
El verdadero gusto de la vida
"La manzana" ("Sib", Irán/1998, color), producción hablada en farsí presentada por Primer Plano Film. Basada en un guión de Mohsen Makhmalbaf. Intérpretes: Massumeh Naderi, Zahra Naderi, Gohrbanali Naderi, Azizeh Muhamadi, Zahra Saghrisaz. Fotografía: Ibrahim Ghafori y Muhamad Ahmadi. Montaje: Mohsen Makhmalbaf. Dirección: Samira Makhmalbaf. Duración: 85 minutos. Nuetra opinión: Muy buena
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El caso de "La manzana" es particularmente llamativo dentro de esa tendencia a combinar elementos de la realidad con ficciones que se hizo visible en el reciente Festival de Cine Independiente. Y lo es no sólo porque el cine en esta oportunidad exploró la realidad, intervino en ella y contribuyó a modificarla, sino por la sensibilidad, la cordura y el vuelo poético con que la muy joven directora Samira Makhmalbaf logró extraer de esa singular experiencia un significado más abarcador. Su film es el registro del despertar al mundo de dos chicas aisladas, pero constituye al mismo tiempo un límpido, confiado y vigoroso canto a la libertad.
La historia de su concepción es conocida. Por medio de un noticiero de televisión, Samira y su padre -Mohsen Makhmalbaf, uno de los cineastas que más han contribuido al prestigio internacional del cine iraní- se enteraron del extraño caso de un matrimonio que mantenía recluidas desde su nacimiento a sus hijas gemelas de 11 años en una casa del distrito más humilde de Teherán.
La denuncia había sido elevada por algunos vecinos que recurrieron al organismo público de bienestar social preocupados por el destino de esas chicas -curiosas y lejanas réplicas del célebre Kaspar Hauser- que jamás habían salido a la calle y ni siquiera sabían hablar.
Con la intervención de los servicios sociales, se conocieron otros detalles del caso. El padre, anciano y muy pobre, justificaba su actitud: la madre es ciega, no puede cuidarlas; además, "las niñas son como flores -lo dice el Corán-; pueden marchitarse si son expuestas al sol". No obstante la convencida argumentación, las autoridades, una vez que comprobaron que las gemelas no padecían problemas de salud, las devolvieron a su familia con la condición de que se pusiera en marcha su contacto con la sociedad hasta -en lo posible- normalizarlo. Había que empezar, claro, de cero.
Encandilada por la historia, Samira Makhmalbaf tomó su cámara y se propuso comprender el fenómeno desde adentro. Convivió con los padres y las hijas, las acompañó en sus primeras salidas por el barrio, conversó con vecinos y asistentes sociales y con su colaboración -y la mano experta de su padre- fue registrando los pasos de la "liberación" de las chicas, al mismo tiempo que alzaba a su alrededor algunos elementos de ficción en forma de apuntes para un guión cinematográfico. La fusión es tan estrecha que es difícil -además de vano e improcedente- dilucidar dónde termina el puro documento y dónde ha sido determinante la intervención de los hacedores de la película.
La primera mirada
La cámara de Samira indaga sin juzgar en las razones del padre y escucha sus lamentos con cierta sabiduría que tiene algo de madurez, pero también, sin perder la prudencia, muestra la misma tierna inocencia de las gemelas cuando sale con ellas a descubrir la calle y a entablar sus primeras, incipientes amistades. Son admirables en su transparente encanto las escenas con el vendedor de helados, con el chico de la manzana, con las compañeras de rayuela, personajes todos que son verdaderos hallazgos de naturalidad.
Por otro lado, el suceso real no es, al fin, más que un pretexto para que la talentosa cineasta invite a reflexionar sobre la condición de la mujer y sobre la libertad, y para que se aproxime con la frescura de su juventud y la pureza desprejuiciada de su mirada al más elemental y puro sentimiento del mundo.
Las chicas que salen por primera vez del encierro, que descubren las voces de los otros, se integran a sus juegos y sus travesuras e intuyen el dulce sabor de la manzana que se balancea sobre ellas sin dejarse atrapar tienen la candidez, la curiosidad, la lozanía y también la torpeza del primer hombre.
Quizá porque conserva el candor infantil en su espíritu, Samira Makhmalbaf es capaz de documentar esta sencillísima historia y transfigurarla poéticamente sin hacer alarde alguno ni proponerse metas ambiciosas. En su espontánea aproximación a un episodio que conmovió su sensibilidad, y quizá sin quererlo, ella misma alcanzó también a descubrir que en un bocado de manzana puede estar aguardándonos el verdadero gusto de la vida.





