
Fundó los Rolling Stones, conquistó el mundo y murió rodeado de misterio: la trágica noche en que nació el “Club de los 27”
Brian Jones deslumbró a Mick Jagger con su talento contracultural, pero fue despedido por “diferencias musicales”; la historia del músico que inauguró un mito maldito y dejó un vacío sonoro que la banda jamás volvió a llenar
11 minutos de lectura'


En 1961, Mick Jagger y Keith Richards, que habían entablado una amistad desde la escuela primaria para luego reencontrarse en la adolescencia, dedicaban su tiempo libre a ensayar los primeros acordes de una pasión compartida. Mientras continuaban con sus estudios, matizaban las horas al frente de Little Boy Blue and the Blue Boys, sin saber que sus vidas estaban a punto de cambiar para siempre. Una noche, a comienzos del año siguiente, ambos asistieron al Ealing Jazz Club —un templo subterráneo al oeste de Londres— donde quedaron impactados por el talento indomable de Brian Jones, Ian Stewart y Geoff Bradford, quienes ejecutaban un blues eléctrico que les voló la cabeza.
Fue así que, junto a Dick Taylor —quien ya tocaba con ellos—, se unieron con ese trío. Al poco tiempo, tras el abandono de Bradford y la incorporación de Tony Chapman, Brian Jones bautizó a la nueva agrupación como The Rolling Stones, un homenaje en sintonía con la célebre canción del estadounidense Muddy Waters. Solo unos meses después, precisamente el 12 de julio de ese mismo año, la legendaria banda inglesa se subía al escenario del Club Marquee de Londres para ofrecer su primer concierto en vivo.
Sin embargo, la armonía de esa formación original no tardaría en entrar en disonancia. Tras el show y conseguir fechas en distintos bares de la capital inglesa, Chapman y Taylor abandonaron el barco. En su reemplazo se sumó el bajista Bill Wyman y, tras un breve desfile de bateristas que incluyó a Carlo Little, el definitivo Charlie Watts llegó en enero de 1963 para convertirse en el metrónomo inquebrantable del grupo. De esta manera, el éxito comenzaría lentamente a subir el volumen.
Para mediados de 1966, la banda ya sonaba fuerte en todo el planeta. Con múltiples trabajos editados a ambos lados del Atlántico —varios convertidos en éxitos de ventas y ubicados en lo más alto de los rankings— y la etiqueta de “banda del año” de la revista Melody Maker, los Stones habían parido un himno de distorsión absoluta que los llevó al estrellato definitivo: “(I Can’t Get No) Satisfaction”. Su último trabajo, Aftermath, marcaba un gran giro conceptual, y una parte importante de ese nuevo color sonoro se debía a Brian Jones. El músico había desafiado los límites del rock tradicional al introducir las místicas y oscuras líneas de un sitar indio en “Paint It, Black” —una tendencia que los Beatles habían popularizado unos meses antes con “Norwegian Wood”—.

Pero detrás de los flashes, algo comenzaba a hacer ruido y a acoplar en la interna. Para entonces, atormentado por un creciente deterioro de su salud física y mental, que incluso derivó en hospitalizaciones —según relata la biografía de Paul Trynka, Brian Jones: The Making of the Rolling Stones—, Jones empezaba a sentirse fuera de sintonía, desplazado por la dupla compositiva de Mick Jagger y Keith Richards.
La turbulencia seguiría por tres años más; una época en la que los excesos, las polémicas, los enfrentamientos con la prensa y las tensiones internas se convirtieron en lo cotidiano de la banda, condimentado por un explosivo triángulo amoroso entre Keith, Brian y la modelo Anita Pallenberg.
Para cuando entraron a grabar Beggars Banquet, publicado en diciembre de 1968, el aporte del músico era apenas un murmullo. Sus problemas de adicciones y crisis emocionales eran cada vez más complejas, y su frecuencia creativa decaía día tras día. Ante su ausencia en el estudio, Richards tuvo que asumir el control casi total de las guitarras del álbum, acompañado por Jagger en la acústica, lo que reescribió el ADN sonoro del grupo.

