
El zen en los bares porteños
Miguel Mateos: en "Bar Imperio", el disco que marca su regreso, conviven los típicos lugares porteños y una buena dosis de filosofía oriental.
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Miguel Mateos nunca se atuvo a los códigos previsibles. Cuando en 1981 apareció junto a su grupo Zas en el escenario de Vélez como soporte de Queen, todo el mundo se preguntó de dónde había surgido. El camino habitual de las bandas, ese que lleva de los pequeños pubs a los teatros y de allí a los estadios, no figuraba en su carta de viaje.
Poco después vendría el éxito verdaderamente masivo. "Rockas vivas", su cuarto álbum, aparecido en 1985, vendió 300 mil placas. Todo un récord: hasta que apareció "El amor después del amor", de Fito Páez, había ocupado orgullosamente el primer puesto como disco de rock más vendido en la Argentina.
Dos años después, y aprovechando el éxito en el exterior, se radicó en Los Angeles y cuando vino a tocar a la Argentina lo hizo con un grupo integrado por norteamericanos.
Ahora está de vuelta en el ruedo, con un nuevo disco, el muy porteñamente titulado "Bar Imperio".
"En realidad, estoy aquí desde 1994, pero con un estricto bajo perfil", le cuenta Mateos a La Nación , en el living de su casa de Belgrano, mientras se oyen los juegos de su hijo Juan, de 7 años.
Al volver se dedicó a grabar su duodécimo disco, "Pisanlov", que fue editado en el exterior, pero no aquí. Lo grabó por las suyas, cuando había terminado el contrato con su compañía discográfica. "Cuando llegué había una sensación general de que nadie nos paraba, que marchábamos vertiginosamente hacia el futuro. Yo, en cambio, elegí encerrarme aquí, con la sensación de estar haciendo el pan ahí abajo, con el horno a mil. Es como una antítesis de ese manifiesto que se escuchaba en ese momento, que me aportaba el haber visto el país también desde afuera."
Tal vez por esa crudeza, el disco no fue editado. Y Mateos se llamó a un largo silencio. "Ahora, a la distancia, lo veo como muy fructífero; pero también fue un doloroso aprendizaje zen, para poder renacer de mis cenizas."
De ese silencio surgió nuevamente la música. "Y este nuevo disco tiene como un color muy local, de rock nacional, con sabor argentino." Muy poco musicalmente, el disco tiene ciertas claves que remiten al más arraigado porteñismo. "El título mismo viene porque es un nombre típico, pomposo, que le ponen los gallegos, nuestros antepasados, a los bares, del tipo de Bar El Rey, o Príncipe de Asturias. Nombres ostentosos y adentro son lo más urbano que te podés imaginar."
En esta búsqueda de lo antidicroico, hay referencias al especial de jamón y queso y a los personajes que suelen habitar estos lugares. "Es Buenos Aires al mango, tiene que ver con la solidaridad, con la amistad, con el amigo que te critica de frente y te elogia por detrás."
Confiesa, entonces, su añoranza por esos encuentros en los que "se hablaba de Borges y Cortázar, pero también de Perón, el ERP y el fútbol. Todo junto era como una forma de encauzar la energía maravillosa y arrasadora de una generación".
Estos códigos y señales están esparcidos por el disco. Pero tiene además la fuerza del impulso. "Sí, es cierto, compongo de un saque las partes -confiesa-. Tengo un estribillo y lo engancho con otra cosa, y voy haciendo como un cut and paste, una especie de edición", dice usando jerga bien de los años noventa.
Las referencias a la filosofía oriental y al zen aparecen varias veces durante la charla y confiesa que tiene hacia ellas un perpetuo interés. "Lo que hay de eso en este disco es más bien una actitud. Yo lo definiría como que es acción pura y espontánea, cuando actuás sin los opuestos. Es como cuando ves que una persona que no conocés se está ahogando y no pensás nada, si sabés nadar o si es peligroso; simplemente te tirás a tratar de salvarla. Es un sentimiento que no responde a las reglas, a ningún tipo de condición. Ese es el espíritu de este disco."






