Esta nueva estrella de Hollywood no toma café, usa unos espantosos anteojos de nerd y está muy orgulloso de poseer el traje de Ringo Starr en Sgt. Pepper.
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Steven soderbergh sueña a menudo que se le caen los dientes. Según el sitio sobre sueños www.dreamloverinc.com, eso es algo muy común en todas las culturas y a cualquier edad, aunque casi todos los sueños con dientes nos dejan una sensación de intranquilidad y angustia. En general, los dientes simbolizan el poder y/o el control. Habría que ver si estás perdiendo poder y control,
O si estás abusando de ellos, sobre todo si soñás que perdés los dientes. En otras palabras, es posible que los sueños de Steven Soderbergh signifiquen que es un déspota desagradable y que ni siquiera le da el cuero para serlo, o también pueden significar simplemente que fue sometido a numerosos arreglos dentales. Y así es. Ahora tiene unos dientes hermosos.
Soderbergh está sentado a la mesa de su cuarto de hotel de Nueva York. Mide 1,78 metro y pesa 65 kilos. Estos datos no han sido convenientemente verificados. Sin embargo, parecen ser correctos. Usa unos lentes antiguos American Optical de 1955, con línea bifocal visible. Además tiene puestos: unos jeans (Diesel), un reloj (Fossil), botas (Dr. Martens) y una camisa negra de manga larga cuya textura es similar a la de la ropa interior térmica, de procedencia incierta.
A su izquierda se ve una canasta con galletitas y champán, regalo de usa Films, la empresa que lanzó su película Traffic, por la cual acaba de alzarse con el Oscar al Mejor Director. Cuando digo su me refiero a que él la dirigió, aunque, a decir verdad, también fue el responsible de la cámara. Supongo que Soderbergh no diría que es suya. No se atribuye el mérito de posesión ("Una película de Fulano de Tal"), una cuestión que en estos días se ha transformado en un punto de conflicto en las negociaciones contractuales que mantienen el Gremio de Escritores de los Estados Unidos y la Alianza de Productores de Películas y Televisión.
Soderbergh es un hombre generoso. Una parte de las ganancias que le proporcionó Erin Brockovich, una mujer audaz -film por el cual Julia Roberts obtuvo el Oscar a la Mejor Actriz y que mereció, además, la nominación como Mejor Película- las cedió al realizador Godfrey Reggio, creador de films experimentales como Koyaanisqatsi (1983) y Powaqqatsi (1988). Soderbergh lo llamó por teléfono después de leer un artículo de The New York Times que mencionaba las dificultades que estaba afrontando Reggio para conseguir que le financiaran la película que cerraría esa trilogía. Hace algunos años, un grupo de amigos de Soderbergh, comandado por su manager comercial, quiso interceder para impedir que regalara su dinero. Pero la mediación no tuvo efecto. Por lo demás, Erin Brockovich logró un éxito impresionante. Y a Traffic tampoco le está yendo tan mal. [En Buenos Aires, la película estuvo al tope de la lista de concurrencia a los cines en las últimas dos semanas de marzo.]
Sobre la mesa que esta delante de Soderbergh hay un vaso de agua y una gorra negra de béisbol con un número en rojo: 11 [en inglés: eleven]. La gorra es parte del merchandising de Ocean’s Eleven, una remake del clásico que en 1960 animaron los miembros del grupo Rat Pack: Dean Martin, Frank Sinatra, Sammy Davis Jr., Peter Lawford y Joey Bishop. Ocean’s Eleven tiene como protagonista a George Clooney (quien también actuó en Un romance peligroso, la adaptación de una novela de Elmore Leonard realizada por Soderbergh en 1998), Julia Roberts (actriz principal de Erin Brockovich), Brad Pitt, Matt Damon, Bill Murray y muchos otros. Más allá del eje argumental -un robo de casinos-, la nueva versión de Ocean’s Eleven tendrá poco que ver con su antecesora. "Es una película físicamente complicada", dice Soderbergh. "Así que estoy nervioso. Pero en el buen sentido."
