
Ficción verdadera
"La vida continúa" (Irán/1992). Presentada por Contracampo. Guión y dirección: Abbas Kiarostami. Con Farhad Kheradmand, Buba Bayour. Fotografía: Homayun Pievar. Montaje: Abbas Kiarostami y Changiz Sayad. Duración: 102 minutos. Nuestra opinión: Excelente
1 minuto de lectura'

"¿Qué clase de arte es mostrar a las personas más viejas y más feas de lo que son?", pregunta bastante enojado un campesino iraní que ha debido caracterizarse para actuar en "¿Dónde queda la casa de mi amigo" y ahora, cuatro años después de aquella experiencia, no es reconocido por el director que lo sometió a la inexplicable transfiguración.
Esta línea de diálogo de "La vida continúa" es bien elocuente respecto de la sabia mezcla de sencillez y agudeza con que Abbas Kiarostami es capaz de reflexionar, dentro de la "realidad" de su film, acerca de la ética de la imagen. Hay otro ejemplo significativo: el mismo personaje se encarga de hacer la distinción entre su verdadera casa -la que ha sido destruida por un cataclismo- y la casa que fue suya para la película y que ahora le sirve de refugio. Una cosa es la realidad; otra, la verdad. Una película no miente: tiene su propia verdad.
La realidad ha irrumpido en los escenarios de la ficción de "¿Dónde queda la casa de mi amigo?": el terremoto de 1990 ha tenido su epicentro en Koker y ha dejado una secuela de muerte y destrucción. Kiarostami, que hace cine con los elementos que la realidad le proporciona, vuelve al lugar en la piel de su otro yo, el actor Farhad Kheradmand.
Viene a bordo de su Renault 5, el hijo pequeño instalado en el asiento de atrás, para saber qué ha sido de los actorcitos de su film anterior: se atasca en carreteras interrumpidas por los despeñamientos, se cruza con infinidad de personas empeñadas en la batalla de la reconstrucción, oye llantos, escucha los reclamos de quienes no se explican por qué crimen está castigándolos Dios así, pregunta y sigue siempre su búsqueda. Ve también que ni la calamidad ni el intenso dolor han podido interrumpir la dinámica de la vida; al contrario: ésta parece fortalecerse ante la proximidad de la muerte, como parece manifestarse en el ajetreo colectivo que ha de elevar una antena de TV para que los que quieran puedan asistir al partido Escocia v. Brasil. Alguien reflexiona: "Hay un Mundial sólo cada cuatro años, y quizá pasen otros cuarenta hasta que se repita un terremoto".
El cine de Kiarostami es profundamente humanista; su estilo, límpido; su mirada, honda como la del filósofo, intuitiva como la del poeta. Ahora las historias, los lugares, los personajes de la ficción conocidos en "¿Dónde queda la casa de mi amigo?" han cobrado una condición desgarradoramente concreta. Pero el propósito del cineasta iraní no es jugar el juego intelectual de la confusión entre ficción y realidad; con esa sabiduría y esa agudeza que se traducen en una simplicidad sustancial y reveladora, Kiarostami construye su film sobre ese conflicto entre la vida y su representación, manifiesta sus íntimos interrogantes del modo más sencillo, extiende al espectador la necesidad de la reflexión moral. (La interacción entre realidad y ficción se hará más compleja en "Detrás de los olivos", el ya conocido cierre de esta trilogía que colocó definitivamente a Kiarostami entre los artistas más lúcidos y renovadores del cine contemporáneo.)
Tanta es la profusión de interrogantes que plantea esta obra, tanta la riqueza de sus contenidos, que apenas si hay posibilidad de insinuarlo en el breve espacio de una crónica. Cabe a cada espectador la fascinante tarea de explorar y completar su sutil entramado.