De aquel tiempo de crisis, el propio Mick se animó a recordar en el libro autobiográfico Según los Rolling Stones (2003) que, para 1969, Jones ya no estaba “psicológicamente apto” para sostener el vértigo de la gira que llevaban. En aquel entonces, las autoridades norteamericanas le habían rechazado la visa a causa de sus problemas legales con las drogas, un silenciador fulminante para los compromisos internacionales que debían afrontar. Por tal motivo, la noche del 8 de junio de ese año, Jagger, Richards y Watts asistieron a la casa de campo de su compañero en Hartfield, Sussex, para ponerle una pausa definitiva a la tensión. Allí acordaron su salida. Un día después, se emitió un comunicado oficial en el que el propio Brian Jones anunciaba su renuncia por “diferencias musicales”. El grupo cambiaba de integrantes, pero nadie imaginaba el trágico acorde final que el destino escribiría tan solo unas semanas después.
Detrás de la caída: ¿qué determinó su salida de la banda?
Cuando Mick Jagger y Keith Richards cruzaron por primera vez miradas con Brian Jones, la admiración fue instantánea, casi hipnótica. Quedaron tan fascinados que aseguraban jamás haber conocido a alguien con semejante magnetismo. Es que el guitarrista era mucho más que un músico: era pura actitud. Con sus característicos anillos y aros que ningún otro hombre se animaba a exhibir en la conservadora Londres de la época, Jones era un elegido. Tenía el don absoluto de la multiinstrumentación: era el camaleón sonoro del grupo, capaz de domar desde una guitarra con slide hasta una armónica furiosa, un dulcémer o una marimba con una facilidad pasmosa. Su imagen misma era una declaración de principios contracultural, y sus llamativos looks evidenciaban su afán por hacerse notar, por marcar la tónica y liderar.
Encandilados por esa sinergia, y mientras cimentaban las bases de lo que se convertiría en una leyenda de la música mundial, se mudaron los tres juntos a un precario departamento. Sin embargo, antes de que el grupo alcanzara su primer gran contrato, una nota discordante rompió la armonía. Según diversas biografías públicas, Mick y Keith descubrieron que Brian había negociado en secreto un plus de cinco libras semanales respecto al resto. Aunque Jones se justificó bajo la excusa de que su rol de fundador le demandaba tareas de producción y liderazgo, el golpe sembró las primeras rispideces. El contrato de hermandad se había roto y la confianza empezó a acoplar.

Fue allí donde la sociedad Jagger-Richards comenzó a ganar terreno en la composición, un movimiento táctico que redujo a su compañero a un plano secundario y que, en el escenario, le disputó el centro del reflector. Aquella pérdida de protagonismo no le gustó nada. Años después, en diálogo con la revista Rolling Stone, el propio Mick analizaría ese choque de egos: “Brian estaba obsesionado con ser el líder de la banda. Pero en una banda, las cosas suceden en conjunto; a veces alguien toma la iniciativa, a veces otro. Nunca lo entendió del todo (...) Cuando eres el cantante de una banda, siempre eres el centro de atención. Lo que desató sus celos fue que Keith y yo empezamos a componer canciones. Para ser sincero, Brian no tenía ningún talento para componer. Ninguno. Nunca conocí a nadie con menos talento para escribir canciones”.
A pesar de sentirse desplazado, Brian todavía era el rey de los excesos y el protagonista de las anécdotas nocturnas más descabelladas. Se movía en una frecuencia de alta fidelidad con la vanguardia de la época, con figuras de la talla de Jimi Hendrix, Bob Dylan, George Harrison y Andy Warhol. Y su cabellera rubia, agitada con frenesí sobre el escenario, todavía tenía el poder de enmudecer a cualquiera.
Pero esa misma popularidad y el descontrol de la noche londinense se convirtieron en un bucle autodestructivo. Su consumo de sustancias empeoraba día a día y su cuerpo comenzó a pasarle factura: las ojeras marcadas, los ojos hinchados y el rostro demacrado lo hacían ver mucho mayor de lo que su documento indicaba. A este combo letal se le sumó el abandono de Anita Pallenberg, con quien mantenía una relación turbulenta desde hacía dos años. En un giro digno de un drama shakesperiano, la modelo lo dejó nada más y nada menos que por Keith Richards. Aquella traición amorosa fue el golpe de gracia para la fractura definitiva de los músicos.

