¿Cómo hicieron los escoceses de Franz Ferdinand para mantenerse en la cima? Grabaron un disco tan refrescante y contagioso como el primero.
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Por más que viajes en un micro equipado con DVD y champán junto a la banda más cool del rock británico, el viaje desde Holanda central hasta el norte de Inglaterra es bastante largo. Pocos minutos después de las doce de una noche sin estrellas, Franz Ferdinand comienza ese trayecto de once horas, desde un show en un festival hacia otro casi idéntico, pero a 1.200 kilómetros de distancia.
Mientras el ómnibus plateado gana velocidad en una oscura autopista holandesa, la mitad de la banda –el baterista Paul Thomson, de 30 años, y el bajista Bob Hardy, de 25, con su cara de bebé– ya se retiró a las cuchetas que parecen sarcófagos, ubicadas en el piso superior del vehículo. Más cerca está el frontman Alex Kapranos, de 33 años, quien, aunque agotado, sigue despierto. Tiene la mirada fija en una laptop, y el brillo de la pantalla enfatiza sus pómulos de villano del cine mudo, pero no ilumina los oscuros círculos que rodean sus ojos verdes.
Teniendo en cuenta que sus compañeros duermen, Kapranos comienza a cantar despacio, leyendo la conocida letra de “Suffragette City”, de David Bowie, en la computadora: “Oh, leave me alone. . . . Oh, Henry, get off the phone”. El ingeniero de sonido de la banda y yo no podemos aguantar: “Hey, man”, nos sumamos. “This mellow-thighed chick just put my spine out of place” [esa chica de muslos suaves me rompió la cabeza], continúa Kapranos con su dulce voz tenor que no tiene el tono nasal de cuando canta en el escenario.
“Siempre creí que decía «that mellow fat chick»” [esa gorda suave], dice Kapranos unos minutos después. “Sería una frase mucho mejor.” El líder de Franz Ferdinand está calificado para juzgar. Tras pasar la mayor parte de los últimos diecinueve años o bien diseccionando diligentemente canciones de rock, o bien escribiendo las suyas propias, puede ofrecer opiniones de experto sobre todo, desde Queen hasta los oscuros power pop Sparks (quienes grabaron “Rock & Roll People in a Disco World”, un tema apropiado para los Ferdinand). Pero la lección de esta noche es la última en un curso sobre Bowie, con un examen final que deberá rendir en 48 horas: por primera vez en su vida, Kapranos deberá cantar “Suffragette City” (a dúo con Jake Shears, de Scissor Sisters) frente a unas 60 mil personas.
Así es el momento actual de los Franz Ferdinand, que lanzaron su segundo álbum, You Could Have It So Much Better, en octubre. En 2004, la banda –cuatro peculiares y desenfadados escoceses que tocan rock visceral con ritmos disco– sacaron su debut bajo el pequeño sello independiente Domino Records. Estaban navegando esa ola de buena prensa británica que casi siempre se hunde en la oscuridad en los Estados Unidos. Pero Franz firmó un contrato de distribución por un millón de dólares con Epic Records, y su álbum independiente alcanzó el platino en los Estados Unidos. “Take Me Out”, sacudió las radios, incluso las más retrógradas, abriendo una puerta a los Killers, los Kaiser Chiefs y otras bandas ochentosas estilo new wave. Franz accedió a tocar en los Grammys, a pesar de hacerlo como parte de un ridículo “ensamble en vivo” que incluía a Los Lonely Boys y los Black Eyed Peas. (“Tratamos de quedar fuera de eso”, dice el guitarrista Nick McCarthy, de 30 años, quien comparte la tarea de componer las canciones con Kapranos.)
La banda no fue consciente de cómo era percibida por ciertos sectores de los Estados Unidos hasta que se lo dijeron en la cara. En diciembre pasado, tocaron entre Korn y Papa Roach en algo llamado Claus Fest, un show en las afueras de Nueva Jersey. En una declaración de principios de nuevo metal, la multitud abucheó a Franz que, para la ocasión, se había puesto más delineador que de costumbre. “Fue genial: todos esos descerebrados metaleros levantando el dedo mayor”, recuerda Kapranos sonriendo, mientras se acomoda en un sillón del micro color violeta rabioso. Se quitó las brillantes botas de cuero, revelando un par de medias rojas que ningún metalero con chiva se atrevería a tocar. “Ahí fue cuando nos dimos cuenta realmente de que éramos unos extranjeros apoderándonos de la escena rock en los Estados Unidos. Y eso nos resulta muy excitante.”
