El mago que hacía vibrar el cuerpo y el alma

Claudio Tolcachir
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12 de abril de 2014  

Hay algunos seres que entraron en el cuerpo como la leche de la teta para hacernos quien somos, una magia inexplicable, única. Como un faro al que se quiere alcanzar. Siendo muy chico tuve mis primeras dosis de Alcón en Andamio 90, con Final de partida. Como nos pasábamos la vida allí, estudiando, trabajando de acomodadores, descubriendo el teatro, veíamos una y otra vez la función, con la boca y el alma abierta, tratando de abarcar tanta inmensidad, tantos sentidos latiendo a la vez. Desde entonces vi absolutamente todo lo que hiciera, sentadito como quien sabe que le espera una experiencia sobrenatural. Con esa excitación.

Fue hermoso descubrir que además de talentoso era entrañable, humilde, sencillo, inmensamente gracioso. Uno sólo atinaba a abrazarlo porque cualquier palabra resultaba frívola después de semejante intensidad. Y te encontrabas con un niño encendido, hablando de la función, contento o enojado como un principiante por cómo había salido. "Tenés que volver otro día, hoy no salió bien", me dijo mientras me reponía entre lágrimas de Final de partida, hace sólo unos meses. Y lo decía en serio. Un actor que amaba actuar.

En todos sus trabajos sucedía un instante en donde el tiempo y el espacio se disipaban y tanto él como nosotros entrábamos en un viaje espiritual donde el alma se ensanchaba y el cuerpo vibraba y la mente no alcanzaba a comprender. Eso es lo que más lamento, pensar que ya no voy a poder subirme a su viaje. Por eso el teatro es único e irreemplazable. Porque sólo en ese encuentro vivo de los cuerpos podemos vivir esa experiencia. Esa inspiración momentánea, ese peligro. Ojalá los que seguimos podamos tener la altura, la alegría, la coherencia y la libertad que eligió. Gracias por tu pasión y amor, querido mago, mi cuerpo te va a extrañar.

Actor y director teatral

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