Sus ausencias crónicas en el estudio, los conciertos en los que apenas podía sostener el instrumento y su estado somnoliento y ausente precipitaron el final de la partitura. Su participación casi nula en las sesiones de Beggars Banquet dejó en evidencia una triste realidad: los Rolling Stones ya habían aprendido a sonar a la perfección sin él.
El trágico acorde final: el misterio del 3 de julio de 1969
Son varias las teorías que todavía hacen eco en torno a lo sucedido aquella madrugada del 3 de julio de 1969 en Hartfield. Habían pasado poco más de tres semanas desde la extraña salida de Brian Jones de los Rolling Stones cuando su cuerpo fue encontrado por su novia, Anna Wohlin, boca abajo en la pileta climatizada de su casa de campo. El multiinstrumentista tenía apenas 27 años; una cifra maldita con la que, sin saberlo, inauguraba el trágico y mitológico “Club de los 27”, ese Olimpo de leyendas de la música que partieron antes de tiempo.
Aunque el resultado de la autopsia determinó que el músico había consumido una cantidad elevada de alcohol y anfetaminas —y el patólogo declaró que tanto su hígado como su corazón presentaban una hipertrofia notable—, lo que sugería un fatídico accidente, las especulaciones no tardaron en distorsionar la realidad. La prensa amarillista de la época comenzó a amplificar hipótesis que sembraban dudas sobre las últimas horas del Stone. Aquellos rumores trascendieron las décadas y dejaron una incógnita que todavía envuelve en un halo de misterio y reverberación oscura a la historia del rock mundial.

A mediados de los años 90, la literatura musical intentó reescribir los hechos. El periodista Terry Rawlings, en su célebre libro Brian Jones: Who Killed Christopher Robin?, planteó abiertamente la hipótesis de un asesinato. En sintonía, la investigación Paint It Black: The Murder of Brian Jones, de Geoffrey Giuliano, apuntó directamente contra Frank Thorogood, el constructor contratado para refaccionar la propiedad y quien, por entonces, vivía junto a su novia enfermera en el cuarto de invitados de la mansión.
Este capataz fue quien ayudó a Wohlin —la pareja sueca del músico— a sacar el cuerpo sin vida del agua, mientras su novia intentaba una reanimación cardiopulmonar desesperada. Supuestamente, Thorogood mantenía una violenta disputa económica con el Stone, quien se había hartado del poco profesionalismo de la cuadrilla de albañiles y los había despedido, aunque todavía les permitía pernoctar en la casa debido a las deudas cruzadas. Ambas publicaciones se sostienen sobre un mito urbano recurrente en los camarines del rock: que el obrero habría confesado el homicidio en su lecho de muerte, en 1993. Esta misma línea argumental fue la que llevó el misterio a la pantalla grande en 2005 con la película Stoned, donde el director Stephen Woolley recreó explícitamente la hipótesis del crimen a manos del empleado.

Pero el catálogo de teorías no termina ahí. Entre los fanáticos más acérrimos siempre flotó la duda de si su salida de la banda había sido el detonante de lo ocurrido semanas después, o si el constante ensañamiento y las redadas de la policía inglesa no terminaron por empujar al guitarrista al abismo. Tampoco faltó la hipótesis, tan descabellada como persistente, de un ajuste de cuentas por parte de un dealer.
El misterio todavía vibra en el presente. Barbara Marion, quien descubrió en 2002 que era la quinta hija biológica de Jones, declaró a la prensa británica que ella también sostiene la teoría del homicidio y que la investigación original careció de sintonía fina. “Me encantaría que reabrieran el caso para obtener algunas respuestas”, aseguró. Sin embargo, tras revisar los archivos policiales ante nuevas presiones periodísticas, las autoridades británicas decidieron mantener el expediente cerrado bajo la carátula oficial de “muerte por desventura”.
Aquella noche de julio, el agua apagó de golpe la chispa del fundador de los Rolling Stones. Brian Jones se hundió en el silencio de Cotchford Farm, pero su mito quedó grabado para siempre en la memoria del rock. Lejos de los flashes, los excesos y la distorsión, en su lápida quedó esculpido un ruego desesperado que todavía resuena como un eco eterno: “No me juzguen muy severamente”.