Durante muchos años, el padre de Kapranos –un actuario nacido en Grecia– no tenía idea de por qué su esposa insistió tanto en ponerle determinado segundo nombre a su hijo. Resultó ser que Alex Paul Kapranos llevó ese nombre por el eterno amor que sentía su madre por Paul McCartney. Si la intención era mandarle un mensaje a su hijo, funcionó. A los 14, Alex y su amigo Andrew Conway (quien ahora es astrofísico) se convirtieron en los únicos fans obsesivos en su barrio de Glasgow y comenzaron a tocar la guitarra en un quijotesco esfuerzo por sacar el catálogo de Lennon-McCartney. Kapranos siempre se sintió fascinado por el casamiento entre música rápida y letras tristes.
“«Take Me Out» es un perfecto ejemplo de eso”, dice. “Para la mayoría es una canción positiva, pero con una metáfora que habla de matarse uno al otro cuando la relación termina. Hace poco estaba viendo Beatles Anthology, y estaban cantando «I’m Down»: los ves sacudiendo las cabezas y el público grita. Es genial. Y la letra dice: «Estoy mal», pero la música dice: «Estoy bien». ¿Entendés?”
De más está decir que Kapranos es fanático del pop. Tiene puesto un pin de Gwen Stefani en su chaqueta segunda mano de Members Only sólo porque adora la canción “What You Waiting for”. Y cuando su teléfono celular suena (la mayoría de las veces la que llama es su novia, Eleanor Friedberger, cantante de la banda arty de Brooklyn Fiery Furnaces), se oye el solo de teclado de “Runaway”, el hit de 1961 de Del Shannon. “Los alemanes tienen una expresión para decir que algo es pegadizo: dicen que es como un gusano en la oreja”, dijo mientras cenaba camarones y tofu. “Y «Runaway» me encanta, porque tiene muchos gusanos de oreja.”
El nuevo álbum de ff está infestado de ellos. “Do You Want To”, uno de los hits del año, comienza como un rock de la invasión inglesa de los 60, se transforma en un paso robótico de glam disco, y luego se disuelve en un punk rave onda Buzzcocks, con un estallido final de guitarra que le roba a “My Sharona” de Knack. La canción tiene algo del espíritu homoerótico del tema “Michael”, del primer álbum.
El segundo álbum es más variado que su predecesor. “En la vida hay otras cosas además de la música de guitarras con ritmo bailable”, dice el bajista Hardy la mañana siguiente al viaje en micro. Por ejemplo, el nuevo corte “Walk Away” es una canción lenta en el estilo de los Smiths. Las canciones más tranquilas marcan las diferencias más radicales de los nuevos Ferdinand, incluyendo la tierna balada en piano “Eleanor Put Your Boots On”, en la que Kapranos se dirige a su novia. Es un extraño gesto en alguien tan receloso de su vida privada que ni siquiera quiere pronunciar su nombre en las entrevistas.
En los primeros tiempos de la banda, se decía por todos lados que Kapranos tenía 29 años. En realidad, tenía 32, como reveló el año pasado un diario amarillo escocés al publicar su certificado de nacimiento. “Lo que la gente busca es una banda de chicos de 17 años que toquen con la confianza de alguien que viene haciéndolo desde hace veinte”, dice.
Kapranos pasó sus 20 contratando bandas como Mogwai y Belle and Sebastian para el club de Glasgow 13th Note, mientras tocaba en una serie de grupos propios, entre los que estaba la banda de ska Amphetameanies. “Me da gracia cuando me preguntan acerca de la presión de grabar un segundo álbum, porque para mí éste es mi decimoséptimo”, dice Kapranos, quien comenzó a grabar con una doble casetera cuando era adolescente. Para cuando tenía 19, ya había llegado a la conclusión de que nunca sería estrella de rock. La banda que le demostraría lo contrario se formó de a poco, a partir de un incestuoso círculo de amigos de la bohemia de Glasgow. Kapranos primero se unió al introvertido pero duro golpeador Thomson, que era baterista y tocaba el bajo en una banda indie llamada Yummy Fur. Los dos dejaron la banda y empezaron a grabar canciones bailables de pop electrónico, partecitas de las cuales aparecen en la música de Franz Ferdinand.
