"Fausto" y una puesta decorosa
Representación de "Fausto", ópera en cinco actos (representado en tres), con música de Charles Gounod, y libreto de Jules Barbier y Michel Carré, a cargo del Coro Estable (dirección, Vittorio Sicuri) y la Orquesta Estable del Teatro Colón dirigida por Maurizio Arena. Régie: Roberto Oswald; figurinista y colaborador de la régie, Aníbal Lápiz. Elenco: Keith Ikaia-Purdy (Fausto); Hao Jiang Tian (Mefistófeles); Ana María González (Margarita); Gino Quilico (Valentín); Juan Barrile (Wagner); Cecilia Díaz (Siebel), y Lucila Ramos Mañé (Marta). En el Teatro Colón.
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Con una puesta en escena algo más que decorosa volvió a representarse esta obra maestra, apoyada por un elenco con buenas voces, un coro excelente, y una dirección musical correcta, corroborando así que aun a pesar de las dificultades la magia existe y puede hallarse encerrada en las paredes de un teatro lírico.
Ello no deberá resultar extraño tratándose en primer término de una ópera de Gounod, musicalmente la más importante de las que compuso, si bien es un título menos frecuentado por los repertorios internacionales de la segunda mitad del siglo.
El encanto que la recorre del principio al final incluye no poca fascinación y estremecimiento ante problemas eternos de la condición humana que, llevados a un plano trascendente en la célebre obra de Goethe, gozaron de la preferencia de grandes creadores románticos de la talla de Berlioz, Schumann, Wagner, Liszt y Boito, además de Gounod, quien dio con ella nuevo impulso a la ópera francesa aminorando la importancia de la espectacularidad en pos de un ahondamiento más humano.
Pero, ciertamente, y habida cuenta de los problemas previos de público conocimiento que se debieron sortear sobre la marcha, llegando a comprometer la reposición en esta temporada, fueron la imaginación creativa y los recursos técnicos de la iluminación, puestos en juego por el regisseur Roberto Oswald, lo que lo hizo posible.
Esta nueva versión, "simplificada" de la escenografía de 1990 del propio Oswald y, en consecuencia, la adecuación de la régie manteniendo así la necesaria unidad conceptual, fue todo un logro.
El vestuario original, salvado del deterioro que afectó a la escenografía, lució en todo su esplendor visual, potenciado por los juegos de luces; también lo fueron las escenas cruciales del drama, como los movimientos de masas en los que no pesó el oscurecimiento de la escena como en la procesión del templo -de gran fuerza-, evitándose así que el drama se hundiera en las sombras.
Sin embargo, las sombras pesaron, especialmente en los cambios de cuadros en el cuarto y quinto actos, desdibujando un tanto la continuidad del espectáculo. En compensación, se tuvo la escena de la plaza, al comienzo del segundo acto, plena de animación y colorido y la Noche de Walpurgis, de particular sugestión y realismo, surgido de una evocación goyesca.
Empero, muchos elementos constituyen el encanto de la partitura que la Orquesta Estable se encargó de animar con pulcritud bajo la batuta de Maurizio Arena y el elenco de voces para conferir entidad lírica y dramática.
Hubo fluidez en el desarrollo de diálogos, melodías y recitativos, y buena interrelación entre el foso y la escena, si bien la marcación directriz y las entradas del coro no siempre coincidieron. Tampoco fueron felices los tríos y cuartetos de voces solistas.
Dos valiosos cantantes
Keith Ikaia Purdy compuso un Fausto con perfecta afinación y gallardía, y un timbre billante, un tanto excesivo para la gentileza melódica de "Ne permettrez vous pas, ma belle demoiselle", en el segundo acto. Pero ciertamente ajustada fue la escena de la seducción del tercer acto, dado que sacó buen partido de la dulzura melódica de Gounod y asimismo lo fue la cavatina del tercero ("Salut, demeure chaste et pure") y un rendimiento parejo.
Fue notable el Mefistófeles del bajo-barítono Hao Jiang Tian, resuelto e intimidatorio en sus diálogos, sin falso histrionismo, y con dicción precisa y expresiva en los acentos, así como una línea melódica sin fisuras. El sesgo diabólico de su carácter tuvo marcada efectividad.
El barítono Gino Quilico (Valentín), si bien posee una comunicativa expresividad en su canto, con cálidos acentos, fue afirmando esas cualidades vocales a partir del tercer acto, y su recitativo "Ce qui doit arriver...", permaneciendo inalterables sus reconocidas dotes actorales.
El encuentro de Fausto y Margarita, en medio del ímpetu de la danza se fusionó con melódico encanto a la escena de conjunto y puso de relieve la composición que Ana María González hizo del personaje, con riqueza de matices y delicadeza en las coloraturas, si bien en algunas oportunidades se advirtieron problemas de afinación. Empero su "Je voudrais bien savoir..." tuvo encanto y estuvo muy bien jugada la escena de la evocación junto a la rueca y especialmente su delirio en la prisión con el marcado contraste entre su redención y la condenación de Fausto.
Cecilia Díaz tuvo una actuación estimable desde todo punto de vista, su Siebel fue convincente y tuvo soltura en su desempeño, con condiciones vocales ponderables por la firmeza de su línea melódica en todo el registro.
En papeles secundarios, Lucila Ramos Mañé, que personificó a Marta con definido perfil y clara línea vocal, y Juan Barrile (Wagner), tuvieron eficaz desempeño.
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