Como fuere, de ahí proviene la gorra de béisbol. Junto a ella hay unos cigarrillos de tabaco y clavo de olor, marca Djarum, a propósito de los cuales Soderbergh está ligeramente avergonzado y considera que existe un acuerdo tácito de no mencionarlos. También cree que a uno no pueden gustarle los Beatles y los Rolling Stones por igual. De modo que se equivoca en, por lo menos, dos cosas.
Soderbergh mira hacia la derecha, y eso, según lo que estuvo investigando para filmar Traffic, quiere decir que está mintiendo: mirar a la derecha es mentir; mirar a la izquierda es recuperar un pensamiento, asegura. Así que tal vez los lentes sean contemporáneos, no de 1955. De todos modos es menester aclarar, acerca de la orientación de la mirada, que a su derecha tiene una ventana tras la cual asoma una hermosa puesta de sol que se refleja en los ladrillos rojos del edificio de enfrente, mientras que a su izquierda, más allá de las galletitas y el champán, no hay más que un corto pasillo que conduce a la puerta.
En 1999, Soderbergh publicó Getting Away With It, un libro de entrevistas a Richard Lester (el realizador de A Hard Day’s Night y Help!, entre otras películas). Los reportajes están mechados con fragmentos del diario íntimo de Soderbergh, correspondientes al período "marzo del 96-marzo del 97". Da la casualidad de que 1996 fue un año en el que Soderbergh tenía dos films cocinados, tal como ocurrió la temporada pasada. Eran Schizopolis y Gray’s Anatomy [ninguno de ellos se estrenó en la Argentina]. En el primero Soderbergh tiene a su cargo dos papeles además de la realización: es el ghost writer de un escritor y orador, y un dentista. Es una película experimental, filmada a las corridas y prácticamente sin presupuesto, en la que también actúa Betsy Brantley (Betsy era por entonces la flamante ex esposa de Soderbergh y se reparte en los papeles de esposa, amante y objeto de deseo de los personajes de Soderbergh). Gray’s Anatomy es la versión cinematográfica del relato de [el actor y guionista] Spalding Gray acerca de cómo fue perdiendo la vista de un ojo. En resumen, Schizopolis trata de las vueltas de la comunicación y Gray’s Anatomy trata de las vueltas de la percepción. Las dos son geniales. En cuanto las pesquen por ahí, no duden en echarles una ojeada.
Pese a la excelencia de esos films, hace cuatro años Soderbergh deslizaba esta anotación en su diario personal: "Si uno suma todas las evidencias que recogí hoy, llega a la conclusión de que nadie quiere saber nada con lo que yo haya hecho ni con nada de lo que haré en el futuro. A los hombres inferiores eso los consternaría, mientras que a mí me destroza".
En suma, durante los últimos cuatro años y medio la estatura artística de Steven Soderbergh sufrió algunos cambios, todos ellos positivos. Repasemos. Fue el primer realizador en conquistar dos nominaciones al Oscar como Mejor Director desde que la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas le concedió ese privilegio a Michael Curtiz, en 1938. Además, fue el primer director en competir en los rubros Mejor Película y Mejor Director con los mismos films (Traffic y Erin Brockovich) desde... bueno, desde que existen los premios Oscar. Ahora también sabemos que no ganó el Oscar a la Mejor Película ni por Erin Brockovich ni por Traffic, y que tampoco obtuvo el Oscar al Mejor Director por Erin..., pero sí que lo ganó por Traffic.
