
"Este es mi instrumento"
Demian Wundheiler
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Los investigadores calculan que el didgeridoo es el instrumento de viento más antiguo del mundo, con unos 40 mil años. Tantos como la cultura de sus creadores, los aborígenes australianos, pero didgeridoo no es su nombre primitivo. Los nativos lo llaman yiddaki, pero narran que, hace mucho tiempo, un etnomusicólogo europeo que exploraba la isla creyó escuchar en su tramo final un sonido muy parecido a didgeridoo. Desde entonces, casi todo el mundo lo llama así.
"Los más primitivos aparecieron en la tierra de Arnhem, al Nordeste. Una región casi desértica con un fuerte contenido artístico y religioso, y con los mayores asentamientos aborígenes. Estaban hechos con troncos caídos de eucalipto, ahuecados por la acción de las termitas. La intervención humana era mínima: cortaban un trozo, quitaban los restos del centro con brasas y tenían un instrumento. Posteriormente, en el Sur comenzaron a fabricarlos con tallos de bambú, pero hay otras variantes. Yo los hago con pita, eucalipto o bambú", explica el investigador y luthier Demian Wundheiler, sentado en medio del taller donde imparte sus clases de técnica, respiración circular y fabricación de instrumentos.
"El didgeridoo es una consecuencia de la interesantísima cultura de los primitivos habitantes de Australia que consideran su sonido como la voz de la tierra. Hacer sonar el didgeridoo es comunicarse con ella. Los aborígenes comparten la gran tarea de custodiar el legado cultural de su raza. No hay nada escrito, es personal y se transmite de boca a oído. Anualmente emprenden peregrinajes y realizan ceremonias para no perder contacto con su herencia. Su etnia no tiene un nombre particular, sólo se llaman a sí mismos gente", sigue Wundheiler.
–¿Cómo descubrió el didgeridoo?
–Diez años atrás, Pablo, mi hermano, que vive en Melbourne, Australia, me regaló un pasaje para ir a su casamiento. Fui por un mes, pero terminé quedándome un año. ¡Una experiencia fabulosa! Un día asistí a una ceremonia en el parque de Healsville Sanctuary, en Victoria. Es un curioso lugar donde, si bien uno tropieza con los infaltables turistas, los aborígenes conservan algunas especies de animales y plantas, y repiten con mucho cuidado antiquísimos rituales. Allí se produjo mi encuentro con el didgeridoo. Me impresionó mucho por su origen, forma y por la manera de tocarlo con la técnica de la respiración circular.
–¿Respiración circular?
–Es fundamental para tocar el instrumento. El ejecutante no interrumpe para respirar, crea una columna de aire y la mantiene por largo rato. La primera vez que vi tocar el didgeridoo, el ejecutante sopló durante 15 minutos sin detenerse. Curiosamente, cuando obtuve mi primer didgeridoo ya no vivía en Australia, sino en las afueras de Jerusalén.
–Es curioso.
–Sí, estudiaba instrumentos primitivos de la región como el derbake y otros tambores árabes. Todavía no había aprendido la técnica de la respiración circular y tocaba mirando los techos de esa ciudad milenaria. Una experiencia extraña, porque Jerusalén es una ciudad cargada de historia y misterio que todos tratan de poseer, pese a que su nombre significa ciudad de la paz. Pero no había conflicto entre el sonido de mi didgeridoo y Jerusalén pese a la diferencia de costumbres. Sentí: Este es mi instrumento. Y lo pude comprobar al entrar en contacto con otras culturas.
–¿Cómo es eso?
–En un momento de mi vida me dediqué a estudiar la cultura maya. Un pueblo de grandes astrónomos y astrólogos. En el calendario maya, a cada uno al nacer se le hace un sello donde están inscriptas sus características y aptitudes para crear su destino. El mío tiene que ver con el viento, la música, la respiración, la sanación, una actitud relajada ante la vida, los componentes necesarios para tocar el didgeridoo.
–¿Por qué la sanación?
–Los aborígenes creen que el sonido del didgeridoo tiene virtudes curativas y es cierto, pude comprobarlo. Cuando Valeria, mi compañera, estaba embarazada de Lua, nuestra hijita, yo soplaba mi instrumento sobre la panza de Vale y ella se relajaba y sentía que el bebe experimentaba lo mismo. Es que el sonido del didgeridoo tiene frecuencia lenta y por eso es armonizador. Imagine una hilera de notas del mismo tamaño, ésa sería la frecuencia más común. Sobre esa línea, imagine otra, ondulante, con grandes olas que suben y bajan, ésa es la frecuencia lenta. Si creemos que la materia es vibración, el sonido del didgeridoo es armonizador.
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