía reconocimiento (le gustaba citar el titular de una crítica: "Hombre joven con una mente de maestro"), sus próximas seis películas fueron descalificadas sin más. Luego de que "Blackmail"(1929), su primera película sonora, se convirtiera en el primer gran éxito de su carrera y del cine inglés, de nuevo los seis films siguientes se utilizaron como ejemplos de su supuesto ocaso creativo. Ni siquiera los muy buenos resultados de la versión original de "El hombre que sabía demasiado" (1935), seguida por el que probablemente fue su mejor film británico, "Los 39 escalones" (1935), impidieron que los críticos desvalorizaran sus próximos tres films. Ni aún después de un film tan reconocido como "La dama desaparece" (1938), dejaron de decir que se había vendido a Hollywood (donde viajó en 1939), ni dejaron más tarde de comparar desfavorablemente toda su obra norteamericana respecto de sus inicios británicos.
A principios de la década de 1950, cuando la Nouvelle Vague francesa entronizó a Hitchcock en su panteón y, luego, cuando los críticos ingleses (el norteamericano Andrew Sarris y el británico Robin Wood) dijeron que la obra de Hitchcock, en su etapa norteamericana, era más madura, compleja, desafiante y mucho más superior que la británica, esto no era más que sentido común.
En realidad, la opinión fue considerada muy poco ortodoxa. ¿Producciones comerciales hollywoodenses como "Corresponsal extranjero" (1941), "La sombra de una duda" (1944), "Tuyo es mi corazón" (1946), "Extraños en el tren" (1951), "La ventana indiscreta" (1954), "Para atrapar al ladrón" (1955), la remake de "El hombre que sabía demasiado" (1957), "Intriga internacional" (1959)y "Psicosis" (1960) era mejor que los preciosos y artísticos films británicos? Imposible: el Hitchcock norteamericano sólo era considerado como un inteligente artífice del entretenimiento, pero no tanto como para ser tomado en serio.
En realidad, sólo a partir de la publicación del maratónico libro de entrevistas con Francois Truffaut ("El cine según Hitchcock"), publicado en los Estados Unidos en 1967, la visión del establishment cinematográfico comenzó a virar y se comenzó a comprender la resonancia más profunda, ambigua y problemática de su obra. Sin embargo, esto sucedió casi al fin de su carrera; a partir de allí apenas haría otros tres films.
El libro de Truffaut corroboró que Hitch pudo haber sido un profesor extraordinariamente brillante, ya que esa fue la actitud que adoptó con discípulos como el cineasta francés y yo mismo. Parecía que le encantaba fijar su punto de vista sobre cómo se debía hacer una película, qué era buen cine y qué no lo era. Y todos sus consejos, percepciones y reglas básicas tuvieron una enorme repercusión sobre Truffaut, sobre mí y sobre muchos otros.
Su famosa máxima, por ejemplo, sobre la superioridad del suspenso por sobre el golpe de efecto inmediato (el shock) reverbera en cada aspecto de la realización de films y hoy es la regla menos seguida y la más necesaria.
Como alguna vez me explicara: "Llegamos a nuestra vieja analogía de la bomba. Tú y yo estamos sentados aquí, conversando. Una conversación muy insípida, sobre nada. Aburrida. No tiene ninguna importancia. Súbitamente, ¡bum! Explota una bomba y el público queda conmocionado... durante 15 segundos. Ahora, se cambia la situación. Se representa la misma escena, mostrando que se ha colocado una bomba en ese lugar y que está por explotar a la una de la tarde... Ahora es la una menos cuarto, menos diez... se muestra el reloj de la pared y se vuelve a la misma escena. Entonces nuestra conversación se revitaliza, por su total sinsentido. ¡Fijate bajo la mesa! ¡Tonto! Ahora el público está consciente de lo que está por suceder durante 10 minutos, en vez de verse sorprendido sólo durante 15 segundos."
Otra regla muy conocida, pero por lo general mal entendida, de Hitchcock se ha vuelto sin embargo muy proverbial en la industria del cine:el MacGuffin. "Un MacGuffin sucede cuando los personajes se preocupan pero el público no lo hace. Se debe estar en una historia de espías, pero en realidad no importa. En "Intriga internacional", de alguna manera la llevé a su mínima expresión. Cary Grant dice: "¿En qué anda este hombre?" Y Leo G.Carroll le responde: "Bueno, digamos que es importador y exportador". "¿De qué?". "Secretos gubernamentales". Eso fue suficiente. Pero mucha gente piensa que la MacGuffin es el elemento más importante de la película... cuando es el menos importante."
El estaba de lo más entusiasmado, y atraía con su propia pasión, al describir las secuencias que planeaba filmar. Lo hacía tan vívidamente que uno podía ver las escenas, toma por toma, como si él las estuviera mostrando. Aun cuando ya hubieran pasado años desde que había hecho una película, su irrefrenable entusiasmo por lo visual resultaba contagioso. Le brillaban los ojos mientras sus grandes manos moldeaban la forma de cada cuadro y se expresaba con una entonación profunda y evocativa.
Mi recuerdo favorito de Hitchcock surge de un incidente en el Hotel St.Regis de Nueva York en 1964. Después de que unos daiquiris helados me dejaron un poco divertido y a Hitch con la cara enrojecida, subimos a un ascensor en el piso 25 y fuimos en silencio hasta el 19, donde se agregaron tres personas vestidas de noche. En ese momento me miró de golpe y me dijo: "Bueno, fue muy shockeante, ¡había sangre por todas partes!" Desconcertado, me quedé pensando si por culpa de los daiquiris me había perdido algo. El simplemente continuó: "A él le salía un río de sangre del oído y otro de la boca".
Por supuesto, todos en el ascensor lo habían reconocido pero nadie lo miraba. Dos personas más del piso 19 entraron mientras él continuaba: "Por supuesto, había un enorme charco de sangre en el piso y la ropa estaba empapada en sangre. ¡Todo estaba hecho un desastre! Bueno, te lo puedes imaginar..." Nadie en el ascensor estaba respirando, ni siquiera yo. Me echó una mirada, yo asentí con la cabeza y él prosiguió: "¡Sangre por todas partes! Entonces, miré al pobre tipo y le pregunté: "Dios mío, ¿qué le pasó?" Y justo en ese momento cuando se abrieron las puertas del ascensor en el lobby, Hitchcock continuó: "¿Sabés qué me dijo?" E hizo una pausa.
Con reticencia, los pasajeros salieron del ascensor y miraron con ansiedad al director mientras pasábamos frente a ellos en silencio. Después de unos momentos de indefinición le pregunté: "¿Y qué le dijo?" Hitch sonrió beatíficamente y me respondió: "Ah, nada. Esa es la historia que tengo para contar en el ascensor".
Traducción Stella Escudero B.
Por Peter Bogdanovich
De The New York Times