Cuando se le pregunta que sintió cuando se enteró de las nominaciones, da tres respuestas: 1) "En realidad, la etapa de la nominación es linda. Ojalá durara seis meses, porque la gente que trabaja con uno se lo pasa diciendo: «Muy buen trabajo». En cambio, la ceremonia de entrega en sí es una variedad muy específica de tortura psicológica"; 2) "Fue un intento desvergonzado y transparente de la Academia para compensarme por haber dejado afuera a Schizopolis"; 3) "Cuando me enteré, estaba en el Casino Trump Plaza de Atlantic City, tratando de hacer una toma para Ocean’s Eleven en la que George Clooney simplemente salía de una escalera mecánica y entraba en el casino, y me estaba costando horrores. Por más vueltas que le diera, no encontraba la manera de hacer la fucking toma. Y pensaba: «¿Por qué tengo el cerebro trabado?». Fue una coincidencia alucinante de mi incapacidad para asumir lo mínimo indispensable de mis responsabilidades como director, por un lado, con una asombrosa aprobación de la Academia, por el otro".
Entonces, que nadie diga que Soderbergh no pone todo de sí a la hora de responder las preguntas de la prensa. O, en realidad, que lo diga alguien: él. Jura que visualiza todo lo que dice para esta nota como si fuese a publicarse en el tamaño del titular que anunció el bombardeo de Pearl Harbor: guerra. Y he aquí otra cosa que dice Steven Soderbergh, con sus 38 años:
"El problema es que me estoy poniendo viejo, así que es difícil encontrar una de esas citas que largan los rockeros de 26 años, tipo: «Quiero desaparecer envuelto en llamas». A mí no me gustaría desaparecer envuelto en llamas. Más bien pertenezco a esa especie de personas a las que, después de una hora, la gente empieza a buscar con la mirada, preguntando: «¿Dónde está Steven?».
Cree que la mayor satisfacción que hasta ahora le dio el éxito fue conseguir una réplica casi exacta del uniforme que vistió Ringo Starr en la tapa de Sgt. Pepper, disfraz que se puso para una fiesta de Halloween.
Aunque no nada en la abundancia, Soderbergh vive en un barrio que, según descubrió con alegría, se llama Beverly Hills Adjacent [contiguo a Beverly Hills]. Es receloso, aunque cordial, y asegura que no es mucho más desconfiado durante los reportajes que en el resto de su vida. Tal aseveración es provocativa, y me sugiere un escudriñamiento intenso. Observo esto: tiene un chichón en la frente que en verdad no es posible ver en un cuarto de hotel a la hora en que se pone el sol, aunque es posible tocar si uno lo roza con los dedos. El chichón es el recuerdo de un choque que sufrió en la infancia contra el poste de un arco, mientras jugaba al fútbol americano durante el recreo, y no sirve de nada con vistas a una comprensión más profunda de su personalidad. A menos que, casualmente, uno sea frenólogo.
De manera que, a causa del recelo, si tuviera que arriesgar cómo sería una foto del alma de Soderbergh me atrevería a sugerir que, en el fondo, el tipo rebosa de júbilo y de zozobra, y que si esas dos cualidades parece ser irreconciliables, bueno, ahí tienen el carácter paradójico de la existencia humana.
La línea bifocal visible de sus anteojos es importante para Soderbergh. La pidió especialmente. "Porque uno tiene la opción", explica. "Uno puede elegir. Y estos lentes son tan de nerd que nadie que esté en su sano juicio los elegiría. Cuando fui a comprarlos, la vendedora me preguntó: «¿Visible o invisible?», ya a punto de escribir «Invisible». Y yo contesté: «Visible»."
Otras de las cosas importantes para Soderbergh son: Sarah, su hija de 10 años, de quien lleva encima una foto hermosa donde se la ve con una bufanda roja mirando a la cámara y abrazando a un perro labrador negro llamado Maisy; el hecho de que, por lo general, las personas que trabajan una vez con él quieran volver a hacerlo ("Trabajar con él es como tener vacaciones pagas, pero esas vacaciones son algo así como escalar el Monte McKinley", describe Julia Roberts); las películas en general, aunque no las suyas en particular; el proceso de hacer películas, pero no necesariamente el resultado; por último, el fracaso de su matrimonio, del que parece considerarse culpable absoluto.
