
La falta defotos de mi infancia marco mi vocacion.
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Hay una casa que tiene ochenta y cinco años. No es mucho. Más años tiene Europa. La casa está en Buenos Aires. No es tanto. Acá también están los túneles, la Manzana de las Luces, que sé yo. La casa no ha sido modificada en todos estos años. En el medio de la casa derruida está Ernestina, saltando entre bolsas de cemento y cal, enfundada en sus atuendos de recién venida de un casamiento al mediodía, sin fiesta ni nada. Son las cuatro de la tarde de un sábado y ella está almorzando. La mirás e invariablemente, sin querer, te aflojás y te ponés a hablar de libros, de El arrancacorazones de Boris Vian, de las fotografías de Cartier-Bresson y Weegee. Ella camina liviana en su cuerpo joven de bailarina precoz, a la que mamá mandó a danzas desde chiquita.
Suelta la risa con la premura de quien encuentra la vida cool, pero uno se equivoca una vez más. No tiene frío en la cabeza sino unos icebergs horriblemente blancos en el medio del alma: su papá fue desaparecido por la puta dictadura cuando ella tenía sólo 4 años. Papá en una casa de mujeres (con Ernestina, por Ernesto Guevara; con Federica, por Federico García Lorca). Dos o tres recuerdos de papá arquitecto, siempre preocupado por los problemas sociales: los mimos cuando pasó tres días cuidándola de una angina; fragmentos de unas vacaciones en Chile, con Ernestina apunada en el cruce de los Andes, y otras imágenes, borrosas, como las que acompañan la vida de cualquier chico.
Le cuesta hablar de su historia familiar para una entrevista, no le gusta exponer un dolor íntimo que tiene un origen bien público y que ella siente como parte de un entramado social: "A mí me mataron a mi padre, pero a vos te mataron un profesor, un vecino o un amigo. Todos fuimos víctimas de la represión".
Ernestina, al fin, se distiende, y cuenta cómo sus padres se conocieron en la Universidad de La Plata en los años en los que se hacía la revolución y se soñaba con un hombre nuevo. Su madre le transmitió una historia de militancia universitaria que ella esperó encontrar a su paso por la facultad, cuando decidió estudiar cine. Pero no: no eran los 60 sino los 90 los que marcaban el ritmo en las academias: "Me encontré con una universidad devastada donde la gente parecía ir a un desfile de modelos. Me sentía impotente ante eso, pero no le podía echar la culpa a los pibes de 18 que entraban en la facultad ni a los docentes que estaban laburando por dos mangos. Creo que muchas cosas de los 90 son consecuencia directa de lo sucedido en los 70. Muchas cabezas pensantes que enseñaban en la universidad fueron desaparecidas y se perdieron los lazos que debían unir esa generación con la nuestra. La dictadura no fueron solamente 30 mil desaparecidos, sino este corte en la transmisión del conocimiento y las preocupaciones. Los mayores triunfos de la dictadura, a largo plazo, fueron haber arruinado económicamente el país y haber devastado nuestra reserva cultural".
La primera cámara con la que persiguió a familiares y amigos fue una polaroid que había pertenecido a su padre. "Tal vez la falta de fotos de mi infancia marcó mi vocación como fotógrafa", dice. Para bancarse sus estudios de fotografía probó los más diversos oficios: trabajó en un local de bijouterie, atendió la barra de un boliche, cuidó chicos en una combi escolar y fue una empleada formal en una empresa importadora. La fotografía le permitió aunar su gusto por las máquinas y la vocación creadora inculcada por su madre bailarina, que a lo largo de la infancia había alimentado en clases de dibujo y en talleres literarios.
Ahora se levanta al calor de la tevé, de los medios, de la radio, de la revista. No puede parar ni cree que deba hacerlo. No olvida ni perdona. Asume su historia y la traduce en imágenes. Los Inrockuptibles –revista de la que es editora fotográfica– delata su mirada. Ella encuentra en la revista una proyección de todo. Pone plata, huevos, imaginación. Se parte la cabeza por esa revista. Con lo de la tele, en cambio, tuvo suerte. Ahí puso el cuerpo y la risa. Se tomó un litro de cerveza antes de dar la prueba para La biblia y el calefón, con las cámaras en la calle. Y las cosas salieron bien simplemente porque ella puede. Es poderosa.
En las entrevistas callejeras reluce su veta más humorística, su capacidad para la réplica ingeniosa y un manejo del lenguaje televisivo propio de una veterana. Pero ella no se la cree: "La edición hace maravillas. ¿Qué sería de mí y de tantos otros que estamos en la tele si no fuera por el trabajo de edición? De hecho, si no me editan soy una idiota", dice, y estalla en una carcajada.
Se levanta todos los días a las cuatro y media de la mañana y no sufre de imsomnio. Simplemente de 6 a 9 de la mañana conduce un programa radial junto a Daniel Tognetti, uno de los chicos listos de Caiga Quien Caiga. Es un desafío distinto, sin red, las voces lanzadas al aire sin posibilidad de vuelta atrás. En la radio es grave y crispada y sabe decir. En la radio descubrió un espacio para trazar un puente con la generación de sus padres: la posibilidad de brindar un servicio a la gente y de proponer un camino de reflexión. Ernestina representa una forma de pensamiento intelectual que parece crecer sabiamente en estos años: retomar viejos compromisos sociales sin dogmatimo, sin odios, con alegría e indignación.
Mientras recorremos la planta baja me cuenta historias que cualquier escritor pagaría por tener. Son historias a las que hizo piedra libre en los rincones de la casa vieja. Hay cartas de antiguos dueños, retratos al óleo de gente adusta que habitó un país que ya no existe, todo un mundo que se desmoronó pero que aún resuena debajo del polvo y la flamante conexión eléctrica. Leyendo las cartas, revisando los armarios y los botiquines, aprendió historias de amor, de abandonos, de leve incesto (al fin y al cabo eran primos). Subimos una larga escalera caracol, descubre para mí los vitrales, los artefactos originales, las habitaciones. Abre cada puerta con el mismo gesto que usaría un mago para concluir un truco. No es maga, pero lo parece. A su papá, que seguramente leyó con pasión a Cortázar, le habría gustado la comparación.





