El teatro europeo actual, analizado por el gran Thomas Ostermaier
El director alemán cuenta cómo en Alemania crecen los juicios a los artistas y habla de la necesidad del arte escénico de transmitir un mensaje político
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SANTIAGO, Chile.- Desde hace 24 años, el festival internacional de teatro Santiago a Mil les cambia la cara a enero en Santiago y a varias regiones del país. Esta aceitada maquinaria escénica conjuga la muestra de espectáculos en salas y al aire libre con una variedad de propuestas de formación. Como sucede todos los años, algunos de los invitados tienen la categoría de verdaderas estrellas. Es el caso del famoso director alemán Thomas Ostermaier, quien, a su vez, dirige desde 1999 a la Schaubühne, una de las salas públicas más importante de Berlín. Al festival chileno que termina hoy trajo dos obras: El matrimonio de María Braum, basado en la película de Fassbinder; y Un enemigo del pueblo, versión del texto de Henrik Ibsen, espectáculo que se conoció en una reciente edición del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA).

En medio de una fuerte ola de calor y el intenso humo producto de unos importantes incendios que se están produciendo en la región central del país, Ostermaier brindó una masterclass en una de las salas del GAM, el teatro público más importante del país trasandino. Justamente, comenzó su charla hablando del valor histórico de este tipo de salas en su país de origen. "En cada ciudad alemana, sean medianas o grandes, están esos grandes teatros que cuentan son su elenco estable. Esta característica es algo especial en Alemania y responde a una razón histórica: la idea de la unificación alemana que viene de la Edad Media. Que cada pequeña ciudad tenga su teatro era una forma de unificar a partir de la lengua y se plasmaba ese deseo a través del teatro. Eso generó, a lo largo del tiempo, importantes creadores, dramaturgos, directores en un país que, me da la sensación, dejaron una huella que está presente hoy en día. Claro que ese deseo de ser una república como lo era Francia, por ejemplo, recién se concretó con la caída del Muro", explicó ante un auditorio que lo escuchaba atento.
En Berlín -ciudad en la que vive-, hay cinco grandes teatros públicos, cada uno con un perfil propio muy definido. El que dirige Ostermaier está en el oeste berlinés. Cada uno de ellos tiene su elenco estable lo que posibilita que un mismo actor pueda estar trabajando al mismo tiempo en distintos montajes.
De hecho, en las dos obras que está presentando en Santiago, hay dos intérpretes que trabajan en ambas y que forman parte de ese elenco compuesto por unos 30 actores. La estructura, claro, tiene sus ventajas. También, tal vez, sus desventajas. "La pertenencia de un actor a un elenco de estas características puede implicar el peligro de la rutina, que el teatro deje de ser un desafío; por eso es fundamental renovar permanente a estas salas" asegura.
La Schaubühne, esa gran fábrica de producción, es conocida por su especial vínculo con los dramaturgos contemporáneos y por su apertura a que directores extranjeros trabajen allí. El peso de la tradición podría dar la idea de que todo transcurre sobre rieles de trenes alemanes que parten y llegan en horario. Pero no. "La derecha en Alemania está generando reacciones que desconocíamos. El año pasado nos hicieron dos juicios. Esto es nuevo y es muy preocupante que a los artistas se los esté llevando a la justicia. Claro que, por otro lado, se podría pensar que da cuenta de la importancia que sigue teniendo el teatro; pero lo cierto es que hay escritores, creadores que han sido amenazados y que en la Schaubühne hemos tenido funciones a las cuales han ido gente organizada a provocar", se sincera quien viene de estar en Brasil. Allí también hablo de la situación europea. "El miedo es muy importante para la implementación y continuidad del neoliberalismo. Sin miedo, el neoliberalismo no funciona", dijo a un medio brasileño.
En Un enemigo del pueblo un tal doctor Stockmann descubre que la fuente del agua potable y termal de su ciudad está contaminada. Hace pública la situación enfrenando a los medios, a la opinión pública y al poder político. Stockmann decide abrir el juego para discutir la situación. El teatro, de golpe, se transforma en una asamblea hasta que, llegado un momento, se retoma la acción.

Para Ostermaier, las reacciones que genera esa escena ofician como una especie de radiografía de cada sociedad, un mapa de la conciencia política en un lugar y tiempo determinado. Tanta fascinación siente por ese momento que comparte un video con el registro de esa misma escena que, inexorablemente, nunca es la misma. Son registros de las funciones que hicieron en Estambul, en Londres y en Moscú. En una función de Moscú, por ejemplo, para demostrar la adhesión a Stockmann una de las personas propuso que los que estaban de su lado subieran al escenario. Así fue como una 200 dejaron sus butacas. Con especial énfasis recuerda la de Nueva York: "Fue la más larga, una mujer se largó a llorar, se habló de corrupción, sobre el sistema, sobre el control de los medios", recuerda el mismo día en que los Estados Unidos tiene nuevo presidente. "Recientemente - agrega- hicimos funciones en Polonia. Pensamos que, por la situación opresiva que se vive, ese momento iba a ser importante. Pero, no. No pasó nada. Y no pasó, creemos, porque a gente tuvo miedo a hablar. Eso es Polonia hoy y, quizás, sea Alemania en unos años -apunta sobre lo sombrío del panorama-. Claro que, hay que reconocer, no recuerdo que una revolución haya comenzado en un teatro. En general, la gente, después de ver una obra, se va a cenar, no a hacer una revolución."
El registro de escena a lo largo de las más de 280 funciones en geografías distintas quizá se convierta en una película. Por lo pronto, la cámara ya está incorporada, está lista para registrar ese momento que, en la primera función de Santiago, no aportó una gran discusión aunque el gobierno actual esté en la mira de la mayoría y este año haya elecciones. Ante una pregunta sobre las claves para lograr la participación del público en ese momento de la obra, Ostermaier dice en modo de honestidad brutal: "Decidí tener una vida como artista y, otra, como hombre político. Es una ilusión creer que el teatro es una herramienta para cambiar el mundo. Lo que hago en el teatro, como ser político pensante, es poner mis contradicciones, mis cobardías. En ese sentido, por mucho que se diga o analice, Un enemigo del pueblo no tiene un mensaje. Es, si se quiere, una obra de un hipster urbano que se hace vegetariano, que deja de fumar, que de vez en cuando practica yoga y que se considera de izquierda, aunque no haga nada por cambiar el mundo. No hay respuesta. Ninguna. Nada. O sea, menos en eso de ser un vegetariano, Stockmann es un tipo como yo".
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