
El regreso de los muertos vivos
Al igual que Evita, Perón vuelve en ópera y cine, mientras Duhalde planea una de terror
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Si es tan fácil secuestrar gente viva -según la crónica periodística el promedio ahora es de una persona por día-, con mucho más razón lo sería gente muerta que, salvo en films y relatos fantásticos, en la realidad no suele oponer resistencia alguna.
Afortunadamente, desde tiempos inmemoriales, y en cualquier civilización, el respeto al descanso de los muertos ha sido una norma inmutable. Pero, como se sabe, toda regla, asimismo, tiene sus excepciones y entre nosotros el peronismo y cierto antiperonismo demuestran en la materia una pasión que no se apaga así nomás.
Los resultados han sido nefastos por donde se los mire: unos, por desmedir el culto patológico a la personalidad sometiendo post mortem a sus líderes a tratamientos y exhibiciones indebidas -los restos de Eva Perón fueron sumergidos en brebajes misteriosos preparados por el inquietante doctor Pedro Ara hasta convertirlos en una muñeca reducida en comparación con su tamaño natural, y los de Perón recibieron conservantes para que lucieran mejor por TV-; los otros, porque a ella, después de mancillar sus despojos, la hicieron itinerar por destinos ignotos durante 16 años y porque al cadáver de él le seccionaron salvajemente ambas manos en 1987 en un hecho jamás esclarecido.
El comentario resulta pertinente porque tanto desde la ficción como desde la realidad, nuevamente se pretenden reabrir las tumbas más sagradas del peronismo.
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La espectacularización del fallecimiento de Eva Perón tuvo una organización coreográfica de rendición de honores con ribetes operísticos, durante veinte días de velorio popular a mediados del siglo pasado. Documentalistas norteamericanos, especialmente contratados, sacaron buen jugo de esas imágenes que inspiraron variadas versiones teatrales de la ópera rock "Evita", cuya película protagonizó la mismísima Madonna desde el balcón de la legítima Casa Rosada, cedido por el entonces presidente Carlos Menem.
La idea original había sido levantar un gigantesco monumento funerario en plena Plaza de Mayo que cobijase su cuerpo embalsamado para perenne homenaje de las generaciones venideras. La Revolución Libertadora, en 1955, tronchó ese disparate con otro mayor: acrecentó, hasta convertir en leyenda, a la segunda esposa de Perón llevando su cuerpo a paraderos desconocidos. Recuperado en 1971, la esperaban nuevos disparates macabros: los intentos, por cierto inútiles, de José López Rega de "traspasar" el espíritu de la segunda esposa de Perón a la tercera, María Estela Martínez, y mantener su cuerpo en el desván de la casa. Más disparatado resultó todavía la repatriación custodiada por matones armados y verdaderamente insólito fue, tras la muerte de Perón, que en la Residencia Presidencial de Olivos se acondicionase una "cripta" para contener ambos cajones hasta que se inaugurase el "Altar de la Patria" con el que López Rega soñaba coleccionar todos los cadáveres ilustres de este país. Faltaba algo más: el público, en 1975, podía retirar en un local de la avenida Figueroa Alcorta "entradas gratuitas" para acceder en peregrinación a ese lugar que venía con "premio sorpresa": la tapa del féretro de Eva Perón había sido oportunamente cambiada por una de vidrio transparente que permitía observar su artificial lozanía.
Dentro de la feroz irracionalidad que caracterizó desde su llegada, en 1976, al Proceso de Reorganización Nacional, al menos en este tema procedió con sentido común: despachó ambos ataúdes a las respectivas bóvedas familiares, el de Eva a la Recoleta; el de Perón, a Chacarita. Allí están, pero, ¿alguien está seguro de que ésas serán efectivamente sus últimas moradas?
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Mientras que un Perón de ficción -multiplicado por tres para mostrar sus propias disonancias internas y como una sugerente alegoría de las "voces diferentes" que, al mismo tiempo, encarnan cada vez más al peronismo- apareció días atrás en "Richter", la original ópera documental de cámara de Mario Lorenzo y Esteban Buch que se representó en el Centro de Experimentación del Teatro Colón, Jorge Marrale también se prepara para encarnar al popular general en "¡Ay, Juancito!", la película sobre Juan Duarte, el malogrado hermano de Evita, que se apresta a filmar Héctor Olivera.
Pero lo que, por otro lado, el actor Luis Ziembrowsky, el escritor y periodista Daniel Guebel y el cineasta Sergio Bellotti pergeñan en la ficción podría suceder, con matices, en la realidad muy pronto si nadie detiene un nuevo disparate en ciernes.
El mencionado trío ya tiene listo el libreto para filmar "La vida por Perón" que contará la historia de un ficticio operativo comando de izquierda que el 1° de julio de 1974 pretende secuestrar el cadáver del extinto presidente y reemplazarlo por otro para adelantarse a una facción del Ejército que quiere hacerlo desaparecer. Quizá se hayan inspirado en un hecho real: en aquella época los Montoneros secuestraron de la Recoleta el ataúd de Pedro Eugenio Aramburu, que ellos mismos habían asesinado años atrás, como moneda de cambio por el de Eva Perón. Cuando los restos de la ex primera dama volvieron al país, los de Aramburu fueron devueltos. Se abría un tiempo oscuro donde el intercambio de muertos ya no sería, desgraciadamente, tan simbólico.
"Como actor y hacedor teatral -dice Ziembrowsky- me interesan los procesos políticos como formas ficcionales del poder, ese cruce entre lo político y lo religioso, la necrofilia argentina donde el muerto es una especie de objeto que representa algo mayor, donde tenerlo o no significa tener o perder poder."
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Ha dicho Eduardo Duhalde -y ésta sí que no es ninguna película- que desea trasladar los restos de Juan y de Eva Perón a la quinta 17 de Octubre, en la localidad de San Vicente, donde aquéllos tuvieron en vida sus momentos de esparcimiento; ahora es utilizada para "cónclaves" del partido, y el caudillo bonaerense quiere convertirla en museo justicialista donde "brillen" particularmente estas dos valiosas piezas.
Más allá del debate inútil que se reabriría -ya la Asociación de Amigos del Cementerio de la Recoleta hizo conocer su negativa a que suceda tal cosa-; de poner de vuelta los ojos en la nuca; del incentivo malsano a transformar esa quinta en un santuario peronista, ¿no se puso a pensar siquiera el doctor Duhalde que dada la patente inseguridad del territorio bonaerense expone esos despojos a que sean objeto de renovados atropellos que sembrarían nuevas/viejas tempestades?
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