Algunas cosas que no son importantes para él: ganar premios, y el café. Nunca en su vida tomó una taza de café. Tampoco aprendió jamás a nadar. No se cree poseedor de un físico atlético. Este es otro dato que no fue verificado convenientemente por ningún sistema de pesos y medidas.
Una circunstancia bastante agradable, mucho más agradable que su categoría actual de niño maravilla de la última entrega de los Oscar, es que, al igual que su línea bifocal visible, la trayectoria de Soderbergh demuestra que uno tiene la opción, que uno puede elegir. En 1989, su primer film, Sexo, mentiras y video [Sex, Lies and Videotape], fue tan celebrado por la crítica y tan éxitoso en la taquilla, que podría decirse que dio el puntapié inicial al ascenso del cine independiente durante toda la década del 90.
Después de Sexo, mentiras y video dirigió Kafka (1991), con Jeremy Irons en el papel del escritor checo; El rey de la colina [King of the Hill, 1993], una adaptación de las memorias de a.e. Hotchner sobre su infancia durante la Depresión financiera de los años 30 en los Estados Unidos; y Pasiones latentes [Underneath, 1995], del género neo-negro, que él juzga como su peor película pero que, de hecho, es buena. Fue entonces cuando eligió -¡porque uno puede elegir!- tomar otro rumbo. Y ese rumbo lo llevó a Schizopolis y Gray’s Anatomy. Luego a Out of Sight y, al año siguiente, a Vengar la sangre [The Limey], con Terence Stamp, y después a Erin Brockovich y Traffic.
Ahora Soderbergh es una estrella. Pero, precisamente porque eso ya lo vivió, sabe que el único camino que le queda es cuesta abajo. Parece despreocupado al respecto. Y cuando digo "parece despreocupado" quiero decir que lo "parece"; no que lo "está". "La verdad es que él es tan humano como cualquiera y le gusta ser el centro de atención", opina George Clooney. "Y no está dispuesto a confesarlo, porque le sale muy bien."
Soderbergh se crió en Baton Rouge, Louisiana. Su padre, que murió en 1998, fue profesor y, durante un tiempo, decano de la Universidad de Louisiana. Es el quinto de seis hijos. La primera película que vio fue El planeta de los simios. "La vi en un autocine de Pittsburgh a los 5 años", hace memoria. "Y [en una escena de miedo] me acuerdo de que mi papá me tapó la cara. Es un recuerdo muy específico."
Hace poco, Soderbergh ayudó a su madre y a una hermana a mudarse a Tennessee. Cuando se le pregunta cómo recuerda la casa en la que transcurrió su infancia, dice que se imagina una toma de la casa extraída de un cortometraje que hizo a los 19 años, titulado Rapid Eye Movement, en la cual Soderbergh entra en cuadro, sale, vuelve a entrar y quita un tacho de basura de aluminio. Piensa mucho en términos de películas, y si se le menciona ¿Qué pasó con Baby Jane? [Whatever Happened to Baby Jane?, Robert Aldrich, 1962] comenta: "Lo que tiene de fascinante Aldrich es que hace ese film y después hace Los doce del patíbulo y después The Killing of Sister George. ¿La viste? ¡Ay, Dios mío! Te vuela la cabeza". Así es Soderbergh desde que vio Tiburón por primera vez y quedó obsesionado, por lo que volvió a verla una y otra vez, y leyó varias veces el libro The Jaws Log, de Carl Gottlieb, resaltando algunos fragmentos y recurriendo a diversos ejemplares, que dejó gastados.
Cuando Soderbergh tenía 13 años, su padre lo inscribió en un curso de animación que se dictaba los sábados en la Universidad de Lousiana. Allí conoció a un grupo de estudiantes de cine, con muchos de los cuales sigue trabajando aún hoy. Desde entonces se dedica a las películas: cuando terminó el secundario, se ganó la vida como apuntador y cubriendo cualquier puesto en la industria del cine. Dirigió el documental de un concierto de Yes, que ganó un Grammy. El último trabajo que tuvo antes de Sexo, mentiras y video fue como tiracables en un video de Hall & Oates.
