
Esperando a Salinas
Recital del guitarrista Luis Salinas, solo y acompañado por el cuarteto que preside Hugo Fattoruso en teclados. Sonido: Esteban Martínez Prieto y Coca. Luces: Fernando Diyorio. Coordinación general: Silvia Alegre. En el teatro Coliseo. Nuestra opinión: bueno.
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Luis Salinas está de moda. Y así es lógico que todo el mundo quiera escucharlo y necesite hablar de él.
El último certero espaldarazo a nivel masivo lo recibió de la TV. Y esto permitió que el teatro Coliseo se viera casi colmado por una gran porción de gente joven; muchos curiosos y otros tantos que siguen su trayectoria jalonada de halagos por las compañías prestigiosas con las que supo contar en salas de grabaciones y en conciertos.
Se sabe que el muchacho de Monte Grande es un portento en las seis cuerdas. Uno de los elegidos de los dioses, sobre todo por su calidad de autodidacto. Se sabe también de su empecinado eclecticismo, de su versatilidad estilística, que va del folklore al jazz, y del tango al chachachá, pasando por todos los ritmos imaginables.
He ahí su talón de Aquiles.
Luis Salinas sigue, en este sentido, como guitarrista, el voluble camino de Cacho Tirao, cuyo espectro genérico de la música popular es tan amplio como su técnica y virtuosismo, lo que termina resultando un fuego artificial, un fuego fatuo, un cosquilleo fugaz; un arte que no alcanza su sedimentación emocional.
El concierto
En este encuentro, Luis Salinas llega acompañado por Fattoruso y compañía (piano, bajo eléctrico, batería, percusión), compañía que, curiosamente, no se menciona en ninguna parte del programa. Salinas llega, saco y pantalón, todo de negro, y se instala de pie frente al micrófono. La primera interpretación lo pinta de cuerpo entero. Es el tango-canción "El día que me quieras". Es improbable que así llegue aquel esperado día, ya que, después de verse planchada en algunos preciosos semitonos, la melodía se ve despachada alegremente por Salinas, como un juego, como una ocurrencia en la que caben interpolaciones jazzísticas livianas, superficiales, pasatistas.
Se trata de una de las clásicas y predilectas incursiones efímeras de Luis Salinas por el tango, donde sus prodigiosos dedos le dictan un barroquismo enmarañado, una pura verborragia que por cierto cultivaron otros dedos virtuosísticos como Peterson, Coltrane, Di Meola. Lo curioso es que por entre las licencias melódicas, la dispersión y los arrebatos, se cuelan hallazgos inesperados por donde emerge el talento sorprendente de Salinas.
Algo parecido ocurrirá con el otro solo de la noche: la zamba "Alfonsina y el mar", de Ramírez-Luna, en versión frívola, apremiante, llena de malabarismos que dejan traslucir solamente el dominio del instrumento. Otra cosa ocurrirá junto al cuarteto instrumental. Salinas se verá contenido por la trama e inmerso en otra estética, la del pop-rock, conjugada con rítmicos estímulos tropicales y cadencias de bolero.
La guitarra alternará de modo jazzístico (solos incluidos) con el inspirado piano de Hugo Fattoruso y la regia percusión de Nicolás Arnicho. La técnica de la improvisación sobre estructuras jazzísticas es un dominio del arte de Salinas. Y lo hace a su modo: entrelazando acentos bolerísticos con tangos como "Malena". Entre fonemas y scats junto a la guitarra logra los mejores momentos.
Salinas practica ese modo conquistador de B. B. King, que abre la boca como quien acompaña a los dedos que se deslizan por el mástil de la guitarra. Quizá sea el momento en que transforma su arte extrovertido en la necesaria introversión, donde su talento bucea en las esencias. Este es el Salinas que todavía esperamos. El que con sus maravillosos dedos nos devuelva, no efectismos, sino la magia.
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