Mientras Kapranos habla, el guitarrista McCarthy está en la otra punta del piso superior del micro, editando algunos lados B de Franz en la computadora. Más tarde, Kapranos dice “buenas noches” (Eleanor está en el teléfono otra vez), y yo me dirijo hacia abajo, listo para acurrucarme en otro de los asientos violeta chillón. Entonces aparece McCarthy, usando la misma camisa rayada rojo y negro, estilo Freddy Krueger, que usó para el video de “Do You Want To”: son las dos y media de la mañana, y él está listo para la entrevista. McCarthy –quien se parece un poco a Kapranos, con la misma contextura espigada y el corte de pelo raro– tiene la risa fácil. Según un amigo, es la clase de tipo que hace que te emborraches en la cena y después te hace robar los cubiertos de plata. Es el único miembro de la banda que admite fumar porro de cuando en cuando, aunque, al igual que sus compañeros de banda, rechaza una oferta de porro legal en Holanda. “No puedo concentrarme en lo que hago, y siempre tenemos tanto que hacer que no tiene sentido fumar”, dice. Durante el viaje, la banda lleva una vida decepcionantemente sana. “Podemos salir y tomar algo, pero no todas las noches –dice McCarthy–, y no fumamos en los micros de gira. Pero cuando pasamos una semana en casa, salimos todo el tiempo.”
Cuando McCarthy llegó a Glasgow por primera vez, en 2001, recién salido del conservatorio de Munich donde había estudiado bajo de jazz, no se divertía demasiado. “No podía encontrar una banda, hasta respondí algunos anuncios del periódico, pero me fue muy mal”, dice, sacudiendo la cabeza. “Era como si un tipo con poco pelo quisiera tocar canciones de Iggy Pop. Después conocí a Alex, y él me tocó una primera versión de «Darts of Pleasure». Yo pensé: «Creo que encontré al tipo indicado».” McCarthy hace una pausa y va en busca de una botella de vino. Sin éxito, se acomoda para comer un poco de pan con margarina.
Reflexiona sobre su relación con Kapranos, quien me dijo que las vastas diferencias entre él y McCarthy ayudaron a convertirlos en un equipo de composición efectivo. ¿Qué significa eso? “Tal vez él tenga un lado más malvado que yo”, dice McCarthy después de un rato. “Yo soy alegre y despreocupado, y él es más gruñón, lo cual es bueno.”
Nuestra entrevista termina unos minutos más tarde, cuando el micro frena de pronto al llegar al ferry que nos cruzará a través del Canal Inglés (Canal de la Mancha). Afuera hay un puñado de oficiales de inmigración aburridos, y por alguna razón insisten en que los rockeros se despierten, bajen del micro y hablen con ellos. “¿Vienen los Kaiser Chiefs después?”, le pregunta uno de los oficiales con linterna a otro.
Carley Jones, una pelirroja bastante joven, está temblando: “Ay, ay, ay, Dios mío: ahí está”, murmura, acercándose a Kapranos. Es la tarde del día siguiente, y estamos en el V Festival en las afueras de Birmingham, que está plagado de adolescentes. Los miembros de la banda –vestidos con los trajes ajustados que les son característicos– se sientan a la mesa, firmando pacientemente autógrafos para algunas de las casi dos mil fans que hacen cola para saludarlos. “Es tan lindo”, dice Jones, todavía temblando después de haberse sacado una foto con Kapranos. Aquí en Inglaterra, los Franz Ferdinand son estrellas pop al nivel de Justin Timberlake. Antes, mientras posaban en el backstage para una revista, las fans no paraban de venir a sacarles fotos (“rajá de acá”, le dijo con una sonrisa McCarthy a una).
Esa tarde, al anochecer, se suben al escenario y enfrentan a una de las mayores multitudes de su carrera: decenas de miles de personas que llegan hasta el horizonte y que parecen poder llenar unos siete estadios de fútbol. Mientras la banda larga con “Michael”, las chicas se trepan a los hombros de sus novios y se arriesgan a caer feo al bailar. Los movimientos escénicos de la banda, que parecían extravagantes en sus días de pubs, son perfectos: Kapranos atraviesa repetidas veces en zigzag el escenario y salta desde el estrado de la batería, y McCarthy imita sus movimientos con precisión casi coreográfica.
La segunda canción del grupo es la vibrante y punky “Evil and a Heathen”, del nuevo álbum. El público no conoce la melodía, pero actúa como si lo hiciera, haciendo pogo. Kapranos no puede evitar sonreír, aun cuando está cantando una de sus letras más oscuras: “I’m a heathen and evil, like you” [soy pagano y malvado, como vos]. Y mientras su grandiosa banda emerge tras él, Alex sacude la cabeza como un beatle, con toda la alegría del mundo.
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