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Los Franz Ferdinand son eyaculadores precoces del riff. Muchos de sus temas empiezan con una calma tensa, una calma que parece diseñada sólo para aumentar el goce de la explosión eléctrica que, por regla, sucede bastante antes de que se consuma el primer minuto de canción. En su debut ( Franz Ferdinand, 2004), los escoceses plantearon una regeneración fresquita de la tradición británica de pop rock (unos Blur actualizados, o –más maliciosamente– unos Pulp esterilizados). El segundo ( You Could Have It So Much Better, 2005) fue casi una redundancia. Este tercer álbum los lleva a una encrucijada creativa dictada más por el contexto que por su propia energía. A punto de finalizar la década del rock bailable, la electrónica tocada aparece en una escala de evolución superior (de los ya clásicos LCD a la Australian Dance Music), y lo que hoy tiene para ofrecer el cuarteto surgido de la cantera de Domino es un abordaje profesional del rock bolichero. Suenan fuerte y claro, pero tal vez demasiado claro. El comienzo es "Ulysses", un típico primer corte FF, aunque el pulso funk sigiloso con que abre sugiere un vuelco Thriller que se diluye pronto. La historia parece referir a planes nocturnos y llamadas al puntero, pero para corroborar el background universitario del grupo, Alex tira una cita homérica: "Nunca vas a volver a casa / No sos Ulises, baby". Si nunca hubiera existido "Take Me Out", tal vez esto nos levantaría el nivel de endorfinas. Así como estamos, es una secuela un poco tardía. Eso es lo que le pasa a la primera parte de Tonight. "Turn It On" y "No You Girls" son nuevos refritos de post punk sazonados con funk, con relatos un poco arquetípicos sobre las relaciones, y la producción actual de Dan Carey (Hot Chip, CSS ) no llega a modificar la impresión. "Send Him Away" y "Twilight Omens" levantan la seducción con arpegios medio orientales, palmas y el orgasmo violero de Nick McCarthy y Alex Kapranos, una voz nasal que vira al falsete en sus momentos más Bryan Ferry. "Bite Hard" y "What She Came for" vuelven a hacernos preguntar si esto no lo escuchamos antes. Pero Franz se reserva un final redentor. "Live Alone" es preciosa, con arreglos a lo Moroder y un estribillo mareadito que Kapranos canta con elegancia y corazón. "Lucid Dreams" desordena los tiempos sobre una melodía envolvente. Hay un beat rugoso y teclados sedantes. Todo vuela hacia un vértigo más destartalado y a la vez más armonioso. Por último, la banda enhebra dos baladas seguidas: "Katherine Kiss Me" cierra la obra, pero, antes, "Dream Again" lo endulza todo con campanitas, theremin y un Kapranos casi pastoral.




