
Lo más difícil de explicar es esa danza elástica y espástica. Esa pelvis girando. Por Bono
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Desde Tupelo, Mississippi, desde Memphis, Tennessee, llegó este cazador de chicas, vestido con trajes de piel de tiburón y usando sombra para los ojos; este dandy de los camioneros, este niño blanco que, actuando como un negro y vistiéndose como un gay, se jugó la vida. Esto no era Nueva York ni Nueva Orleans: esto era Memphis en los años 50. Esto era punk rock. Esto era una revuelta. Elvis lo cambió todo: en lo musical, en lo sexual, en lo político. En Elvis estaba todo el paquete; todo cabía en esa voz y en ese cuerpo elásticos. Mientras cambiaba su forma, el mundo hacía lo mismo: Elvis era un ícono del estilo de los 50, era lo que los 60 eran capaces de hacer y luego, repentinamente, no.
En los 70, convirtió la fama en un deporte sangriento, pero cuanto más se desmoronaba, más se parecía a Dios a juicio de sus fans. Sus últimas actuaciones exponen una voz más grande incluso que sus enormes huevos. Uno lo escucha y llora mientras el Mesías de la música deja allí su corazón, convirtiendo al casino en un templo.
En Elvis está contenido el plan de batalla del rock & roll. La altura: las voces altas del gospel. El barro: el barro del Delta, el blues. La liberación sexual. La polémica. Cambiar la visión del mundo de la gente. Todo está allí, en él.
Yo apenas tenía uso de razón cuando a los ocho años, en el 68, vi el especial del regreso. Lo cual fue probablemente una ventaja, porque no tenía las facultades críticas que me habrían permitido dividir a los diferentes Elvis en distintas categorías o poner un orden en la contradicción. Casi todo lo que yo quiero del trío guitarra-bajo-batería estaba ahí: un cantante molesto por la distancia con su público, un personaje que hacía un prisma del gran angular de la fama, una sexualidad sólo comparable con la sed de Dios.
Pero lo más difícil de explicar es esa danza espástica y elástica. Esa pelvis y esas caderas girando desde Europa a Africa: en eso consisten los Estados Unidos de América, supongo. Para un chico irlandés, la voz quizás podía explicar el erotismo norteamericano, pero el baile explicaba la energía de este nuevo mundo que estaba a punto de entrar en ebullición y de quemarnos a todos con nuevas ideas acerca de la raza, la religión, la moda, el amor y la paz. Estas ideas eran más grandes que el hombre que rompería el hielo por ellas, y más tarde confundirían al chico que tomó el rígido labio superior anglosajón y lo torció para siempre. Era "Elvis the Pelvis", con una mano en la terminal del blues y otra en la del gospel, y ese cruce de caminos es la esencia del rock & roll. Era "Elvis the Pelvis", con la espina dorsal iluminada por un relámpago, aplicándole un electroshock a esa generación que estaba a punto de rechazar el entumecimiento, una generación de hombres y mujeres, de negros y blancos.
Hace poco estuve con Coretta Scott King, con John Lewis y con otros líderes del movimiento por los derechos civiles, y ellos me recordaron el apartheid cultural contra el cual se alzó el rock & roll. Creo que la montaña que ellos subieron habría sido más empinada si no hubiera sido por las incursiones raciales que la música negra estaba haciendo en la cultura popular blanca. Los Beatles, los Rolling Stones y Creedence Clearwater Revival accedieron al blues a través de Elvis. Uno no piensa en Elvis en términos políticos, pero eso es la política: cambiar la visión del mundo que tiene la gente.
En los años 80, con u2 fuimos al Sun Studio, el lugar exacto donde se había producido el big bang del rock & roll. Trabajamos con Cowboy Jack Clement, el ingeniero de sonido de Elvis, y también su profeta. El tipo reabrió el estudio para que nosotros pudiéramos hacer algunas mezclas en el mismo espacio donde Elvis había grabado "Mystery Train". El lugar era un pequeño túnel, pero el sonido llegaba con claridad. Uno puede oírlo en las Sun Records; ahí está la cosa, elegante y salvaje. El Rey todavía no sabía que era el Rey. Es una música cautivante, acorralada, inquieta. Elvis no sabe adónde lo llevará el tren, y es por eso que queremos subirnos a él. Algunos dicen que fue el Ejército el que quebró su espíritu, y otros le echan la culpa a Hollywood o a Las Vegas. Lo cierto es que al mundo rockero no le gustó ver a su Rey haciendo lo que le decían. Yo pienso que su matrimonio o su madre tuvieron mucho que ver, o quizás una fractura más temprana, como la de haber perdido a su hermano gemelo, Jesse, al nacer. Pero quizás también el enorme culo de la fama, que se había sentado encima de él, jugó sus cartas en todo eso.
Creo que su período "Las Vegas" está subestimado. Es el más emotivo. Ya había perdido el control sobre su vida y sin embargo aflora ahí ese pathos increíble. Lo que más me duele a mí es esa gran voz operística de los últimos años.
¿Cuál es el motivo por el cual queremos que nuestros ídolos mueran en una cruz fabricada por ellos mismos, y si no lo hacen queremos que nos devuelvan el importe de las entradas? Pero ya se sabe, Elvis se comió a los Estados Unidos antes que los Estados Unidos se lo comieran a él.