El próximo proyecto de Soderbergh será su adaptación de Solaris, la novela de ciencia-ficción de Stanislaw Lem, que ya fue llevada a la pantalla en 1972 por Andrei Tarkovski. Solaris trata de una nave espacial en órbita, dentro de la cual uno tiene el poder de convocar a otras personas, nacidas en su inconsciente, para traerlas a la existencia real.
Todas las películas de Soderbergh, a excepción de Out of Sight, se refieren esencialmente al veneno oculto y al mal interior: en Traffic, la droga; en Erin Brockovich, los desechos tóxicos; en Vengar la sangre, los pecados del padre; en Sexo, mentiras y video, el deseo sexual y su relación con lo que Al Green resume magistralmente como el hecho de que el amor nos puede inducir a hacer las cosas bien o a hacer las cosas mal; en Pasiones latentes, la doble cruz inherente al género negro y al plan encubierto que sugiere el título; en Schizopolis, el fracaso del lenguaje como recurso para la comunicación honesta, y en Gray’s Anatomy, el cuerpo que se destruye a sí mismo. Kafka, para ser sinceros, no la entendí. Pero seguro que tenía cosas ocultas dando vueltas.
¿Lo anterior dice algo acerca de Soderbergh? El admite que era un mentiroso crónico y que le resultaba difícil saber qué sentía o qué quería en cada momento y actuar en consecuencia. Asegura que Sexo, mentiras y video es en cierto sentido su fantasía acerca de cómo podrían resolverse esas cuestiones. (En ese film, el personaje que interpreta James Spader se vuelve impotente e incapaz de sostener relaciones sentimentales porque no puede ser honesto en esos vínculos, pero el amor lo cura.) Soderbergh señala que, en la vida real, el proceso mediante el cual llegó a estar en armonía consigo mismo fue más confuso, pero que ahora está mucho mejor que antes. Dice que mantiene cierta distancia con la gente y que eso es así desde que tiene memoria. Dice que eso sucedió obviamente como reacción a lo que ocurría en su familia en el plano emocional. Pero lo que no dice es qué ocurría en su familia en el plano emocional; sólo insinúa que había un clima muy extraño, un clima muy críptico e interno. En algún lugar hay que decir basta. El dice basta allí.
Steven Soderbergh esta sentado a la mesa de un restaurante de Nueva York; mide y pesa lo mismo que se informó antes, pero ahora transcurrieron tres días. Tiene puesto un pulóver negro (Prada), pantalones negros (Helmut Lang) y zapatos acordonados (Barneys). Acaban de reconocerlo por primera vez en Nueva York, según confiesa; fue mientras caminaba por la calle Elizabeth y un joven que se asomó por la puerta de un bar exclamó: "¡Steven! ¡Traffic! ¡Muy buen trabajo!", e hizo el gesto favorable característico de un crítico cinematográfico, con los pulgares hacia arriba. Instantes más tarde, volverán a reconocerlo; esta vez será un cajero automático de un pequeño almacén de la calle Prince, que le dirá: hola, steven soderbergh, aunque sin expresar opinión acerca de su obra, excepto por el hecho de que le dará parte del dinero que recaudó con ella.
"Suena muy cursi, pero el lujo de que te contraten para hacer lo que más te gusta hacer es fantástico", dice. "Siento que tengo una suerte de la puta madre. Y me cuido de no darla por segura, porque hubo épocas en las que no supe qué iba a ser de mí. Y la primera vez, con Sexo, mentiras y video, no tenía referencia. No conocía a nadie del mundo del cine. Ningún pariente mío estaba en la industria. Yo no tenía idea de lo que significaba el cine."
Hace una pausa, meditando quizá sobre el impacto de lo que acaba de decir, y agrega:
"Si es que significaba algo."
Mira a la izquierda mientras habla, hacia el lado de la verdad y también, accidentalmente, de la ventana. A la derecha no se ve más que una caja registradora y un corto pasillo que lleva a una puerta.




