
El secreto de Villa Soldati
Hasta ahí llegó incluso Lou Reed en busca de un sable samurái
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Una tarde, hace cuatro años, Miguel Gugliotta recibió una llamada inesperada. Del otro lado del teléfono, el legendario Lou Reed (sí, el músico neoyorquino) le preguntaba si podía ir a su taller de Villa Soldati a comprar un sable. Se había enterado a través de una nota periodística que Gugliotta fabricaba katanas, es decir, sables de samurái. Por supuesto, Gugliotta le dijo que sí. El músico llegó al taller acompañado por dos guardaespaldas robustos a los que se les ponían los pelos de punta cada vez que Gugliotta desenvainaba una espada o abanicaba las armas más filosas en la cara de su comprador, aunque sólo era para que pudiera apreciarlas.
Lou Reed es un practicante avanzado de artes marciales, igual que la mayoría de los clientes que se acercan al taller. "Cuando llegan a cierto nivel, para continuar el aprendizaje necesitan la katana", explica Gugliotta. Los coleccionistas de armas también forman parte de la clientela, aunque no despiertan la misma simpatía: "No entienden el valor de la pieza. Lo ponen al lado de una ametralladora", señala.
Gugliotta es lo que se llama un forjador de acero. Con la ayuda de un yunque y una maza golpea el acero rojo flúo, recién salido del horno a 800°C. Junto con sus discípulos y ayudantes da forma a todo tipo de armas blancas, pero lo que más le enorgullece producir son las katanas tradicionales, es decir, fabricadas como hace 1000 años en Japón.
Las katanas son sólo una de las distintas armas usadas por los míticos samuráis. Miden entre 60 y 90 centímetros de largo. Si superan ese tamaño se llaman tachi katanas o katana largas. Las medidas dependen de cada usuario: del ancho de hombros, el largo de brazos y el peso. La mayoría de las katanas para hombres pesan entre un kilo y un kilo y medio; las diseñadas para mujeres pesan entre 600 y 800 gramos.
Comunes o tradicionales, "entre una katana y otra no hay diferencia en la prestación mecánica", asegura Gugliotta. Una se fabrica siguiendo los pasos de la tradición y la otra no; una hoja está hecha con acero Damasco –compuesto por cientos de capas– y la otra con acero común.
Para lograr estas diferencias hay que iniciar el proceso desde la transformación del hierro en acero mediante la combustión con carbono. "Lo tiene que hacer uno. Cargar el hierro con vida", indica. El trabajo para cada katana requiere alrededor de un año y medio. "Hay que dejar estacionar el material. Se esperan los mejores momentos del día o de la semana para trabajar en él. Hay que estar en un estado de tranquilidad y armonía con el ambiente y con el acero", apunta Gugliotta, que hasta el momento lleva hechas 20 katanas tradicionales.
Otra llamada inesperada
Gugliotta se acercó a las artes marciales a los 25 años. "Yo era muy nervioso, muy loco, y mi médico me lo recomendó para que descargara", cuenta. Y así empezó a practicar karate. En la escuela de artes marciales se interesó por las armas y fue allí donde se enteró de lo que era una katana. Se propuso hacer una. "En realidad, no sabía cómo era una katana original, pero sabía que tenía que ser distinta", dice. Aunque investigó, no encontró a nadie en el país que supiera este oficio. Finalmente consiguió un libro japonés del maestro Yoshihara y, guiado por las fotos, comenzó a experimentar: "Hacía hojas, las rompía, seguía...", recuerda.
En 2000, Gugliotta recibió otra llamada inesperada: la producción del programa Sorpresa y media le contaba que un maestro japonés que estaba de paso por Buenos Aires había accedido a probar sus espadas. Una vez reunidos, el maestro le pidió permiso para tomar uno de los sables. Permiso, porque la tradición indica que sólo pueden tocar el arma su dueño y el que la fabricó. "Las probó con gran destreza y dio su veredicto: me dijo que una era buena y la otra muy buena", sigue Gugliotta. La sorpresa continúo seis meses más tarde cuando, tras 28 horas de vuelo, Gugliotta se encontró cara a cara con Yoshihara. "Fue como entrar en la foto del libro que tanto había observado", recuerda. El maestro le dijo que no debía copiarlo, sino encontrar su propia forma.
Por mucho tiempo Gugliotta debió combinar este trabajo con sus ocupaciones de camionero y mecánico. Pero ya hace cinco años que se dedica únicamente al taller. Ahí no sólo se fabrican los pedidos de los clientes, sino que también se dictan cursos de forjado a los que asisten alrededor de 30 alumnos ("algunos hacen cuchillos para sobrevivir, otros lo hacen como una terapia"). Todos hombres, con la excepción de una alumna de origen tailandés y nacionalidad norteamericana.

